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17 de agosto de 2025: DOMINGO XX ORDINARIO “C”


El combate espiritual: La ascesis

Jr 38,4-6.8-10: Me has engendrado para pleitear por todo el país.
Sal 39: Señor, date prisa en socorrerme.
Hb 12, 1-4: Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca.
Lc 12,49-53: No he venido a traer paz, sino división.

I. LA PALABRA DE DIOS

Los verdaderos profetas como Jeremías crean a su alrededor fuertes divisiones y enfrentamientos, pues no hablan según lo que a la gente le gustaría escuchar (como los falsos profetas o los demagogos populistas), sino conforme a lo que Dios les dice, aunque lo que digan no agrade a los que escuchan.

El ejemplo de fe y constancia de los antiguos patriarcas es propuesto en la Carta a los Hebreos a quienes saben con certeza hacia donde se encaminan, gracias a la nueva fe que comenzó y termina en Cristo.

En el Evangelio Jesús anuncia las divisiones, enfrentamientos y contradicciones que rodean a los verdaderos profetas, cuando el mensaje de Dios se proclama completo y con fidelidad.

No he venido a traer paz, «No, sino división». Misteriosa frase de Jesús que contrasta con otras salidas de sus mismos labios: «La paz os dejo, mi paz os doy». Ello quiere decir que no hemos de entender las palabras de Cristo según nuestros criterios puramente humanos: «No os la doy como la da el mundo».

La paz de Cristo no consiste en la carencia de luchas, no se identifica con una situación de indiferencia donde todo da igual, ni proviene de la eliminación de las dificultades. Cristo es todo lo contrario a esa falsa paz, a esa actitud anodina que en el fondo delata que uno no tiene nada por lo que valga la pena luchar, vivir y morir; Él es pura pasión, fuego devorador: «He venido a prender fuego en la tierra».

El verdadero cristiano vive en una lucha a muerte contra el mal: «Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado». El profeta es perseguido por denunciar el mal. Una paz que nace de tolerar el mal no es la paz de Cristo. Hay que contar conque los que rechazan a Cristo, aunque sean de la propia familia, siempre nos perseguirán, precisamente por seguir a Cristo e intentar ser fieles al evangelio. Una paz cobarde, lograda a base de traicionar a Cristo, no es paz. Él es el primero, el único, el absoluto. Cristo y su evangelio no son negociables.

Poner como criterio máximo el no chocar, el estar a bien con todos a cualquier precio, el no crearse problemas, acaba llevando a renegar de Cristo. Y a veces se impone la opción: «O conmigo o contra mí». “No se puede apoyar un concepto de comunión en el cual el valor pastoral supremo sea evitar los conflictos. La fe es también una espada y puede exigir el conflicto por amor a la verdad y a la caridad (cf. Mt 10, 34). Un proyecto de unidad eclesial, donde se liquidan a priori los conflictos como meras polarizaciones y la paz interna es obtenida al precio de la renuncia a la totalidad del testimonio, pronto se revelaría ilusorio.” (Card. Joseph Ratzinger, 1998).

El combate espiritual es un combate de oración (domingo anterior), es un combate cultural (primera lectura y evangelio), es un combate total del que sólo en Dios tiene su meta y en Cristo su Camino, Verdad y Vida. La ascesis, el esfuerzo, la mortificación, la lucha, no son palabras de moda. Pero, Jesús es muy claro: como los profetas verdaderos, sus discípulos provocan divisiones a su alrededor y su vida es una lucha y esfuerzo continuo. Bien vale la pena la meta: la santidad, aunque sea duro el camino.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El combate espiritual
(407 – 409)

El pecado original entraña la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres (…y de la pastoral).

Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan: «el pecado del mundo». Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres.

Esta situación dramática del mundo que «todo entero yace en poder del maligno», hace de la vida del hombre un combate: A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo.

El Verbo se encarnó
para ser nuestro modelo de santidad
(459, 2012)

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí…». «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí». Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle». Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Sabemos que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman… a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó» (Rm 8,2830).

La vocación a la santidad
(2013)

Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Es decir, todos somos llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos.

El camino del combate espiritual
(2014 – 2016)

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Y Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús. Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la «bienaventurada esperanza» de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la «Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo, mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (S. Gregorio de Nisa).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo» (Vaticano II, LG, 40).

«La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite» (S. Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón.

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí.

Amén.

10 de agosto de 2025: DOMINGO XIX ORDINARIO “C”


El combate espiritual: La oración

Sb 18, 6-9: Con lo que castigaste a los adversarios, nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti.
Sal 32, 1-22 Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hb 11, 1-2.8-19: Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lc 12, 32-48: Lo mismo vosotros, estad preparados.

I. LA PALABRA DE DIOS

La primera lectura nos narra cómo los israelitas aguardaron la venida del Señor en la noche de Pascua para ser liberados de la esclavitud. Es un recuerdo vivo del Pueblo de Dios que recoge el libro de la Sabiduría.

En la segunda lectura comenzamos a leer la última parte de la carta a los Hebreos. Su tema principal es la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el de la antigua alianza en la que vivieron los profetas, ilustres por su fe en las promesas de Dios.

Jesús, en el Evangelio, recomienda a sus discípulos dos actitudes fundamentales para la vida cristiana: la espera y la vigilancia. El vendrá inesperadamente como un ladrón nocturno o como un amo que ha estado muchos años lejos de su hacienda.

«Un tesoro inagotable». Toda palabra de la Escritura es expresión del amor de Dios por nosotros. También cuando a primera vista no lo parece. La invitación de Jesús es clara: «Vended vuestros bienes, y dad limosna». Pero ese imperativo no va contra nosotros, sino a nuestro favor: nos invita a hacernos «talegas que no se echen a perder», a depositar nuestros bienes allí «donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla». Con otras palabras: nos invita a realizar la mejor inversión posible haciendo que nuestros bienes se transformen en «un tesoro inagotable en el cielo».

«Estad preparados». La parábola siguiente nos recuerda una verdad esencial de la enseñanza de Jesús: que Él va a volver y que hay que permanecer vigilantes, a la espera. Los bienes materiales pueden hacernos olvidar lo único importante: ¡sería trágico! Todo lo de aquí abajo es provisional, es relativo.

«Administrador fiel y prudente». Mientras estamos en este mundo somos nada más –¡y nada menos!– que administradores de los bienes que Dios nos confía. Unos bienes que –empezando por la misma vida– no nos pertenecen en propiedad y hemos de saber administrar con sensatez según el querer de Dios. Sólo con sentido de eternidad podemos administrar rectamente. Sólo a la luz de los bienes del cielo –los definitivos y eternos– podemos valorar y usar justamente los de la tierra.

La exhortación de Jesús a la espera y la vigilancia se concreta en la vida cristiana en tener a Dios siempre presente. Es una exhortación necesaria pues no pocas veces vivimos como si Dios estuviera ausente. La oración nos pone en diálogo con el Dios presente. Pero orar es un combate, el mismo combate cristiano de vida y oración.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El combate de la oración
(2725 – 2745)

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone un esfuerzo, un combate, contra nosotros mismos y contra las astucias del tentador que hace todo lo posible para separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

Excusas para no orar

En el combate de la oración, tenemos que hacer frente a conceptos erróneos sobre la oración. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos. Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

Dificultades en la oración

La dificultad más corriente de la oración es la distracción. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir.

Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad en la que el corazón está sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. «El grano de trigo, si muere, da mucho fruto». Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión.

Tentaciones contra la oración

La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a ora, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias.

Otra tentación, a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto pero la carne es débil». Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

Hay quien deja de orar porque se queja de que su oración no es escuchada. He aquí, en primer lugar, una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable; por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio para conseguir lo que queremos o Dios como Padre? Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador de los dones?

En segundo lugar, ¿Estamos convencidos de que «nosotros no sabemos pedir como conviene»? ¿Pedimos a Dios los «bienes convenientes»? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Si pedimos con un corazón dividido, «adúltero» (St 4, 4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. Nuestro Dios está «celoso» de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor.

La eficacia de la oración.

La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición. La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es nuestro modelo. Él ora en nosotros, ora con nosotros y ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

Perseverar en la oración
es perseverar en el amor.

Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes: 1ª) Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está «con nosotros, todos los días», cualesquiera que sean las tempestades. Nuestro tiempo está en las manos de Dios. 2ª) Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado. ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser «vida nuestra», si nuestro corazón está lejos de Él? 3ª) Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que Él está dispuesto a darnos» (San Agustín).

«No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es Él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con Él en oración» (Evagrio).

«Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina» (San Juan Crisóstomo).

«También entre los pucheros anda Dios» (Santa Teresa de Jesús).

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua» (Orígenes).

«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar» (San Juan Crisóstomo).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón

Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón.

Amén

27 de julio de 2025: DOMINGO XVII ORDINARIO “C”


«Orad así: Padrenuestro…»

Gn 18, 20-32: No se enfade mi Señor si sigo hablando.
Sal 137, 1–8: Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.
Col 2,12-14: Os vivificó con él, perdonándoos todos los pecados.
Lc 11,1-13: Pedid y se os dará.

I. LA PALABRA DE DIOS

La confiada insistencia de Abrahán, cuando intercedía por las ciudades condenadas de Sodoma y Gomorra, halló eco en la paciente condescendencia de Dios.

La segunda lectura expone cómo el misterio Pascual de Cristo se actualiza en el Bautismo y su poder regenerador se recibe por la fe.

El evangelio nos recuerda algo esencial en la vida del cristiano: el trato de intimidad filial con Dios Padre. Puesto que somos hijos de Dios, la tendencia y el impulso es a tratar familiarmente con el Padre. Esta intimidad desemboca en confianza. Jesús quiere despertar sobre todo esta confianza filial: «Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo…!»

La oración, por tanto, no es un lujo, para cuando nos sobra tiempo, sino una necesidad; no es algo para algunos privilegiados, sino ofrecido a todos por gracia; no es una carga, sino un gozo. Los discípulos se ven atraídos precisamente por esa familiaridad que Jesús tiene con el Padre. Viendo a Jesús en oración, le dicen: «Enséñanos a orar».

Las dos parábolas narradas por Jesús nos hablan de la necesidad de orar perseverantemente, con la certeza de obtener lo que se pide; y la disposición de Dios, siempre dispuesto a conceder a sus hijos cosas buenas: «dará el Espíritu Santo a los que le piden».

Si el amigo egoísta cede ante la petición del inoportuno, ¡cuanto más Él, que es el gran Amigo que ha dado hasta su vida por nosotros! Pero esta confianza sólo crece sobre la base del conocimiento de Dios. Lo mismo que un niño confía en sus padres en la medida en que conoce y experimenta su amor, así también el cristiano delante de Dios.

La certeza de «pedid y se os dará» está apoyada en el «¡cuanto más el Padre del cielo!» Por tanto, en el fondo, el evangelio nos está invitando a mirar a Dios, a tratarle de cerca para conocerle, a dejarnos sorprender por su grandeza, por su infinita generosidad, por su poder irresistible, por su sabiduría que nunca se equivoca. Sólo así crecerá nuestra confianza y podremos pedir con verdadera audacia, con la certeza de ser escuchados y de recibir lo que pedimos. Es así cuando nuestras oraciones no serán palabras lanzadas al aire en un monólogo solitario.

La oración es parte integrante de la vida cristiana, pero ¿sabemos orar? Jesús enseña a los discípulos a hablar con Dios en espíritu y verdad: el Padrenuestro; y les exhorta a las actitudes del que ora en verdad. La confianza sencilla y fiel, y la seguridad humilde y alegre son las disposiciones propias del que reza el Padrenuestro.

Revisemos la frecuencia en el rezo del Padrenuestro. ¿Se está perdiendo su uso? Revisemos la calidad en el rezo del Padrenuestro ¿Es una rutina? Revisemos, sobre todo, las disposiciones interiores en el rezo del Padrenuestro ¿nos sabemos y nos sentimos hijos?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El «padrenuestro»,
resumen de todo el Evangelio
(2759 — 2776).

En el Padrenuestro el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas da de ella un texto breve con cinco peticiones (Lc 11, 24), San Mateo nos transmite una versión más desarrollada con siete peticiones (Mt 6, 913). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo.

El Padrenuestro es el corazón de las Sagradas Escrituras. Se llama «oración dominical» porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración. Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico. Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre.

La oración dominical es la oración por excelencia de la Iglesia. Las primeras comunidades recitaban la Oración del Señor tres veces al día, en lugar de las «Dieciocho bendiciones» de la piedad judía. Forma parte integrante de las principales Horas del oficio divino (Laudes y Vísperas) y de la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el carácter escatológico de sus peticiones, en la esperanza del Señor, «hasta que venga«.

Las siete peticiones
(2777 — 2865).

El Padre Nuestro consta de siete peticiones. Las tres primeras tienen por objeto la Gloria del Padre. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos.

Podemos invocar a Dios como “Padre” porque así nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.

«Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios «Padre nuestro», de que debemos comportarnos como hijos de Dios» (San Cipriano). «No pueden llamar Padre al Dios de toda bondad si mantienen un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tienen en ustedes la señal de la bondad del Padre celestial» (San Juan Crisóstomo). «Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma» (San Gregorio de Nisa).

«El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque Él no dice «Padre mío» que estás en el cielo, sino «Padre nuestro«, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el cuerpo de la Iglesia» (San Juan Crisóstomo). El adjetivo «nuestro» al comienzo de la Oración del Señor, así como el «nosotros» de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros. Los bautizados no pueden rezar al Padre «nuestro» sin llevar con ellos ante Él a todos aquéllos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra Oración tampoco debe tenerla.

La expresión “que estás en el cielo” no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, es la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.

Al decir “Santificado sea tu Nombre” pedimos que el Nombre de Dios sea reconocido y tratado como santo por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre.

Al decir “Venga a nosotros tu reino” pedimos principalmente el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También pedimos por el crecimiento del Reino de Dios, sirviendo a la verdad, a la justicia y a la paz, en el “hoy” de nuestras vidas.

Al pedir “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” pedimos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, realizar su plan de salvación, para la vida del mundo.

Al pedir “Danos hoy nuestro pan de cada día”, al decir “danos” queremos expresar, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo; “nuestro pan” designa los alimentos y bienes terrenos necesarios para la subsistencia de todos y significa también el “Pan de Vida”: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Al pedir “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” imploramos la misericordia de Dios para nuestros pecados, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos querido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

Al pedir “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

Al pedir “Y líbranos del mal”, pedimos a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre “el príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación. Pedimos también que seamos liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros, de los que el Maligno es autor o instigador.

El “Amén” final del Padre Nuestro significa nuestro “fiat”, “hágase”, es decir, cúmplanse las siete peticiones: “Así sea”.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La oración dominical es la más perfecta de las Oraciones. En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad» (Santo Tomás de Aquino).

«La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio. Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor, que sigue siendo la oración fundamental» (Tertuliano).

«Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre «nosotros»,
incluso si dice «yo».

Amén.