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30 de junio de 2019: DOMINGO XIII ORDINARIO “C”


Libres para ser esclavos por amor

1 R 19, 16b.19-21: Eliseo se levantó y marchó tras Elías
Sal 15, 1-11: El Señor es mi lote y mi heredad
Ga 4, 31b-5,1.13-18: Vuestra vocación es la libertad
Lc 9,51-62: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré a donde vayas

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Eliseo es figura del seguimiento radical, deja todas sus posesiones y afectos para seguir con generosidad y radicalidad incondicional a su maestro, el profeta Elías.

El apóstol instruye a los nuevos cristianos para que no pierdan la libertad lograda en Cristo y les advierte sobre el uso correcto de esa gracia: el servicio mutuo por amor y el domino de sus pasiones.

Después de anunciar la Pasión, Jesús inicia el camino de Jerusalén. Jesús invita a todos a seguirle, pero se quedan fuera aquellos que no lo hacen en la pobreza y la renuncia a todo lo propio. Seguir a Cristo implica la vida entera, no sólo algunos tiempos o algunas zonas de nuestra existencia. Lo que el profeta Elías no podía exigir, por ser un hombre; Cristo sí puede, por ser el Hijo de Dios. Más aún, no hay otra manera de seguirle: «El que sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios». El seguimiento de Cristo –decisión libre del discípulo– sólo puede ser incondicional, es el Señor quién pone las condiciones. No caben rebajas ni descuentos.

El seguimiento de Cristo no es una cuestión de negociaciones. Poner condiciones es estar diciendo «no», es ya dejar de seguirle. Cristo no quita nada y lo pide todo, porque lo ha dado todo. Y esto es lo que implica ser cristiano: un seguimiento incondicional. No hay dos tipos de cristianos. Sólo es verdaderamente cristiano el que «va a por todas». Cristo comprende la debilidad humana y los fallos motivados por ella, pero no acepta la mediocridad por sistema, el «bajar el listón», los cálculos egoístas. Los apóstoles fueron grandes pecadores: san Pedro llegó a negar a Cristo, san Pablo persiguió a la Iglesia… Pero no fueron mediocres: se dieron del todo, gastaron su vida por Cristo, sin reservarse nada.

El seguimiento de Cristo es la vocación del cristiano. No es la decisión libre del discípulo la única determinación para seguir a Jesucristo. La libertad no es el único valor absoluto. Él quiere ser el único absoluto de nuestra vida. El que se escandaliza porque Cristo exige la renuncia, incluso a cosas buenas, es que no ha entendido nada del evangelio. Ser cristiano no equivale a ser honrado y no hacer mal; eso lo procuran también los seguidores de muchas religiones e incluso muchos ateos. Ser cristiano significa «no anteponer nada a Cristo, ya que Él nada antepuso a nosotros» (San Cipriano), y estar dispuesto a toda renuncia y a todo sacrificio por Cristo.

¿Qué se entiende hoy por libertad? ¿Qué es la libertad para el cristiano? Importante cuestión pues el cristiano ha de ser libre. Más aún: Para ser libre nos liberó Cristo. Libres, porque así nos ha creado Dios. Libres, porque así nos ha redimido de la esclavitud el Señor. Libres para buscar y alcanzar el Bien Supremo. Libres para seguir incondicionalmente a Cristo. Libres para hacernos esclavos por amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La libertad del hombre
y la moralidad de sus actos
(1730 – 1761)

Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. Dios quiso “dejar al hombre en manos de su propia decisión”, de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.

En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado.

La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.

El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo bueno.

El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos –como la fornicación– que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

Una intención buena no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado. El fin no justifica los medios. Una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna).

Por tanto, es erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.

La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre, sujeto de esa libertad, como un individuo auto suficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.

Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. «Para ser libres nos libertó Cristo». En Él participamos de «la verdad que nos hace libres». El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, «donde está el Espíritu, allí está la libertad». Ya desde ahora nos gloriamos de la «libertad de los hijos de Dios».

La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia. El Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos» (S. Ireneo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiere,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Amén.

DOMINGO XXVIII ORDINARIO “C”


En todo, den gracias

2 R 5, 14-17: Volvió Naamán a Eliseo, y alabó al Señor

Sal 97, 1-4: El Señor revela a las naciones su salvación.

2 Tm 2, 8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo

Lc 17, 11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?


I. LA PALABRA DE DIOS

El sirio Naamán, un extranjero, es modelo de persona agradecida por los bienes recibidos de Dios por medio del profeta Eliseo.

La segunda lectura presenta el evangelio anunciado por san Pablo, y confiado a su sucesor Timoteo, que consiste en la proclamación del Misterio pascual.

En los tres evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) la vida pública de Jesús termina con su viaje a Jerusalén donde dio su último testimonio y entregó su vida. Exclusivamente san Lucas nos cuenta este episodio en el que, en ese camino, el Señor cura a diez leprosos y sólo uno, y extranjero, es agradecido.

«Tu fe te ha salvado». San Lucas subraya el contraste entre los nueve leprosos que no regresan y el que sí vuelve sobre sus pasos para dar gloria a Dios. Todos han quedado limpios de su lepra, pero sólo este ha sido «salvado», porque sólo él ha sabido reconocer en Jesús al Salvador. Por eso se le dice: «Tu fe te ha salvado». Y es que Jesús obra el milagro para provocar la fe y realizar así la curación de otra enfermedad más grave y profunda. «Se volvió» físicamente y, sin duda, espiritualmente. Quizás Lucas piensa en la fe cristiana del aquel hombre; de hecho, el verbo griego usado puede traducirse también por “se convirtió”.

Los beneficios que recibimos de Dios son signos de su poder salvador y de su amor misericordioso. ¿Recibo los dones de Dios como signos? ¿Me llevan a creer más en Cristo y a abrirme a su poder salvador?

Por otra parte, la auténtica fe lleva a adorar: «Se echó por tierra a los pies de Jesús». Este leproso, al verse curado, reconoce la grandeza de Cristo y experimenta la necesidad de adorarle. Frente a la actitud de los otros nueve, que sólo buscan a Jesús para su propio interés y cuando han recibido la curación se olvidan de Él, este hombre entiende que Jesús es el Señor y que ha de ser amado por sí mismo y servido con absoluto desinterés. En él, la fe se convierte en amor agradecido y adoración. ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Le sirvo con todas mis fuerzas, o me sirvo de Él para mis fines?

Esta fe le ha hecho experimentar además la compasión de Jesús. Los otros nueve, que también pedían «ten compasión de nosotros», han sentido su cuerpo sanado, pero no han experimentado la compasión y la misericordia de Cristo que sólo la fe hace posible.

«Jesús tomó la palabra y dijo…»: La naturaleza humana de Cristo poseía esa riqueza que llamamos sensibilidad: le agradaba la gratitud, le dolía el desagradecimiento.

La Eucaristía es la Acción de Gracias por excelencia. Unidos a Jesucristo en su Muerte y Resurrección todo se agradece a Dios Padre, por Cristo, con Él y en Él: gracias por los beneficios recibidos: ¡Dios nos ama!; gracias por todo lo que nos sucede: ¡sólo Dios sabe!; gracias en la necesidad, en la pena y en el sufrimiento: ¡en Dios confiamos!

La acción de gracias a Dios, que es la forma más común de oración de la Iglesia, no lo es tanto en la vida de muchos cristianos. ¿Acaso seremos de los nueve leprosos malagradecidos? Sólo el que se reconoce sin derechos e indigno de la bondad de Dios, es agradecido.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La acción de gracias y la alabanza al Padre
por medio de Jesucristo

(1359 – 1361)

La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios, da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquél que es su fuente y su término: «un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros» (1 Co 8, 6).

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

«Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias. La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación.

La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él.

La oración de acción de gracias
(2637 – 2638; 2648)

La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias le los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.

Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de San Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. «En todo den gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de ustedes» (1 Ts 5, 18). «Sean perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de acción de gracias, la cual, participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera: «En todo den gracias» (1 Ts 5, 18).

La adoración
(2628)

La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el «Rey de la gloria» y el silencio respetuoso en presencia de Dios «siempre mayor» (S. Agustín). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El presidente de la eucaristía toma el pan y el vino y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da las gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones» (S. Justino).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Gracias, Señor, por la aurora;
gracias, por el nuevo día;
gracias, por la Eucaristía;
gracias, por nuestra Señora:

Y gracias, por cada hora
de nuestro andar peregrino.

Gracias, por el don divino
de tu paz y de tu amor,
la alegría y el dolor,
al compartir tu camino.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.