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6 de julio de 2025: DOMINGO XIV ORDINARIO “C”


«Llamados a evangelizar»

Is 66, 10-14: Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz
Sal 65, 1–20: Aclamad al Señor, tierra entera
Ga 6, 14-18: Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús
Lc 10, 1-12, 17-20: Descansará sobre ellos vuestra paz

I. LA PALABRA DE DIOS

En la primera lectura escuchamos una profecía que proyecta, ante una dura realidad, una luz de entusiasmo, fe y esperanza basada en la seguridad de la cercanía de Dios con su pueblo.

La carta a los Gálatas, concluye con un resumen del tema principal de la misma: la vida nueva ha comenzado en Cristo Crucificado.

En el Evangelio, además de a los doce apóstoles, Jesús envió a un grupo más numeroso de discípulos –que ensaya la universalidad misionera– para anunciar la llegada del Reino de Dios. Jesús les instruye de forma semejante a como lo hizo con los apóstoles.

«¡Poneos en camino!». Todo cristiano es misionero. Bautizado y confirmado, es enviado por Cristo al mundo para ser testigo suyo. En cualquier situación o circunstancia, en cualquier época o ambiente, el cristiano es un enviado, va en nombre de Cristo, para hacerle presente, para ser sacramento suyo. Y las palabras de Jesús revelan la urgencia de esta misión ante las inmensas necesidades del mundo y, sobre todo, por el anhelo de su Corazón. ¿Me veo a mí mismo como un enviado de Cristo en todo momento y lugar?

«No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias». El que va en nombre de Cristo se apoya en el poder del Señor. Su autoridad no viene de sus cualidades, ni su eficacia de los medios de que dispone. Al contrario, su ser enviado se pone de relieve en su pobreza, y el poder del Señor se manifiesta en la desproporción de los medios: «No tengo oro ni plata, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar» (Hch 3,6). Lo más contrario a ser apóstol es la búsqueda de seguridades fuera de Cristo.

En este contexto la expresión «el obrero merece su salario» significa «comiendo y bebiendo de lo que tengan», es decir, vivid de limosna. Un enviado de Cristo preocupado por los bienes materiales, más allá de los necesarios para realizar su misión, o que busca su seguridad económica, no puede producir frutos de vida eterna.

«Os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo». Una Iglesia que va en nombre de Cristo, pobre, apoyada sólo en Él, no tiene motivos para asustarse ni desanimarse ante el mal. Con las armas de Cristo –no las de este mundo– ha recibido poder para resistir, combatir y vencer el mal.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La misión,
exigencia de la catolicidad de la Iglesia
(849 – 856)

El mandato misionero:
La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 1920).

El origen y la finalidad de la misión:
El mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad: La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre. El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor.

El motivo de la misión:
Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: «porque el amor de Cristo nos apremia…». En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.

Los caminos de la misión:
El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial. El es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. Ella continúa y desarrolla en el curso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres. Impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo; esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección. Es así como la «sangre de los mártires es semilla de cristianos» (Tertuliano).

Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio. Sólo avanzando por el camino de la conversión y la renovación y por el estrecho sendero de Dios es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de Cristo. En efecto, como Cristo realizó la obra de la redención en la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación.

Por su propia misión, la Iglesia avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios. El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia.

La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de los cristianos. En efecto, las divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la vida.

La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio. Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios. Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre.

Vida moral y testimonio misionero
(2044 – 2046)

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo.

Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles, «hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo» (E 4, 13).

Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, Reino de justicia, de verdad y de paz. Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Jesucristo ordena a cada fiel que ora que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice “Que tu voluntad se haga en mí o en vosotros”, sino “en toda la tierra”; para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo» (S. Juan Crisóstomo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Benditos los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno.

Amén.

Domingo, 29 de junio de 2025: SOLEMNIDAD DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO, APÓSTOLES


«Pedro fue el primero en confesar la fe;
Pablo, el maestro insigne que la interpretó»

Hch 12,1-11: «Ahora sé realmente que el Señor
me ha librado de las manos de Herodes»
Sal 33: «El Señor me libró de todas mis ansias»
2Tm 4,6-8.17-18: «Me está reservada la corona de la justicia»
Mt 16,13-19: «Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los Cielos»

I. LA PALABRA DE DIOS

La fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo nos trae a la memoria los inicios de la Iglesia. Sin medios, sin poder, en total debilidad, realizaron grandes cosas.

San Lucas busca deliberadamente una relación entre la prisión y liberación de Pedro y las que se dan en otros momentos de la Historia de la Salvación.

La misma experiencia parece hacer notar San Pablo, al sentir que Dios le ayuda y que le llevará al cielo. Ha ido dejándose ganar por Cristo. Ha sabido adaptar perfectamente el mensaje cristiano a las diversas culturas y se siente satisfecho por haberlo anunciado a los gentiles.

Tanto Pedro como Pablo han vibrado con un amor tierno y apasionado a Cristo. Apóstol no es el que sabe muchas cosas, sino el que ama a Cristo apasionadamente, hasta el punto de estar dispuesto a perderlo todo por Él. Pedro y Pablo se desgastaron predicando el Evangelio, y al final perdieron por Cristo la vida. Así plantaron la Iglesia. Y sólo así puede seguir siendo edificada.

Jesús pensó en la Iglesia y la quiso siempre bajo Pedro y sus sucesores. Es de fe divina y católica, solemnemente definida, que Cristo, conforme a su promesa, concedió a Pedro el primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia.

Cristo ha dejado en la Iglesia un signo de su presencia: la «roca», fundamento de la unidad, aglutinante de cuantos creemos en Jesús, garantía de nuestra fe. Las «llaves» son signo de poder, en particular del poder de enseñar, de adoctrinar. Jesús entregará a Pedro la suprema autoridad visible sobre su Iglesia; cuando Jesús se ausente visiblemente, Pedro quedará haciéndolo presente y visible, con una presencia singular. «Lo que ates…, lo que desates…» indica la totalidad de poder (declarar lícito o ilícito en lo doctrinal; admitir o rechazar en la comunidad) e incluye el pleno poder de absolver y condenar. Pedro administra un poder cuyo dueño es Jesús. Y, como Cristo, será piedra «probada», «rechazada por los arquitectos», pero «piedra angular».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Pedro, piedra de la Iglesia
(881 – 882, 891)

El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente a él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella; lo instituyó Pastor de todo el rebaño. Está claro que también el Colegio de los apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. El Pontífice Romano tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en materia de fe y de costumbres en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar «como revelado por Dios para ser creído» y como enseñanza de Cristo, hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe. Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina.

Vivir en comunión con la Iglesia
(837; 2034 – 2040)

Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión.

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15), recibió de los apóstoles el solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Por tanto, compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

El Romano Pontífice y los obispos, como maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo, predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica. El magisterio ordinario y universal del Papa, y de los obispos en comunión con él, enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina; se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas.

La autoridad del Magisterio se extiende también a los preceptos específicos de la ley natural, porque su observancia, exigida por el Creador, es necesaria para la salvación. Recordando las prescripciones de la ley natural, el Magisterio de la Iglesia ejerce una parte esencial de su función profética de anunciar a los hombres lo que son en verdad y de recordarles lo que deben ser ante Dios.

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida. Tienen el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia.

La conciencia de cada cual en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

Así puede desarrollarse entre los cristianos un verdadero espíritu filial con respecto a la Iglesia. Es el desarrollo normal de la gracia bautismal, que nos engendró en el seno de la Iglesia y nos hizo miembros del Cuerpo de Cristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que no cree en la unidad de la Iglesia, ¿puede tener fe? El que se opone y resiste a la Iglesia, el que abandona la cátedra de Pedro, sobre la que aquella está fundada, ¿puede pensar que se halla dentro de la Iglesia? También el bienaventurado Pablo enseña lo mismo y pone de manifiesto el misterio de la unidad, cuando dice: Sólo hay un cuerpo y un espíritu, como también una sola esperanza a la que habéis sido llamados: un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo»» (San Cipriano).

IV LA ORACIÓN CRISTIANA

El Señor te dijo: «Simón, tú eres Piedra,
sobre este cimiento fundaré mi Iglesia:
la roca perenne, la nave ligera.
No podrá el infierno jamás contra ella.
Te daré las llaves para abrir la puerta.»
Vicario de Cristo, timón de la Iglesia
.

Pablo, tu palabra, como una saeta,
llevó el Evangelio por toda la tierra.
Doctor de las gentes, vas sembrando Iglesias;
leemos tus cartas en las asambleas,
y siempre de Cristo nos hablas en ellas;
la cruz es tu gloria, tu vida y tu ciencia
.

San Pedro y san Pablo: en la Roma eterna
quedasteis sembrados cual trigo en la tierra;
sobre los sepulcros, espigas, cosechas,
con riesgo de sangre plantasteis la Iglesia.
San Pedro y san Pablo, columnas señeras,
testigos de Cristo y de sus promesas
.

San Pedro y san Pablo, unidos
por un martirio de amor,
en la fe comprometidos,
llevadnos hasta el Señor. Amén.

8 de junio de 2025: DOMINGO DE PENTECOSTÉS “C”


«¡Ven, Espíritu Santo!»

Hch 2, 1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Sal 103, 1. 24-34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra
1 Co 12, 3b-7. 12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Jn 20, 19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el  Espíritu Santo.

I. LA PALABRA DE DIOS

«Sopló sobre ellos». Como en una nueva creación, es necesario «el aliento» (el Espíritu) de Dios.

«Recibid el Espíritu Santo». El Espíritu Santo es el aliento divino, dador de vida sobrenatural, como el soplo que infundió vida al primer hombre. Jesús les comunica el Espíritu Santo, primeramente para suscitar y reafirmar en ellos la fe en su resurrección (para que «vean», es decir, para que crean); y luego, para hacer que otros vean, quitando la ceguera del pecado.

«A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Es verdad de fe definida que las palabras de Jesús en estos versículos hay que entenderlas de la potestad de perdonar y de retener los pecados en el sacramento de la penitencia.

En la primera lectura, el significado que san Lucas atribuye a la lista de pueblos y al acontecimiento de que «cada uno los oía hablar en su propia lengua», es «la universalidad» de la predicación, la caída de barreras lingüísticas y raciales ante la invasión del Espíritu de Jesús resucitado; lo contrario de lo que sucedió en Babel. La Iglesia de Cristo nació universal.

La segunda lectura nos habla de los dones espirituales: «Hay diversidad de carismas … a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común». La palabra «carismas» (dones) tiene varios significados en el Nuevo Testamento. En sentido técnico es: don gratuito concedido al hombre, por la presencia en él del Espíritu Santo, con una finalidad social: la santificación de los demás, la edificación de la Iglesia. Un carisma auténtico no pretende ser el único, ni el mejor; conoce su propia tarea (la que le corresponde para el bien de los demás), y acepta sus propios límites; respeta y aprecia los otros carismas; no se opone a ellos ni se compara con ellos, no los acapara ni destruye; se somete gozosamente al carisma de gobierno. Existe un orden, una jerarquía, en los carismas, pues su finalidad es el provecho común, la construcción del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Ese orden entre los carismas tiene una norma suprema: ante todo, y sobre todo, la caridad.

La maravilla primera y fundamental de Pentecostés es una Iglesia viva, llena de vitalidad y de empuje. Ya ese mismo día se convierten tres mil personas con la predicación y el testimonio de Pedro. Y todo el libro de los Hechos no es más que la descripción de una explosión de vida producida precisamente por el Espíritu Santo. A lo largo de él encontramos una Iglesia joven, entusiasmada y capaz de entusiasmar, llena del Espíritu Santo que impulsa a la oración, al testimonio, al apostolado, a darlo todo: una Iglesia llena de la alegría del Espíritu, pobre y desprendida, que anuncia con gozo y convicción a Cristo y que está dispuesta a perderlo todo y dejarse matar por Él.

Esto nos debe llevar a hacer examen de conciencia a todos, pastores y fieles. ¿Tiene nuestra Iglesia de hoy esa vitalidad entusiasmante? Y, sin embargo, el Espíritu Santo es el mismo, no ha perdido fuerza desde entonces. Si hoy no se producen aquellas maravillas, ¿no será que estamos resistiendo al Espíritu Santo?

Dios quiere renovar entre nosotros el prodigio de Pentecostés, realizando las mismas «maravillas» de aquel día. Pecaríamos si esperásemos menos de lo que Dios nos promete.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos
(731 – 732)

El día de Pentecostés, la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.

En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en Él: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los «últimos tiempos», el tiempo de la Iglesia, Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

El Espíritu Santo, el Don de Dios
(733 – 736)

«Dios es Amor» y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado».

Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

El nos da entonces las «arras» o las «primicias» de nuestra herencia: la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar «como Él nos ha amado». Este amor (la caridad de 1 Cor 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos «recibido una fuerza, la del Espíritu Santo».

Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza». El Espíritu es nuestra Vida: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más «obramos también según el Espíritu».

El Espíritu Santo y la Iglesia
(737 – 741)

La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den «mucho fruto».

Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad.

Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo.

Estas «maravillas de Dios», ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu.

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables». El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración.

La Iglesia, Templo del Espíritu Santo
(770, 771, 797-801)

La Iglesia está en la historia, pero al mismo tiempo la transciende. Solamente con los ojos de la fe se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de vida divina. La Iglesia es a la vez: sociedad dotada de órganos jerárquicos y Cuerpo Místico de Cristo; grupo visible y comunidad espiritual; la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo. Estas dimensiones juntas constituyen una realidad compleja, en la que están unidos el elemento divino y el humano.

«Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia» (San Agustín). A este Espíritu de Cristo, como principio invisible, ha de atribuirse también el que todas las partes del cuerpo estén íntimamente unidas, tanto entre sí como con su excelsa Cabeza, puesto que está todo Él en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de los miembros. El Espíritu Santo hace de la Iglesia «el Templo del Dios vivo».

El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo. Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad: por la Palabra de Dios, «que tiene el poder de construir el edificio», por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo; por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por «la gracia concedida a los apóstoles» que entre estos dones destaca, por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples gracias especiales (llamadas «carismas«) mediante las cuales los fieles quedan preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el Don de Dios. Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios. Porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia» (San Ireneo).

«Por la comunión con Él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (San Basilio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo. 

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos. 

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento. 

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero. 

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Amén