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6 de marzo de 2022: DOMINGO I DE CUARESMA “C”


La tentación y la victoria de Cristo

Dt 26, 4-10: Profesión de fe del pueblo elegido
Sal 90, 1-15: Quédate conmigo, Señor, en la tribulación
Rm 10, 8-13: Profesión de fe del que cree en Cristo
Lc 4, 1-13: El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado

I. LA PALABRA DE DIOS

Al comenzar la Cuaresma, este evangelio pone delante de nuestros ojos la seriedad de la vida cristiana. «Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino … contra los espíritus del mal que están en las alturas» (Ef 6, 12). Desde el Paraíso, toda la historia humana es una lucha entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás.

Jesucristo –el segundo Adán–, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, fue verdaderamente tentado. Sus tentaciones fueron distintas de las nuestras, pues en Cristo –Persona divina– no se da nuestra inclinación al mal; pero fueron verdaderas: por ser verdadero hombre —con reflejos, sentimientos e impresiones humanas— pudo darse una brecha entre la misión señalada por el Padre y la experiencia que de la misma tenía Jesús, humanamente hablando. Es la tentación ante el aparente fracaso de su tarea redentora; y sobre ello carga Satanás con astucia.

La tentación más importante es la tercera, en Jerusalén; allí —«hasta otra ocasión»—volverán a enfrentarse Jesús y el Tentador, cuando llegue la gran prueba (= tentación) de la Pasión. Jesús fue tentado también en otras ocasiones; los instrumentos de los que se valió el Adversario fueron los fariseos, la muchedumbre, e incluso Pedro.

Cristo ha luchado, para que nosotros luchemos; Cristo ha vencido para que nosotros venzamos. La liturgia de Cuaresma comienza haciéndonos elevar los ojos a Cristo, para seguirle como modelo y para dejarnos influir por el impulso interior de combate victorioso que quiere infundir en nosotros.

También se nos indican las armas para vencer a Satanás. A cada tentación Jesús responde con un texto de la Escritura: «está escrito». En los días cuaresmales se nos invita a alimentarnos con más abundancia de la Palabra de Dios, para que ésta sea como un escudo que nos haga inmunes a las asechanzas del Enemigo. El salmo responsorial nos recuerda la confianza que, ante la prueba, Cristo tiene en el Padre y que nosotros necesitamos para no sucumbir a la tentación: «me invocará y lo escucharé».

Necesitamos vivir la fe (segunda lectura), una fe hecha plegaria –«no nos dejes caer en la tentación»–, que es la que nos libra de la esclavitud del pecado y de Satanás, pues sólo la fe da la victoria: «Nadie que crea en él quedará confundido».

II. LA FE DE LA IGLESIA

Un duro combate
(407 – 415)

No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes, por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Satanás y los otros demonios, de los que hablan la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles creados buenos por Dios, que se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, dando así origen al infierno. Los demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios, pero Dios afirma en Cristo su segura victoria sobre el Maligno.

Constituido por Dios en la justicia, el hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin al margen de Dios. Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado. Esta inclinación al mal se llama concupiscencia.

La doctrina sobre el pecado original –vinculada a la de la Redención de Cristo– proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.

Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de S. Juan: «el pecado del mundo» (Jn 1,29). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres.

Esta situación dramática del mundo que «todo entero yace en poder del maligno», hace de la vida del hombre un combate: A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo.

Pero, ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? S. León Magno responde: “La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio”. Y santo Tomás de Aquino: “Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de el pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de S. Pablo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Y el canto del Exultet (Pregón de la Vigilia pascual): ¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!”.

Cristo venció al Tentador a favor nuestro
(538 – 540)

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso: Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús es vencedor del diablo; Él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

«No nos dejes caer en la tentación»
(2846 – 2849)

Nuestros pecados son los frutos del consentimiento en la tentación. Pedimos a nuestro Padre que «no nos deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en«, «no nos dejes sucumbir a la tentación«. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado.

El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rm 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

«No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón. El Padre nos da la fuerza: «no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Co 10, 13).

«Y líbranos del mal» [«del Malo»]
(2850 – 2854)

En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«dia-bolos«] es aquél que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

«Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira», Satanás, el seductor del mundo entero, es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será liberada del pecado y de la muerte.

La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está echado abajo. «El se lanza en persecución de la Mujer» (cf Ap 12, 13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, «llena de gracia» del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). «Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos» (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: «Ven, Señor Jesús» ya que su Venida nos librará del Maligno.

Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquél que «tiene las llaves de la Muerte y del Hades» (Ap 1,18), «el Dueño de todo, Aquél que es, que era y que ha de venir», Jesucristo.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres. En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado” (Orígenes).

El Señor, que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas, también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo, que os combate, para que el enemigo –que tiene la costumbre de engendrar la falta– no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»” (S. Ambrosio).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.

Amén.

28 de marzo de 2021: DOMINGO DE RAMOS “B”


«Lo aclamamos como Rey
porque entrega su vida como Siervo»

Procesión:
Mc 11,1-10: «Bendito el que viene en nombre del Señor»

Misa:
Is 50,4-7: «No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado»
Sal 21: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Flp 2,6-11: «Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo»
Mc 14,1-15,47: «Era media mañana cuando lo crucificaron» 

I. LA PALABRA DE DIOS

En el pórtico de la Semana Santa, el Domingo de Ramos presenta la Entrada Mesiánica de Jesús en Jerusalén. El texto muestra a un Jesús que prevé y domina los acontecimientos, precisamente cuando emprende el camino de la pasión. San Marcos, que había custodiado cuidadosamente en silencio la identidad de Jesús  para evitar confusiones –el «secreto mesiánico»–, manifiesta ahora a Jesús aclamado abiertamente como Mesías –«bendito el reino que llega, el de nuestro padre David»–. Sin embargo, no es un Mesías guerrero que aplasta a sus enemigos por la fuerza de las armas, sino el Mesías humilde que trae el gozo de la salvación en la debilidad –montado en un borrico: ver Zac 9,9s–.

El profeta Isaías destacó del Siervo sufriente la perfecta docilidad y entrega a la voluntad de Dios, y cómo todo eso se revela como proyecto de Dios. El Siervo resiste, pese a todo, porque sabe que el Señor está a su lado.

El himno de la Carta a los Filipenses resume todo el misterio de Cristo que vamos a celebrar en estos días de la Semana Santa:

«Se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo». Estas son las disposiciones más profundas del Hijo de Dios hecho hombre. Justamente lo contrario de Adán, que siendo una simple criatura quiso ávidamente hacerse igual a Dios. Justamente lo contrario de nuestras tendencias egoístas, que nos llevan a enaltecernos a nosotros mismos y a dominar a los demás. Pero Jesús se despojó. 

La fe católica nos dice que el Hijo de Dios no se despojó de su naturaleza divina, no renunció a su divinidad –cosa imposible–, sino que, al hacerse verdaderamente criatura humana, renunció durante su vida mortal al esplendor (= gloria divina) al que tenía derecho. Prefirió recibir como un don la gloria a la que tenía derecho por ser el Hijo. Prefirió hacerse esclavo de todos, siendo el Señor de todos. En su resurrección y ascensión, la humanidad de Cristo recibió del Padre esa gloria, como premio a su obediencia.

«Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Una obediencia que significaba morir a sí mismo y que le llevó hasta la muerte de cruz. Es preciso contemplar detenidamente esta tendencia de Cristo a la humillación. Lo menos es el sufrimiento físico, aun siendo atroz. Lo más impresionante es el sufrimiento moral, la humillación: Jesús es ajusticiado como culpable, pasa a los ojos de la gente como un malhechor. Más aún, pasa a los ojos de la gente piadosa como un maldito, uno que ha sido rechazado por Dios, pues dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un madero» (Gal 3,13).

«Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre», precisamente «por eso»: por humillarse, por obedecer. Jesús no buscó ni su voluntad, ni su gloria. No trató de defenderse ni de justificarse. Lo dejó todo en manos del Padre. El Padre se encargará de demostrar su inocencia. El Padre mismo le glorificará en la resurrección. He aquí el resultado de su obediencia: el universo entero se le somete, toda la humanidad le reconoce como Señor (= Kyrios, el Yahveh del Antiguo Testamento). La soberbia de Adán –y la nuestra–, el querer ser como Dios, acaba en el absoluto fracaso. La humillación voluntaria de Cristo acaba en su exaltación gloriosa. En Él, antes que en ningún otro, se cumplen sus propias palabras: «el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

El relato de la Pasión según San Marcos es el más sobrio y realista. El evangelista no disimula los contrastes de un acontecimiento que resulta desconcertante: la cruz es escándalo al tiempo que revela perfectamente al Hijo de Dios. Jesús ha aceptado plenamente el plan del Padre en una obediencia absolutamente dócil y filial («Abba»: 14,36). En la escena central del relato –al ser interrogado por el Sumo Sacerdote– Jesús confiesa su verdadera identidad: es el Mesías, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre –es decir, el Juez escatológico–. A diferencia de Pedro, que reniega de Jesús para salvar su piel, Jesús confiesa, en absoluta fidelidad, ser el Hijo de Dios –«Yo soy»– sabiendo que esta confesión le va a llevar a la cruz. Paradójicamente, en el momento de mayor humillación –cuando agoniza y expira– es cuando manifestará plenamente quién es. Pero para conocerle y aceptarle como Hijo de Dios en el colmo de su humillación es necesaria la fe que se somete al misterio: frente a la reacción de los discípulos –que huyen abandonando a Jesús– la única actitud válida, a pesar de lo chocante y desconcertante de la Pasión, es el acto de fe del centurión romano: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios». En medio de las tinieblas, brota la luz por la confesión de fe de un militar pagano, auténtica confesión de fe en la filiación divina de Jesús.

Frente al relato de la Pasión, hemos de evitar ante todo la impresión de algo «sabido». Es preciso considerar, uno por uno, los indecibles sufrimientos de Cristo. En primer lugar, los sufrimientos físicos: latigazos, corona de espinas, golpes, crucifixión, desangramiento, sed, descoyuntamiento… Pero más todavía los interiores: humillación, burlas y desprecios, incluso de los discípulos y amigos, contradicciones, injusticia clamorosa… Basta pensar en nuestro propio sufrimiento ante cualquiera de estas situaciones. Y, lo más duro de todo, la sensación de abandono por parte del Padre; aunque Jesús sabía que el Padre estaba con Él, quiso experimentar en su alma ese abandono de Dios que siente el hombre pecador.

San Marcos nos sitúa ante la Pasión como frente a un misterio desconcertante. El que así sufre y es humillado es el mismo Hijo de Dios. Esto es algo que sobrepasa nuestro entendimiento y choca contra la lógica humana. Al considerar los sufrimientos de Cristo, hemos de evitar quedarnos en la mera conmoción sensible e ir más allá, contemplando en «este hombre» al Hijo eterno de Dios. Para ello es necesaria la fe del centurión, la única que nos capacita para penetrar en el misterio, oscuro y luminoso a la vez, del crucificado.

La meditación de la pasión desde la fe arroja un gran chorro de luz sobre nuestra vida de cada día. El sufrimiento no es una muralla que nos separa de Dios, sino una puerta de entrada al misterio de su amor. Cristo no ha venido a eliminar nuestros sufrimientos, lo mismo que Él no se ha bajado de la cruz cuando se lo pedían; ha venido a darles sentido, transfigurándolos por amor en fuente de fecundidad y de gloria. Por eso, el cristiano no rehúye el sufrimiento ni se evade de él, sino que lo asume con fe; la prueba no destruye su confianza y su ánimo, sino que les proporciona un fundamento más firme. Para quien ve la pasión con fe, la cruz deja de ser locura y escándalo y se convierte en sabiduría y fuerza.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
(559, 560, 570)

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre». Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»). Pues bien, el «Rey de la Gloria» entra en su ciudad «montado en un asno»: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación «Bendito el que viene en el nombre del Señor», ha sido recogida por la Iglesia en el «Santo» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo» (Santa Rosa de Lima).

«La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo –Hombre, Hijo de María, Hijo putativo de José de Nazaret– deja este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación  de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a la humanidad, a todo hombre, dándole el tres veces santo Espíritu de Verdad»  (Juan Pablo II).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

¿Quién es éste que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Este es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. 

Amén.

21 de marzo de 2021: DOMINGO V DE CUARESMA “B”


«Conoceremos al Señor porque perdonará nuestros pecados
por la Nueva Alianza en Cristo»

Jr 31,31-34: «Haré una alianza nueva y no recordaré los pecados»
Sal 50: «Oh, Dios, crea en mí un corazón puro»
Hb 5,7-9:  «Aprendió a obedecer; y se convirtió en autor de salvación eterna»
Jn 12,20-33: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto» 

I. LA PALABRA DE DIOS

El anuncio de Jeremías –la Alianza Nueva– parece un anticipo del Evangelio. La letra había ahogado al espíritu y había que grabar en los corazones la Ley Nueva. Dios mismo será quien escribirá esa ley dentro del  corazón del hombre. 

«Queremos ver a Jesús». ¿Accedió Jesús al deseo de estos griegos piadosos? Lo que dice a continuación es la respuesta indirecta: «Si quieren verme, que me ‘vean’ en la cruz».

«Padre, glorifica tu nombre». Jesús acepta voluntariamente su muerte redentora, pero la idea de sufrir lo turba instintivamente, como en Getsemaní. Desearía verse libre de esa hora dolorosa: «y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»; pero su oración no es egoísta: sólo busca que el Padre sea glorificado. La respuesta del Padre, que ya ha actuado en las señales reveladoras de Jesús (sus milagros), indica que precisamente ahora, en la muerte y la resurrección, va a mostrar con más claridad «el esplendor del Hijo único».

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». La glorificación de Jesús empieza ya con la pasión. Jesús es «elevado sobre la tierra»: con esta expresión san Juan se refiere a la cruz y a la gloria al mismo tiempo. Con ello expresa una realidad muy profunda y misteriosa a la vez: en el patíbulo de la cruz, cuando Jesús pasa a los ojos de los hombres por un derrotado y por un maldito, es en realidad cuando Jesús está venciendo. «Ahora el Príncipe de este mundo –Satanás– va a ser echado fuera». En la cruz Jesús es Rey. 

«Si muere, da mucho fruto». El cuerpo destruido de Jesús es fuente de vida. De su pasión somos fruto nosotros. Millones y millones de seres humanos han recibido y recibirán vida eterna por la entrega de Cristo en la cruz. El sufrimiento con amor y por amor es fecundo. La contemplación de Cristo crucificado debe encender en nosotros el deseo de sufrir con Cristo para dar vida al mundo: «les he destinado para que vayan y den fruto y su fruto dure» (Jn 15,16).

«Atraeré a todos hacia mí». Cristo crucificado –«elevado sobre la tierra»– atrae irresistiblemente las miradas y los corazones. Mediante la cruz ha sido colmado de gloria y felicidad. La cruz ha sido constituida fuente de vida para toda la humanidad. La cruz es expresión del amor del Padre a su Hijo: «Por esto me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17). Por eso, Jesús no rehuye la cruz: «Por esto he venido».

La Carta a los Hebreos, aludiendo a la oración del huerto, afirma que Cristo fue «escuchado» por su Padre. Expresión paradójica, porque el Padre no le ahorró pasar por la muerte. Y, sin embargo, fue escuchado. La resurrección revelará hasta qué punto el Hijo ha sido escuchado. A este Cristo, que había pedido: «Padre, glorifica a tu Hijo», lo vemos ahora coronado de honor y gloria precisamente en virtud de su pasión y de su cruz. Más aún, una vez resucitado, llevado a la perfección, «se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna». A la luz de la Resurrección entendemos en toda su verdad que Cristo es «el grano de trigo» que «cae en tierra y muere» para dar «mucho fruto». Sí, efectivamente, en lo más hondo de su agonía el Hijo ha sido escuchado por el Padre.

«Y donde esté yo, allí también estará mi servidor». Para estar un día en la gloria con el Hijo resucitado, su servidor tiene que vivir también –no de modo fortuito, ni optativo, sino necesariamente– en comunidad de cruz con Él. Esto es iluminador para nosotros. Mucha gente se queja de que Dios no le escucha porque no le libra de los males que está sufriendo. Pero a su Hijo tampoco le liberó del sufrimiento ni le ahorró la muerte. Y, sin embargo, le escuchó. Dios escucha siempre. Lo que ocurre es que nosotros «no sabemos pedir lo que conviene». Dios puede escucharnos permitiendo que permanezcamos en la prueba y no evitándonos la muerte. Nos escucha dándonos fuerza para resistir en la prueba; dándonos gracia para ser aquilatados y purificados –glorificándonos– a través del sufrimiento. Nos escucha haciéndonos –con el Hijo– grano de trigo que muere para dar fruto abundante. 

Todos los cristianos y santos de todas las épocas somos fruto de la pasión de Cristo. Gracias a ella «el príncipe de este mundo» ha sido «echado fuera» y hemos sido arrancados del poder del demonio y atraídos hacia Cristo. Por ella Dios ha sellado con nosotros una alianza nueva y nuestros pecados han sido perdonados; ha creado en nosotros un corazón puro y nos ha devuelto la alegría de la salvación. Por la pasión de Cristo ha sido inscrita en nuestro corazón la nueva ley, la ley del Espíritu Santo.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre
(606 – 607)

El Hijo de Dios –que ha bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado– al entrar en este mundo, dice: «He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad«. Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra«. El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero«, es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida. El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado«.

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?». Y todavía en la cruz antes de que «todo esté cumplido«, dice: «Tengo sed«.

El cordero que quita el pecado del mundo
(608)

Juan Bautista señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo«. Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua. Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos«.

Jesús acepta libremente el amor del Padre
(609)

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, los amó hasta el extremo porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos«. Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). 

El Espíritu grabará en nosotros la Ley Nueva:
(715 – 716)

El Pueblo de los «pobres», los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios; los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, es la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas (Antiguo Testamento). En los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva. 

Ley nueva o Ley evangélica
(1972)

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo, a la de amigo de Cristo, o también a la condición de hijo heredero.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Hubo, bajo el régimen de la antigua alianza, gentes que poseían la caridad y la gracia del Espíritu Santo y aspiraban ante todo a las promesas espirituales y eternas, en lo cual se adherían a la ley nueva. Y al contrario, existen, en la nueva alianza, hombres carnales, alejados todavía de la perfección de la ley nueva: para incitarlos a las obras virtuosas, el temor del castigo y ciertas promesas temporales han sido necesarias, incluso bajo la nueva alianza. En todo caso, aunque la ley antigua prescribía la caridad, no daba el Espíritu Santo, por el cual «la caridad es difundida en nuestros corazones» (Rm 5,5)» (Santo Tomás de Aquino).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

A Ti, sumo y eterno Sacerdote
de la nueva alianza,
se ofrecen nuestros votos y se elevan
los corazones en acción de gracias.

Tú eres el Ungido, Jesucristo,
el Sacerdote único;
tiene su fin en ti la ley antigua,
por ti la ley de gracia viene al mundo.

Al derramar tu sangre por nosotros,
tu amor complace al Padre;
siendo la hostia de tu sacrificio,
hijos de Dios y hermanos tú nos haces.

Para alcanzar la salvación eterna,
día a día ofreces
tu sacrificio, mientras, junto al Padre,
sin cesar por nosotros intercedes. 

A ti, Cristo pontífice, la gloria
por los siglos de los siglos;
tú que vives y reinas y te ofreces
al Padre en el amor del santo Espíritu. 

Amén.