17 de enero de 2021: DOMINGO II ORDINARIO “B”


“¿Dónde vives? Venid y lo veréis” 

I. LA PALABRA DE DIOS

1 S 3,3b-10.19: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”
Sal 39: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
1 Co 6,13c-15a.17-20: “¡Vuestros cuerpos son miembros de Cristo!”
Jn 1,35-42: “Vieron dónde vivía y se quedaron con él”

«Este es el Cordero de Dios». El evangelista Juan es el único evangelista que indica que los primeros seguidores de Jesús habían pertenecido al grupo de discípulos de Juan el bautista. Todo empieza con un testimonio. La fe de sus discípulos y el hecho de que sigan a Jesús es consecuencia del testimonio de Juan. Así de sencillo. ¡Cuántas veces a lo largo de nuestra vida tenemos oportunidad de dar testimonio de Cristo! En cualquier circunstancia podemos indicar como Juan, con un gesto o una palabra, que Cristo es el Cordero de Dios, es decir, el que salva al hombre y da sentido a su vida. El que muchos crean en Cristo y le sigan depende de nuestro testimonio, mediante la palabra y sobre todo con la vida.

«Venid y veréis». El testimonio de Juan despierta en sus acompañantes el interés por Jesús; sienten una fuerte atracción por Él. Por eso le siguen. Jesús no les da razones ni argumentos. Simplemente les invita a estar con Él, a hacer la experiencia de su intimidad. Y esta fue tan intensa que se quedaron el día entero; y san Juan, muchos años más tarde recuerda incluso la hora –«era como la hora décima»–, las cuatro de la tarde. También nosotros somos invitados a hacer esta experiencia de amistad con Cristo, de intimidad con Él. –Venid y veréis. «Gustad y ved que bueno es el Señor» (Sal 34,9).

«¡Hemos encontrado al Mesías! …  Y lo llevó a Jesús» La expresión usada (“hemos encontrado”) en griego se dice heurékamen, que recuerda el famoso grito de Arquímedes (¡Eureka!, ¡lo encontre!) cuando descubrió su famoso principio hidrostático. Pero, en la historia humana, el descubrimiento de cualquier persona por otra siempre es de más valor que descubrir un principio de la física; más aún, si la persona encontrada es Cristo.

La experiencia de Cristo es contagiosa. El que ha experimentado la bondad de Cristo no tiene más remedio que darla a conocer. El que ha estado con Cristo se convierte también él en testigo. Y no pretende que los demás se queden en él o en su grupo, sino que los lleva a Cristo. La actitud de Andrés nos enseña la manera de actuar todo auténtico apóstol: «Hemos encontrado al Mesías… Y lo llevó a Jesús».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las llaves del Reino
(551)

Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con Él y participar en su misión; les hizo partícipes de su autoridad «y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,2). Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia.

El apostolado
(863, 864, 1998)

Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Se llama “apostolado” a toda la actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra.

Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, el alma de todo apostolado.

La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos “el Reino de los cielos”, “el Reino de Dios”, que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por Él, hechos en Él «santos e inmaculados» en presencia de Dios en el Amor, serán reunidos como el único Pueblo de Dios, «la Esposa del Cordero», «la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios» (Ap 21, 10-11); y «la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Ap 21, 14).

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como de toda criatura.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja. Porque su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez curados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin Él no podemos hacer nada” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Muchas veces, Señor, a la hora décima
-sobremesa en sosiego-,
recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés
les saliste al encuentro.
Ansiosos caminaron tras de tí…
“¿Qué buscáis…?” Les miraste. Hubo silencio.

El cielo de las cuatro de la tarde
halló en las aguas del Jordán su espejo,
y el río se hizo más azul de pronto,
¡el río se hizo cielo!
“Rabbí -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?”
“Venid, y lo veréis”. Fueron, y vieron…

“Señor, ¿en dónde vives?”
“Ven, y verás”. Y yo te sigo y siento
que estás… ¡en todas parte!,
¡Y que es tan fácil ser tu compañero!

Al sol de la hora décima, lo mismo,
que a Juan y a Andrés
-es Juan quien da fe de ello-,
lo mismo, cada vez que yo te busco,
Señor, ¡sal a mi encuentro!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

 Amén.

Un pensamiento en “17 de enero de 2021: DOMINGO II ORDINARIO “B”

  1. A.

    Se recita en el Salmo: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”. Y luego hacemos lo opuesto. No pronunciemos con los labios, aquello que siendo posible de ejecutar, no hacemos por nuestra propia culpa. Razón: Nos alejamos de Dios, y así vamos. El otro mensaje va referido al cuerpo mortal. Ese que a veces divinizamos, sin razón alguna, pues la materia, tiene valor, y es apetecible una porción de la vida. ¿Y el resto?. Todo aquello que nos pide el cuerpo. en muchas ocasiones viene dirigido por el maligno. El conoce los puntos dèbiles y donde flojeamos. ¿Ponemos remedios?. Aquellos que lo usaron mal, se dieron cuenta a tiempo y rectificaron (San Agustín, entre otros). ¿No sería posible hacer igual?. Armas que no se usan para salvaguardar el cuerpo: Oración, Confesión, Mortificación, Huir del enemigo, Encontrar normal, lo que no es. ¿Te parecerìa bien que Jesùs hiciera lo que tu haces?. Pues……. eres a imagen y semejanza suya. Si has caído, y has rectificado, no te atormentes. Si no lo has hecho aùn, ponte en camino. Dios siempre te va a escuchar, y lo mas importante te ayudarà y perdonarà. La vida Eterna vale mas que nuestro cuerpo mortal. Somos ciudadanos del Cielo, y el cuerpo hay que irlo preparando para gozar eternamente, con el otro que es tan semejante a cada uno de nosotros, Jesucristo, el verdadero Hijo de Dios.

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