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1 de junio de 2025: DOMINGO VII DE PASCUA “C” Solemnidad de la Ascensión del Señor


«La Ascensión de tu Hijo, es ya nuestra victoria»

Hch 1, 1-11: A la vista de ellos, fue elevado al cielo
Sal 46, 2-3.6-7.8-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas
Ef 1, 17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo
Lc 24, 46-53: Mientras los bendecía, fue llevado hacia el cielo

I. LA PALABRA DE DIOS

El final del evangelio de San Lucas está redactado como si todo hubiera sucedido el mismo día, casi en el mismo instante. La resurrección de Jesús, su exaltación a la derecha del Padre, su reconocimiento como Señor por la Iglesia naciente, el envío del Espíritu Santo y la misión universal, son realidades teológicamente inseparables. En concreto la resurrección gloriosa es ya, esencialmente, ascensión; la Ascensión «visible» a los cuarenta días era el modo de hacer ver a los discípulos que terminaba la etapa de la comunicación con Cristo perceptible por los sentidos.

El texto de Efesios nos da la clave para entender el significado de la Ascensión: en Cristo, Dios Padre ha desplegado todo su poder, «sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo» y sometiéndoselo todo. La Ascensión pone de relieve que Cristo es «Señor», que todo –absolutamente todo– está bajo su dominio soberano. Y este dominio se traduce en influjo vital sobre la Iglesia, hasta el punto de que toda la vida de la Iglesia le viene de su Señor, de Cristo glorioso, al cual debe permanecer fielmente unida.

«Lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo». Cristo, cabeza del universo, ha sido dado a la Iglesia para que esta sea su cuerpo visible (Cristo ya no es visible en su cuerpo físico resucitado), para que por medio de su “cuerpo místico”, pueda visiblemente convertir en “acto” su derecho de soberanía, su reino. Por eso la Iglesia tiene una doble finalidad: para consigo misma: llenarse plenamente de Cristo, llegar a ser “la plenitud de Cristo”; y para los que no pertenecen a la Iglesia: ser el medio visible gracias al cual Cristo actúe en el mundo.

«Yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre» En el momento de la ascensión, Cristo reitera su promesa: plenamente glorificado, derrama en su Iglesia el Espíritu Santo. La semana después de la Ascensión son días de cenáculo. Toda la Iglesia sólo tiene esta tarea que realizar: permanecer con María a la espera del Espíritu, que viene con su fuerza poderosa para hacernos testigos de Cristo.

El evangelio nos subraya que, después de la Ascensión, los discípulos «se volvieron a Jerusalén con gran alegría». Es la alegría de contemplar la victoria total y definitiva de Cristo; la alegría de entender el plan de Dios completo, y de descubrir el sentido de la humillación, de los padecimientos y de la muerte de Cristo. Es la alegría de saber que Cristo glorioso sigue misteriosamente presente en su Iglesia, infundiéndole su propia vida.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Nuestra comunión en los misterios de Jesús
(516 – 521)

Toda la vida de Cristo es revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre», y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escuchadle». Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos «manifestó el amor que nos tiene», aún con los rasgos más sencillos de sus misterios.

Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación, porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza; en su vida oculta, donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento; en su palabra, que purifica a sus oyentes; en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales «él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades»; en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica.

Toda la vida de Cristo es Misterio de Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer al hombre caído en su vocación primera: Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús, devolviendo así a todos los hombres la comunión con Dios.

Toda la riqueza de Cristo es para todo hombre y constituye el bien de cada uno. Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros. Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el «hombre perfecto» que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones. Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo viva en nosotros. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con Él.

El misterio de la Ascensión
(659 – 668)

Hay una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que Él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde Él se sienta para siempre a la derecha de Dios.

Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que «salió del Padre» puede «volver al Padre»: Cristo. «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre». Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre», a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre: ha querido precedernos como Cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino.

«Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor». Como «Sumo Sacerdote de los bienes futuros», es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos.

La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En Él la historia de la humanidad, e incluso toda la Creación, encuentran su recapitulación, su cumplimiento transcendente.

Entre la Ascensión
y el retorno glorioso de Cristo
(669 – 670)

Como Señor, Cristo es también la Cabeza de la Iglesia. Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia. La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra.

Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la «última hora». El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso, de alguna manera real, está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta.

El Tiempo de la misión y la prueba
(671 – 672)

El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal, a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido, y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen con dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios. Por esta razón los cristianos pedimos, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplicamos: «Ven, Señor Jesús».

La última prueba de la Iglesia
(675 – 677)

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad.

La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne. La Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, intrínsecamente perverso, falsificación de la redención de los humildes.

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia, en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia. Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que Él quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros» (S. Juan Eudes).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Contigo sube el mundo cuando subes,
y al son de tu alegría matutina
nos alzamos los muertos de las tumbas;
salvados respiramos vida pura,
bebiendo de tus labios el Espíritu.

Cuando la lengua a proferir no alcanza
tu cuerpo nos lo dice, ¡oh Traspasado!
Tu carne santa es luz de las estrellas,
victoria de los hombres, fuego y brisa,
y fuente bautismal, ¡oh Jesucristo!

Cuanto el amor humano sueña y quiere,
en tu pecho, en tu médula, en tus llagas
vivo está, ¡oh Jesús glorificado!
En ti, Dios fuerte, Hijo primogénito,
callando, el corazón lo gusta y siente.

Lo que fue, lo que existe, lo que viene,
lo que en el Padre es vida incorruptible,
tu cuerpo lo ha heredado y nos lo entrega.
Tú nos haces presente la esperanza,
tú que eres nuestro hermano para siempre.

Amén.

11 de mayo de 2025: DOMINGO IV DE PASCUA “C”


Hch 13, 14. 43-52: Sabed que nos dedicamos a los gentiles
Sal 99, 2.3.5: Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño
Ap 7, 9. 14b-17: El Cordero los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas
Jn 10, 27-30: Yo doy la vida eterna a mis ovejas

«El Buen Pastor se hace presente
en los pastores de la Iglesia»

I. LA PALABRA DE DIOS

A los tres primeros Domingos pascuales, centrados en las apariciones de Jesús resucitado, sigue este Domingo dedicado a el Buen Pastor.

«Mis ovejas escuchan mi voz … y ellas me siguen». No sólo oyen, sino que atienden con interés y responden acogiendo la Palabra sembrada en el corazón. ¡Qué hermosa definición de lo que es el cristiano! Se trata de estar atento a Cristo, a su voz, a las llamadas que sin cesar, a cada instante, nos dirige. No creemos en un muerto. Cristo está vivo, resucitado; más aún, está presente, cercano, camina con nosotros. Se trata de escuchar su voz y de seguirle, de caminar detrás de Él siguiendo sus huellas. El cristiano nunca está solo, porque no defiende una ideología, sino que sigue a una persona. Y seguir a Cristo compromete la vida entera.

«Y yo las conozco». Cristo Buen Pastor conoce a cada uno de los suyos. Con un conocimiento que es amor y complacencia. Cristo me conoce como soy de verdad. No soy un extraño que camina perdido por el mundo. Cristo me conoce. Conoce mi vida entera, toda mi historia. Más aún, conoce lo que quiere hacer en mí. Conoce también mi futuro. ¿Vivo apoyado en este conocimiento que Cristo tiene de mí?

«Yo y el Padre somos uno». Jesús actúa juntamente con el Padre y hace sólo lo que el Padre hace. De la unidad en el actuar se deduce la unicidad de naturaleza entre Padre e Hijo.

«Nadie las arrebatará de mi mano». Al que se sabe conocido y amado por Cristo y procura con toda el alma escuchar su voz y seguirle, Cristo le hace esta promesa. Nadie podrá arrebatar las ovejas de las manos de Jesús, porque se las ha dado el Padre, que todo lo puede, con el que Jesús es «Uno».

Nuestra seguridad sólo puede venir de sabernos guiados por Él. El Buen Pastor es el Resucitado, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Estamos en buenas manos. “No suelta Cristo tan presto las almas que una vez toma”, decía San Juan de Ávila. Ningún verdadero mal puede suceder al que de verdad confía en Cristo y se deja conducir por su mano poderosa.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los pastores en la misión de la Iglesia
(754, 873, 874, 879, 881, 1546 – 1547)

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó pastor de todo el rebaño. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

Para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, Cristo instituyó en su Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad. A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios lleguen a la salvación.

Hay dos modos diferentes de participar del sacerdocio de Cristo: el sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles. Aunque su diferencia es esencial y no sólo de grado, están ordenados el uno al otro y ambos participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, esperanza y caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. El ministerio sacerdotal es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.

El Sacramento del Orden
(1536, 1545)

El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

El sacramento del Orden comunica un poder sagrado, que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos. Este sacerdocio es ministerial. Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio. Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia.

Los pastores tienen la misión de enseñar
(888 – 892)

Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios, según la orden del Señor. Son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo.

El oficio pastoral del Magisterio está dirigido a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica.

Los pastores tienen la misión de santificar
(893)

El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos. La santifican con su ejemplo, no tiranizando a los que les ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey. Así es como llegan a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado.

Los pastores tienen la misión de gobernar
(894 – 896)

Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que deben, no obstante, ejercer para edificar con espíritu de servicio, que es el de su Maestro.

El Buen Pastor será el modelo y la «forma» de la misión pastoral del obispo. Consciente de sus propias debilidades, el obispo puede disculpar a los ignorantes y extraviados. No debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que cuida como verdaderos hijos.

Los sacerdotes representan a Cristo
(1548 – 1551)

En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que, en virtud del sacramento del Orden, el sacerdote actúa «in persona Christi Capitis» (en la persona de Cristo Cabeza). Por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo, a quien representa.

Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.

En último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no impide a Cristo actuar. San Agustín lo dice con firmeza: «En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la tierra fértil. En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha».

Los sacerdotes también representan a la Iglesia
(1552 – 1553)

El sacerdocio ministerial no tiene solamente por tarea representar a Cristo –Cabeza de la Iglesia– ante la asamblea de los fieles, actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico.

Esto no quiere decir que los sacerdotes sean los delegados de la comunidad. La oración y la ofrenda de la Iglesia son inseparables de la oración y la ofrenda de Cristo, su Cabeza. Todo el cuerpo, cabeza y miembros, ora y se ofrece, y por eso quienes, en este cuerpo, son específicamente sus ministros, son llamados ministros no sólo de Cristo, sino también de la Iglesia. El sacerdocio ministerial puede representar a la Iglesia porque representa a Cristo.

El carácter sacerdotal es imborrable
(1581 – 1584)

El sacramento del Orden configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación se recibe la capacidad de actuar como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado.

Un sacerdote válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación (secularizado), o se le puede impedir ejercerlas (suspendido), pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su ordenación, lo marcan de manera permanente.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y a dónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza. Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza» (San Gregorio Nazianceno).

«El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a Él» (San Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo, el buen Pastor que al mundo vino,
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores.

Amén

9 de marzo de 2025: DOMINGO I DE CUARESMA “C”


La tentación y la victoria de Cristo

Dt 26, 4-10: Profesión de fe del pueblo elegido
Sal 90, 1-15: Quédate conmigo, Señor, en la tribulación
Rm 10, 8-13: Profesión de fe del que cree en Cristo
Lc 4, 1-13: El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado

I. LA PALABRA DE DIOS

Al comenzar la Cuaresma, este evangelio pone delante de nuestros ojos la seriedad de la vida cristiana. «Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino … contra los espíritus del mal que están en las alturas» (Ef 6, 12). Desde el Paraíso, toda la historia humana es una lucha entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás.

Jesucristo –el segundo Adán–, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, fue verdaderamente tentado. Sus tentaciones fueron distintas de las nuestras, pues en Cristo –Persona divina– no se da nuestra inclinación al mal; pero fueron verdaderas: por ser verdadero hombre —con reflejos, sentimientos e impresiones humanas— pudo darse una brecha entre la misión señalada por el Padre y la experiencia que de la misma tenía Jesús, humanamente hablando. Es la tentación ante el aparente fracaso de su tarea redentora; y sobre ello carga Satanás con astucia.

La tentación más importante es la tercera, en Jerusalén; allí —«hasta otra ocasión»—volverán a enfrentarse Jesús y el Tentador, cuando llegue la gran prueba (= tentación) de la Pasión. Jesús fue tentado también en otras ocasiones; los instrumentos de los que se valió el Adversario fueron los fariseos, la muchedumbre, e incluso Pedro.

Cristo ha luchado, para que nosotros luchemos; Cristo ha vencido para que nosotros venzamos. La liturgia de Cuaresma comienza haciéndonos elevar los ojos a Cristo, para seguirle como modelo y para dejarnos influir por el impulso interior de combate victorioso que quiere infundir en nosotros.

También se nos indican las armas para vencer a Satanás. A cada tentación Jesús responde con un texto de la Escritura: «está escrito». En los días cuaresmales se nos invita a alimentarnos con más abundancia de la Palabra de Dios, para que ésta sea como un escudo que nos haga inmunes a las asechanzas del Enemigo. El salmo responsorial nos recuerda la confianza que, ante la prueba, Cristo tiene en el Padre y que nosotros necesitamos para no sucumbir a la tentación: «me invocará y lo escucharé».

Necesitamos vivir la fe (segunda lectura), una fe hecha plegaria –«no nos dejes caer en la tentación»–, que es la que nos libra de la esclavitud del pecado y de Satanás, pues sólo la fe da la victoria: «Nadie que crea en él quedará confundido».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Un duro combate
(407 – 415)

No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes, por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Satanás y los otros demonios, de los que hablan la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles creados buenos por Dios, que se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, dando así origen al infierno. Los demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios, pero Dios afirma en Cristo su segura victoria sobre el Maligno.

Constituido por Dios en la justicia, el hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin al margen de Dios. Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia.

La doctrina sobre el pecado original –vinculada a la de la Redención de Cristo– proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.

Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan: «el pecado del mundo» (Jn 1,29). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres.

Esta situación dramática del mundo que «todo entero yace en poder del maligno», hace de la vida del hombre un combate: A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo.

Pero, ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? S. León Magno responde: “La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio”. Y santo Tomás de Aquino: “Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de el pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de S. Pablo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Y el canto del Exultet (Pregón de la Vigilia pascual): ¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!”.

Cristo venció al Tentador a favor nuestro
(538 – 540)

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso: Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús es vencedor del diablo; Él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

«No nos dejes caer en la tentación»
(2846 – 2849)

Nuestros pecados son los frutos del consentimiento en la tentación. Pedimos a nuestro Padre que «no nos deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en«, «no nos dejes sucumbir a la tentación«. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado.

El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rm 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

«No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón. El Padre nos da la fuerza: «no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Co 10, 13).

«Y líbranos del mal» [«del Malo»]
(2850 – 2854)

En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«dia-bolos«] es aquél que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

«Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira», Satanás, el seductor del mundo entero, es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será liberada del pecado y de la muerte.

La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está echado abajo. «El se lanza en persecución de la Mujer» (cf Ap 12, 13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, «llena de gracia» del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). «Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos» (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» ya que su Venida nos librará del Maligno.

Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquél que «tiene las llaves de la Muerte y del Hades» (Ap 1,18), «el Dueño de todo, Aquél que es, que era y que ha de venir», Jesucristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres. En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado” (Orígenes).

El Señor, que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas, también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo, que os combate, para que el enemigo –que tiene la costumbre de engendrar la falta– no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»” (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.

Amén.