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16 de febrero de 2025: DOMINGO VI ORDINARIO “C”


Vida o muerte.
¡Bienaventurados! o ¡Malditos!

Jr 17,5-8: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor

Sal 1, 1- 6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

1 Co 15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido

Lc 6, 17.20-26: Bienaventurados los pobres: Ay de vosotros, los ricos.

I. LA PALABRA DE DIOS

San Pablo proclama que nuestra fe en la resurrección de los muertos no se basa en razonamientos filosóficos, sino que es consecuencia directa de la fe en la resurrección de Jesucristo.

El profeta Jeremías y el Salmo señalan «los dos caminos» para la vida o la muerte del hombre: el de la confianza en Dios o el de la seguridad en el hombre.

San Lucas nos muestra un discurso semejante al «sermón de la montaña» de San Mateo, aunque de forma más breve. Los dichos de Jesús abren una reflexión sobre la vida del cristiano, la vida moral, que sigue el esquema de «los dos caminos».

El «primer catecismo cristiano» o «Didajé» decía: «Hay dos caminos: uno de la vida y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos». El discurso de Cristo que nos trasmite el evangelista S. Lucas, y que se va a proclamar en este y los próximos domingos, se inicia con cuatro bienaventuranzas –del camino de la vida– y cuatro lamentaciones –del camino de la muerte–. El camino de las bienaventuranzas no es otro que el de la vida en Cristo. Esa es la vida moral cristiana.

Jesús no sólo proclama las bienaventuranzas en positivo. También nos avisa de los peligros. El «¡ay de vosotros!» es un fuerte aldabonazo para que nadie se llame a engaño.

Vivimos en una sociedad opulenta, ambiciosa, y con frecuencia se intenta compaginar las riquezas —el bienestar, el consumismo y la diversión sin límites, el poder y la fama— con la fe en Jesucristo. Nunca más necesarias estas palabras de Cristo que ahora. Con ello está resaltando que no se puede ser «rico» y cristiano al mismo tiempo.

El evangelio es bastante explícito y Jesús no ahorra palabras para poner en guardia frente al peligro de las riquezas. Pocos males hay tan rechazados en los evangelios como este. Ante todo, porque las riquezas embotan, hacen al hombre necio e impiden escuchar la palabra de la salvación (Mt 13,22). Las riquezas llevan al hombre a hacerse auto-suficiente, endurecen su corazón y le impiden acoger a Dios; en vez de recibir todo como hijo, lleno de gratitud, el rico se afianza en sus posesiones y se olvida de Dios (Lc 12,15-21). Las riquezas empobrecen al hombre. Le impiden experimentar la inmensa dicha de poseer sólo a Dios.

A Cristo le duele que los ricos se pierdan, al no haber encontrado el único tesoro verdadero (Mt 13,44) y por eso grita y denuncia el daño de las riquezas, que además cierran y endurecen el corazón frente al hermano necesitado. Epulón no ha hecho nada malo a Lázaro; es condenado simplemente porque se hizo el desentendido (Lc 16,19-31).

El cristiano tiene hoy, como ayer, en el dinero y en el poder o la «notoriedad» la tentación del camino de la muerte… y este peligro no es sólo para los que aspiran o ejercen cargos públicos. La Virgen sabía bien, al cantar el Magnificat, que Dios «a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,53).

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Los dos caminos»
(1696)

El camino de Cristo «lleva a la vida», un camino contrario «lleva a la perdición». La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación. «Hay dos caminos, el uno de la vida, el otro de la muerte; pero entre los dos, una gran diferencia» (Didajé, 1,1).

El camino de la Bienaventuranza cristiana
(1716 — 1717)

Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra (la tierra prometida), sino al Reino de los cielos.

Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

La Bienaventuranza cristiana
(1718 — 1729)

Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de el Reino, de la visión de Dios, de la naturaleza divina y de la Vida eterna, de la filiación, del descanso en Dios. Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo y en el gozo de la vida trinitaria.

La bienaventuranza de la vida eterna es un don gratuito de Dios. Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Por eso la llamamos sobrenatural, así como la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios sólo, fuente de todo bien y de todo amor.

La bienaventuranza del Cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos conforme a la Ley de Dios. El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante actos cotidianos, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (S. Agustín).

«Sólo Dios sacia» (Sto. Tomás de Aquino).

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad… Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro… La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Newman).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Este mundo del hombre, en que él se afana
tras la felicidad que tanto ansía,
tú lo vistes, Señor, de luz temprana
y de radiante sol al mediodía.

Así el poder de tu presencia encierra
el secreto más hondo de esta vida;
un nuevo cielo y una nueva tierra
colmarán nuestro anhelo sin medida.

Poderoso Señor de nuestra historia,
no tardes en venir gloriosamente;
tu luz resplandeciente y tu victoria
inunden nuestra vida eternamente.

Amén.

2 de febrero de 2025: LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


Mal 3, 1-4Llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando.
Sal 23El Señor, Dios del universo, él es el Rey de la gloria.
Hb 2, 14-18Tenía que parecerse en todo a sus hermanos.
Lc 2, 22-40. Mis ojos han visto a tu Salvador.

I. LA PALABRA DE DIOS

La Presentación de Cristo en el Templo es el cuarto misterio gozoso del Rosario y se celebra en el calendario litúrgico cuarenta días después de Navidad, el 2 de febrero. Esta fiesta se llama también de «la Candelaria», para subrayar que Cristo es la luz del mundo tal como lo predijo Simeón.

Los padres de Cristo le llevaron al templo, cuarenta días después de su nacimiento, para cumplir con dos ritos prescritos «según la Ley de Moisés»: la purificación ritual de la madre y la presentación del primogénito. La purificación de la mujer tras el parto era necesaria antes de que pudiera adorar en el Templo; se requería el sacrificio de un cordero o, en el caso de los pobres, «un par de tórtolas o dos pichones». Sin duda, las circunstancias de la concepción de María y del nacimiento de Cristo aseguraban su pureza, pero ella cumplió con la ley. El rito de presentación de un niño era una «redención pública» necesaria para cualquier hijo primogénito de cualquier tribu distinta de la de Leví. Los padres de familia ofrecían simbólicamente su hijo a Dios y lo recuperaban luego tras una pequeña ofrenda.

En el evangelio se menciona expresamente «la ley» cinco veces. El misterio que hoy celebramos expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, para rescatar a los que estaban bajo la Ley (cf. Gál 4,5), a los perdidos por la desobediencia (cf. Rom 5,19).

«Simeón, hombre justo y piadoso», es decir, exacto cumplidor de los preceptos de la Ley, con el que manifestaba su santo temor de Dios. «El consuelo de Israel» significaba la liberación realizada por el Mesías.

El cántico de Simeón, que la Iglesia repite y actualiza cada noche en la oración de Completas, es un pequeño himno inspirado por el Espíritu. La salvación que trae Cristo es la «luz» –revelación divina– que se ofrece, no sólo a Israel, sino a «todos los pueblos», si aceptan a Jesús por la fe. Jesús es la prueba –«signo de contradicción»– dada por Dios; y María está asociada a la obra redentora de su Hijo mediante la cruz: «una espada te traspasará el alma». La fe de María nunca vaciló ya que confiaba plenamente en la Palabra de Dios. Ella, más que cual otra persona de la historia, experimentó y participó íntimamente en el misterio del sufrimiento redentor.

«Y la gracia de Dios estaba con él». La gracia de Dios, la benevolencia divina, es decir que Dios lo miraba complacido. «El niño … iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría»: la personalidad humana de Jesús fue cultivada y modelada por una educación judía cuyos valores positivos asimiló plenamente; pero también fue dotada de una conciencia de sí mismo completamente original, que tocaba su relación con Dios y la misión que debía cumplir entre los hombres.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Presentación de Jesús en el Templo
529. 713

La Presentación de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 22-39) lo muestra como el Primogénito que pertenece al Señor (cf. Ex 13,2.12-13). Con Simeón y Ana, toda la expectación de Israel es la que viene al «Encuentro» de su Salvador (la tradición bizantina llama así a este acontecimiento). Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, «luz de las naciones» y «gloria de Israel», pero también «signo de contradicción». La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado «ante todos los pueblos».

Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (cf. Is 42, 1-9;  Is 49, 1-6; Is 50, 4-10 y 52, 13-53, 12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (Flp 2, 7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

Jesús y el Templo
583-586

Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento (Lc. 2, 22-39). A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre (cf. Lc 2, 46-49). Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua (cf. Lc 2, 41); su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías (cf. Jn 2, 13-14; 5, 1. 14; 7, 1. 10. 14; 8, 2; 10, 22-23).

Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21, 13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: ‘El celo por tu Casa me devorará’ (Sal 69, 10)» (Jn 2, 16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 20. 21).

Lejos de haber sido hostil al Templo (cf. Mt 8, 4; 23, 21; Lc 17, 14; Jn 4, 22) donde expuso lo esencial de su enseñanza (cf. Jn 18, 20), Jesús quiso pagar el impuesto del Templo asociándose con Pedro (cf. Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (cf. Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el Templo presentándose como la morada definitiva de Dios entre los hombres (cf. Jn 2, 21; Mt 12, 6). Por eso su muerte corporal (cf. Jn 2, 18-22) anuncia la destrucción del Templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: «Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre»(Jn 4, 21; cf. Jn 4, 23-24; Mt 27, 51; Hb 9, 11; Ap 21, 22).

Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24, 1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua (cf. Mt 24, 3; Lc 13, 35).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Fiesta de la Presentación del Señor, llamada «Hypapante» por los griegos: cuarenta días después de Navidad, Jesús fue llevado al Templo por María y José, y lo que pudo aparecer como cumplimiento de la ley mosaica se convirtió, en realidad, en su encuentro con el pueblo creyente y gozoso. Se manifestó, así, como luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo, Israel (elog. del Martirologio Romano).

«Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado» (Oficio Bizantino de las Horas).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dios todopoderoso y eterno,
rogamos humildemente a tu majestad
que, así como tu Hijo unigénito
ha sido presentado en el templo
en la realidad de nuestra carne,
nos concedas, de igual modo,
ser presentados ante ti
con el alma limpia.
Amén.