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7 de diciembre de 2025: DOMINGO II DE ADVIENTO “A”


El que viene a cambiar todo, nos llama a convertirnos a Él.

Is 11,1-10: Juzgará a los pobres con justicia.
Sal 71: Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.
Rm 15,4-9: Cristo salva a todos los hombres.
Mt 3,1-12: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

I. LA PALABRA DE DIOS

Isaías es el profeta del Adviento. Él nos conduce de la mano hacia el Mesías que esperamos. Hoy nos lo presenta como Ungido por el Espíritu. «Sobre Él reposará el Espíritu del Señor». El mismo nombre de Mesías o Cristo significa precisamente “ungido”, aquel que está totalmente impregnado del Espíritu de Dios y lo derrama en los demás.

«Convertíos». Convertirse (metanoeîn = cambiar de mentalidad) es, en su aspecto moral, “arrepentirse” (epistréphete): un movimiento que, si bien requiere una labor intelectual (“Arrepentirse supone gran inteligencia, porque el pecador se da cuenta de que hizo lo malo ante el Señor”: Hermas), para un semita afecta al hombre entero: arrepentirse es cambiar completamente de orientación y de conducta. Dos reproches hace Juan a los fariseos: que se creen que no les va a llegar el juicio de Dios y que viven de la seguridad que les proporciona el ser hijos de Abraham. El juicio va a llegar ya, y lo que desde ahora cuenta es la actitud de conversión ante el Reino que nos está dando alcance.

El profeta Isaías nos dibuja también como objeto de nuestra esperanza un auténtico paraíso, donde reine la paz y la armonía entre todos los vivientes. La situación calamitosa del pueblo de Israel no condiciona en nada los proyectos de salvación de Dios. Por encima de todo «brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago». Los frutos de la venida de Cristo –si realmente le recibimos– superan enormemente nuestras expectativas en todos los órdenes. Pero el profeta nos recuerda que esta paz tan deseada será sólo una consecuencia de otro hecho: que la tierra esté llena del conocimiento y del amor del Señor, «como las aguas colman el mar».

El Cristo que esperamos en este Adviento viene a inundarnos con su Espíritu, a bautizar «con Espíritu Santo y fuego» (evangelio). Ser cristiano es estar ungido, empapado del Espíritu de Cristo. No se puede ser verdaderamente cristiano sin estar lleno del Espíritu Santo.

Este Cristo a quien esperamos se nos presenta también como «enseña de los pueblos», como aquel «a quien busca el mundo entero». Cristo es «el Deseado de todos los pueblos». Aún sin saberlo, todos le buscan, todos le necesitan, pues todos hemos sido creados para Él y sólo en Él se encuentra la salvación. Ésta es la esperanza del Adviento: que todo hombre encuentre a Cristo. Clamamos «Ven, Señor Jesús» para que Él se manifieste a todo hombre. Nuestra misión es levantar bien alto este estandarte, esta enseña: presentar a Cristo a los hombres con nuestras palabras y con nuestras obras.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios entrega a cada cristiano
las funciones que es capaz de ejercer
(1884 – 1889)

Dios no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. El comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la providencia divina.

La sociedad es indispensable para la realización de la vocación humana. Para alcanzar este objetivo es preciso que sea respetada la justa jerarquía de los valores que subordina las dimensiones materiales e instintivas del ser del hombre a las interiores y espirituales.

La sociedad humana tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo.

Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión externa de la comunidad humana en su incesante desarrollo.

La inversión de los medios y de los fines, que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para alcanzarlo, o a considerar las personas como puros medios para un fin, engendra estructuras injustas que hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador Divino.

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él.

Sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava. Es el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: «Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará».

Preparativos de la venida de Cristo al mundo
(522 – 524)

La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Hb 9, 15) todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

San Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo», sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio; desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías», da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.

Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

El Reino de Dios está cerca:
¡conviértanse!
(1427 – 1428)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

El sacramento de la Penitencia
como anticipo del Juicio Final
(1470)

En el Sacramento de la Penitencia, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el pecado grave nos aparta. Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida «y no incurre en juicio» (Jn 5, 24).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (Lumen gentium, 48).

«No hay cosa a Dios más contraria que el corazón que bien se parece a si mismo, porque no tiene vaso en que Dios eche las riquezas de su misericordia, y quédase en su propia bajeza y sequedad por no quererse abajar, para que corran en él las aguas de la gracia de Dios» (San Juan de Ávila).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

El amor hizo nuevas cosas,
el Espíritu ha descendido
y la sombra del que es poderoso
en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto
y de bodas se anuncia alegría,
el Señor que en los cielos moraba
se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a Dios, el Señor poderoso,
a su Hijo y Espíritu Santo,
que en su gracia y su amor nos bendijo
y a su reino nos ha destinado.

Amén.

30 de noviembre de 2025: DOMINGO I DE ADVIENTO “A”


Esperar al que viene a hacer nuevas todas las cosas
es empezar a sentirse renovado

Is 2,1-5: El Señor congrega a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios.
Sal 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Rm 13,11-14: La salvación está más cerca de nosotros.
Mt 24,37-44: Estad en vela para estar preparados.

I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico del Adviento nos encontramos con el texto de Isaías. Es la primera lectura que la Iglesia nos proclama en este Adviento. Más aún, es el primer texto sagrado que escuchamos en el nuevo año litúrgico que hoy empezamos. Y éste nos indica el calibre de la esperanza con la que hemos de vivir esta nueva etapa. La visión no puede ser más grandiosa: «confluirán todas la naciones» hacia la casa de Dios.

Isaías contempla desde Sión la ciudad santa, abriendo una nueva esperanza por la próxima intervención salvadora de Yavé. Dios será el centro de atención de todos los pueblos, centro de instrucción sobre la Ley. Yavé inaugura una nueva etapa de salvación.

La Iglesia es el monte santo, la casa del Señor, la ciudad puesta en lo alto de un monte, la lámpara colocada en el candelero para que ilumine a todos los que están en este mundo. De esta nueva Jerusalén sale la Palabra del Señor. Ella da a los hombres lo más grande que tiene y lo mejor que los hombres pueden recibir: la Palabra de Dios, la voluntad de su Señor. Más aún, da a Cristo mismo, que es la Palabra personal del Padre. Y con Cristo da la paz y la hermandad entre todos los que le aceptan como Señor de sus vidas.

Frente a todo planteamiento individualista, esta visión debe dilatar nuestra mirada. Frente a toda desesperanza, porque no vemos aún que de hecho esto sea así, Dios quiere infundir en nosotros la certeza de que será realidad, porque Él lo promete. Más aún, a ello se compromete. Por eso la segunda lectura y el evangelio nos sacuden para que reaccionemos: «reconociendo el momento en que vivís».

En esta nueva etapa de la historia de la salvación estamos llamados a experimentar las maravillas de Dios, la conversión de multitudes al Dios vivo. Más aún, se nos llama a ser colaboradores activos y protagonistas de esta historia. Pero ello requiere antes nuestra propia conversión: «Es hora de despertaros del sueñodejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz», «caminemos a la luz del Señor».

«La noche está avanzada, el día está cerca». La vigilancia cristiana –actitud tan destacada en la lectura evangélica– no es mirar temerosos en todas direcciones intentando adivinar dónde pueda estar el enemigo, sino mantenerse alerta para descubrir los signos del Reino de Dios en el mundo.

Lo cristiano no es esperar a que nos den hecha la historia. Cuando el creyente se compromete con ella está haciendo presente la salvación de Dios, no la que él quiera hacer. Lo alienante es quedarse quieto; lo evangélico es trabajar por el Reino de Dios. Cuando alguien sabe que el Reino de Dios viene de Él, de Dios, no está afirmando lo obvio, está dando muestras de no inventarse el Reino de Dios. El reto cristiano es que aquí, en este mundo precisamente, se hace la salvación por Dios y su Reino.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La esperanza de los cielos nuevos
y de la tierra nueva
(1042 – 1045)

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reina­rán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado. La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la huma­ni­dad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo.

La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra». En este «universo nuevo», la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina es «como el sacramento» –el signo y el instrumento–. Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, “la Esposa del Cordero”. Ya no estará herida por el pecado, ni por las manchas, ni por el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

El juicio sucederá
cuando vuelva Cristo glorioso
(1038 – 1040)

La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores», precederá al Juicio final. Esta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz, y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación». Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles… Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena.

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su adve­nimiento. Entonces, Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.

La vigilancia ante el Reino de Dios
(2730, 1001)

Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe.

La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar». ¿Cuándo? Sin duda en el «último día»; «al fin del mundo».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«La espera de una tierra nueva no debe amortiguar sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimien­to del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 38).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Preparemos los caminos
ya se acerca el Salvador
y salgamos, peregrinos,
al encuentro del Señor.

Ven, Señor, a libertarnos,
ven tu pueblo a redimir;
purifica nuestras vidas
y no tardes en venir.

El rocío de los cielos
sobre el mundo va a caer,
el Mesías prometido,
hecho niño, va a nacer.

Te esperamos anhelantes
y sabemos que vendrás;
deseamos ver tu rostro
y que vengas a reinar.

Amén.

9 de noviembre de 2025: Domingo de la Dedicación de la Basílica de Letrán


Fiesta de la Dedicación de la basílica de Letrán en honor de Cristo Salvador, construida por el emperador Constantino como sede de los obispos de Roma. Su anual celebración en toda la Iglesia latina es un signo permanente de amor y de unidad con el Romano Pontífice.

Ez 47, 1-2. 8-9. 12. Vi agua que manaba del templo, y habrá vida allí donde llegue el torrente.
Sal 45. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.
1 Cor 3, 9c-11. 16-17. Sois templo de Dios.
Jn 2, 13-22. Hablaba del templo de su cuerpo.

I. LA PALABRA DE DIOS

«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Jesús realmente murió, pero no permaneció bajo el dominio de la muerte. De manera implícita estas palabras, además del anunció de su muerte y resurrección, dicen más: si la resurrección de un cadáver requiere la intervención divina, al declararse Jesús autor de su propia resurrección, está afirmando su divinidad.

«Él hablaba del templo de su cuerpo». La humanidad de Jesús es el verdadero templo de los cristianos; «Porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,3); a su imagen, en medida muy inferior, también el cristiano es «templo de Dios».

«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?». Cada cristiano que está en gracia de Dios es templo de Dios en el que habita el Espíritu Santo. La comunidad cristiana, la Iglesia, es también Cuerpo místico de Cristo y templo del Espíritu Santo.

«Mire cada cual cómo construye». Una llamada a la responsabilidad que a cada uno le corresponde en la construcción de la comunidad, en la tarea de la edificación de la Iglesia.

«Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo». Jesucristo es quién ha puesto los cimientos de la Iglesia sobre los Apóstoles. No se construye la unidad de la Iglesia fuera de la herencia –»La Escritura y a la palabra que había dicho Jesús«: la verdad revelada, el depósito de la fe– recibida de los Apóstoles.

«Si alguno destruye el templo de Dios…»: No se puede pretender «agrandar la tienda», con la excusa de que quepan «¡Todos, todos, todos!», construyendo (añadiendo, cambiando, quitando) fuera de la verdad recibida de los Apóstoles, sería «destruir» el templo de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús es el nuevo Templo

Cristo es el nuevo Templo. Así lo había anunciado cuando expulsó a los mercaderes del Templo: « Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».  Él hablaba del templo de su cuerpo»La Humanidad sacratísima de nuestro Señor Jesucristo es la verdadera morada, camino y lugar de nuestro encuentro con Dios.

A partir de la muerte redentora de Cristo en la cruz, pierde sentido el antiguo Templo de Jerusalén. Ahora, en el lugar del Templo está Jesús, el crucificado y resucitado. Todo templo nos remite en definitiva a Él, el verdadero templo y centro de la Iglesia. Ahora la tienda de Dios, la nube de su presencia, se encuentran allí donde se celebra el misterio de su Cuerpo y de su Sangre. Esto quiere decir, que ahora la sacralidad es mayor y más potente, porque es más auténtica de lo que lo era en la Antigua Alianza; y también quiere decir que se ha hecho más vulnerable y requiere de mayor atención y respeto por nuestra parte: no solamente pureza ritual, sino también una completa preparación del corazón.

El lugar de la celebración de la fe
(1179-1186, 1197-1199)

El edificio material de piedra es el signo visible de la Iglesia viva edificada por Dios; el lugar donde, en las celebraciones litúrgicas, hace de nosotros templos vivos de su gloria, edificados sobre su Hijo Jesucristo, piedra angular de la misma. Por ello, desde muy antiguo se llamó «iglesia» al edificio en el cual la comunidad cristiana se reúne para escuchar la palabra de Dios, para orar unida, para recibir los sacramentos y celebrar la eucaristía.

El templo debe ser un espacio que invite al recogimiento y a la oración silenciosa, que prolonga e interioriza la gran plegaria de la Eucaristía.

El templo tiene una significación escatológica. Para entrar en la casa de Dios ordinariamente se franquea un umbral, símbolo del paso desde el mundo herido por el pecado al mundo de la vida nueva al que todos los hombres son llamados. La Iglesia visible simboliza la casa paterna hacia la cual el pueblo de Dios está en marcha y donde el Padre «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 21,4). Por eso también la Iglesia es la casa de todos los hijos de Dios, ampliamente abierta y acogedora.

Significado de los distintos elementos de las iglesias:

El altar es símbolo de Cristo. Los antiguos Padres de la Iglesia no dudaron en afirmar que Cristo fue, al mismo tiempo, Sacerdote, Víctima y Altar de su propio sacrificio: el Padre lo ungió con el Espíritu Santo y lo constituyó sumo Sacerdote para que, en el altar de su cuerpo, ofreciera el sacrificio de su vida por la salvación de todos.

El altar cristiano es ara del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor, alrededor de la cual los sacerdotes y los fieles, en una misma acción pero con funciones diversas, celebran el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y comen la Cena del Señor. Por eso, el altar, como mesa del banquete sacrificial, se viste con manteles y adorna festivamente con velas y flores. Ello significa claramente que es la mesa del Señor, a la cual todos los fieles se acercan alegres para nutrirse con el alimento celestial que es el cuerpo y la sangre de Cristo inmolado.

El sagrario (o tabernáculo) debe estar situado dentro de las iglesias en un lugar de los más dignos con el mayor honor. La nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo eucarístico deben favorecer la adoración del Señor realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar.

La sede del sacerdote debe significar el oficio de presidente de la asamblea y director de la oración.

El ambón: la dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente la atención de los fieles.

La pila bautismal: la reunión del pueblo de Dios comienza por el Bautismo; por tanto, el templo debe tener lugar apropiado para la celebración del Bautismo (baptisterio o capilla bautismal) y favorecer el recuerdo de las promesas del bautismo con el agua bendita.

El confesionario: la renovación de la vida bautismal exige la penitencia. Por tanto el templo debe estar preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón, lo cual exige asimismo un lugar apropiado.

Los santos Óleos. El Santo Crisma, cuya unción es signo sacramental del sello del don del Espíritu Santo, es tradicionalmente conservado y venerado en un lugar seguro del santuario, junto con el Óleo de los Catecúmenos y el de los Enfermos.

Las imágenes sagradas están destinadas a despertar y alimentar nuestra fe en el Misterio de Cristo. A través del icono de Cristo y de sus obras de salvación, es a Él a quien adoramos. A través de las sagradas imágenes de la Santísima Madre de Dios, de los ángeles y de los santos, veneramos a quienes en ellas son representados.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Todo lo que implica irreverencia a las cosas sagradas es injuria que se hace a Dios, y constituye un sacrilegio. En el sacrilegio hallamos una razón especial de deformidad, porque con él se viola una cosa sagrada al no tratarla con el debido respeto. Si uno viola una cosa sagrada, va en contra por eso mismo de la reverencia a Dios debida y peca, por consiguiente, con pecado de irreligiosidad (Santo Tomás de Aquino).

Estos lugares sagrados no pueden ser profanados por otras actividades que no sean la oración, el silencio y la liturgia. La iglesia es la casa de Dios. Está reservada exclusivamente para Él. Entramos con respeto y veneración, debidamente vestidos, porque temblamos ante la grandeza de Dios. No temblamos de miedo, sino de respeto, de estupor y admiración (Card. Robert Sarah).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Oh, Dios,
que preparas una morada eterna a tu majestad
con piedras vivas y elegidas,
multiplica en tu Iglesia

el espíritu de gracia que le has dado,
de modo que tu pueblo fiel
crezca siempre
para la edificación
de la Jerusalén del cielo.

Por  Jesucristo nuestro Señor. Amén.