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22 de febrero de 2026: DOMINGO I DE CUARESMA “A”


 

 El desierto, escenario de la tentación
y comienzo de la victoria de la Pascua

Gn 2,7-9;3,1-7: Creación y pecado de los primeros padres
Sal 50: Misericordia, Señor, hemos pecado
Rm 5,12-19: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia
Mt 4,1-11: Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado

I. LA PALABRA DE DIOS

El Génesis presenta al diablo –bajo la figura de la serpiente– como el poder personal, mentiroso, seductor y enemigo del hombre. El pecado comienza siempre con un engaño, con un falseamiento de la verdad.

«Todos pecaron». Al inicio mismo de la Cuaresma la Iglesia pone ante nuestros ojos este hecho triste y desgraciado. La historia de Adán y Eva es nuestra propia historia: la historia de un fracaso y de una frustración como consecuencia del pecado. Por el pecado entró en el mundo la muerte. En el fondo, todos los males provienen del pecado, del querer ser como dioses, del deseo de construir un mundo sin Dios, o al margen de Dios.

Por eso es necesaria nuestra conversión. Estamos tocados por el pecado, manchados, contaminados… No podemos seguir viviendo como hasta ahora. Se hace necesario un cambio radical de mente, de corazón y de obras. La conversión es necesaria. O convertirse o morir. Y eso, no sólo cada uno como individuo; también nuestras comunidades, nuestras parroquias, nuestras instituciones, la Iglesia entera, que han de ser continuamente reformadas para adaptarse al plan de Dios, para ser fieles al evangelio. «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». (Lc 13,5).

Las llamadas «tres tentaciones» –experiencia personal del Hijo de Dios que, en su humanidad, se vio sometido a «pruebas» (eso es la tentación)– son variantes del mismo ataque diabólico, tendente a hacer que Jesús se presentara como Mesías político o revolucionario y predicara el Evangelio con métodos «del mundo». No podemos saber, por el texto, si se trata de visiones corporales y tangibles, o de visiones imaginarias experimentadas en la psicología humana de Jesús.

«Si eres Hijo de Dios…». ¡Hasta en el Calvario se repetirá este estribillo tentador! Frente al camino fácil para atraer a las masas –lo espectacular, lo popular: «pan y circo»– Jesús se adhiere a la voluntad del Padre, que quiere ganar cada corazón humano por la conversión y renovación de vida.

Tener pan, tener poder, tener a Dios a mano para utilizarlo en nuestro beneficio; he aquí una trilogía de tentaciones con un solo vencedor: Jesucristo, porque eligió la libertad. El que busca «ser» antes que «tener», siempre es libre; el que quiere «tener» antes que «ser», casi nunca. Frente a toda tentación, que para presentarse al hombre se disfraza de verdad y bien, Cristo se presenta como la «Verdad», sin disfraces de ninguna clase. Así, la victoria sobre el pecado es segura.

La conversión es necesaria. Esta es la buena noticia que al comenzar la Cuaresma nos da la Iglesia, que quiere sacarnos de nuestros pecados, de la mentira, de la muerte. Pero además nos anuncia que, donde Adán fracasó, Cristo ha vencido (evangelio). También Él ha sido tentado, pero el pecado no ha podido con Él: Satanás y el pecado han sido derrotados. 

Más aún, la victoria de Cristo es también la nuestra (segunda lectura). La contraposición paulina ADAN-CRISTO dice que por la justificación Cristo nos da lo que nos quitó Adán con su pecado. Todo el magisterio de la Iglesia anterior y posterior al concilio de Trento, cita este pasaje para explicar el dogma del pecado original (verdadero pecado, que se transmite por generación a todos, y existe en cada hombre como propio; que acarrea consecuencias negativas para toda la humanidad, y para el individuo: perdida de la gracia, atracción hacia el mal, sometimiento a la muerte). Con todo, el núcleo del pensamiento de san Pablo no es el pecado introducido por Adán, sino la redención universal gracias a Cristo: solidaridad de todos los hombres entre sí y en Cristo, la humanidad recapitulada en Cristo para la vida, como lo está en Adán para la muerte.

La conversión es posible. El pecado ya no es irremediable. Cristo, al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado; de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba. No podemos seguir excusándonos diciendo que somos débiles y pecadores; es verdad, pero la gracia de Cristo es más fuerte que el pecado. Contamos con su gracia. El pecado ya no debe dominar en nosotros.

Entramos en la Cuaresma para luchar y para vencer; y no sólo nuestro pecado, sino también el de los demás; pero no con nuestras solas fuerzas, sino con la fuerza y las armas de Cristo.

El camino de Cristo hacia la Pascua comienza en el desierto. La Iglesia, siguiendo a su Señor, inicia en este tiempo el largo itinerario cuaresmal con una convicción que nos llena de ánimo: Cristo saldrá vencedor …y nosotros con Él.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Las tentaciones de Jesús
(538 — 540)

Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan. «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de Él «hasta el tiempo determinado».

Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación, Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto, Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo. Él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3, 27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

La victoria sobre el «príncipe de este mundo» (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido «echado abajo» (Jn 12, 31; Ap 12, 11).

Las tentaciones de Jesús manifiestan la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al Tentador a favor nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

«No nos dejes caer en la tentación»
(2846 — 2849)

En esta petición del Padrenuestro pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella: significa «no permitas entrar en«, «no nos dejes sucumbir a la tentación«. «Dios ni es tentado por el mal, ni tienta a nadie» (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.

El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (Lc 13, 1315; Hch 14, 22; 2 Tm 3, 12) en orden a una «virtud probada» (Rm 5, 35), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (St 1, 1415). También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gen 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

«No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón… Nadie puede servir a dos señores». «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu». El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No han sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que sean tentados sobre sus fuerzas. Antes bien, con la tentación les dará el modo de poderla resistir con éxito» (1 Co 10, 13).

Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre». El Espíritu Santo trata de despertamos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).

Formas de penitencia en la vida cristiana
(1438)

Los tiempos y los días de penitencia (el tiempo de Cuaresma, y cada viernes del año en memoria de la muerte del Señor) a lo largo del año litúrgico son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres… En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado» (Orígenes).

«El alma que hubiera de vencer su fortaleza (la del Tentador) no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad. Que por eso dice S. Pablo avisando a los fieles estas palabras: «Vístanse de las armas de Dios, para que puedan resistir contra las astucias del enemigo, porque esta lucha no es como contra la carne y sangre» entendiendo por sangre el mundo, y por las armas de Dios, la oración y cruz de Cristo, en que está la humildad y mortificación que habemos dicho» (San Juan de la Cruz).

«El Señor que ha borrado su pecado y perdonado sus faltas también les protege y les guarda contra las astucias del diablo que les combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no les sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. «Si Dios esta» con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (S. Ambrosio). 

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Oh Jesús, Origen de la salvación de los hombres,
Deleite de los corazones,
Creador del mundo redimido
y Luz purísima de quienes te aman.

¿Cómo será de grande tu clemencia
para sobrellevar nuestros crímenes,
y,
siendo inocente, padecer la muerte
para
librarnos a nosotros de ella?

Tu indulgencia te mueve
a reparar nuestros pecados
y a enriquecer con tu
luz dichosa

a quienes un día contemplaremos tu Rostro.

Sé Tú, Señor, la Guía y el Camino hacia el cielo,
la Meta para nuestros cora
zones,

el Júbilo de las lágrimas,
el dulce Premio de la Vida.

Amén.

13 de abril de 2025: DOMINGO DE RAMOS “C”


«Murió por nuestros pecados, según las Escrituras»

Lc 19,28-40 (Procesión): Bendito el que viene en nombre del Señor
Is 50,4-7: No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado
Sal 21,8-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Flp. 2,6-11: Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Lc 22,14-23,56: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

I. LA PALABRA DE DIOS

La lectura de la Pasión según san Lucas –que hemos de releer y meditar abundantemente en estos días– quiere llevarnos a mirar a Jesús, para aprender de Él a ser verdaderos discípulos. El relato comienza en la última Cena, como invitándonos a interpretar los dos acontecimientos en mutua referencia. San Lucas subraya el carácter sacrificial de la Cena: sacrificio expiatorio, sacrificio de la Nueva Alianza y sacrificio memorial de la Nueva Pascua. La traición de Judas, uno de los Doce, nos pone en guardia frente a nosotros mismos, que también podemos traicionar al Señor. Y lo mismo ocurre con la negación de Pedro, que desenmascara la tentación que aparece en cada corazón: no querer cuentas con un Maestro que se abaja hasta ese punto. Sin embargo, la mirada de Jesús, que se vuelve hacia él, alcanza su conversión, y las lágrimas de Pedro, pecador arrepentido, indican la manera como el discípulo debe participar en la pasión del Salvador.

San Lucas insiste más que ningún otro evangelista en la inocencia de Jesús, para sacar así la lección de que los discípulos no deben extrañarse de que sean arrastrados a los tribunales por su fidelidad a la voluntad de Dios. Más aún, siendo inocente, Jesús muere perdonando a sus asesinos y confiando en el Padre, en cuyas manos se abandona totalmente. También los cristianos deberán seguir este doble ejemplo, asociándose de cerca a la pasión de su Salvador.

Finalmente, san Lucas subraya la eficacia del sacrificio de Cristo: la cruz de Jesús transforma el mundo produciendo la conversión de los corazones y abriendo a los hombres el Paraíso. Junto al buen ladrón, cada uno de nosotros es invitado a considerar los sufrimientos de Jesús y a hacer examen de conciencia –«Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo»– para poder oír de labios del mismo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

II. LA FE DE LA IGLESIA

La subida a Jerusalén
y la entrada mesiánica
(557 – 562)

La entera vida de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación.

Los discípulos de Cristo deben asemejarse a Él hasta que Él crezca y se forme en ellos. Por eso somos integrados en los misterios de su vida: con él estamos identificados, muertos y resucitados hasta que reinemos con él.

En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su Padre». Como Rey-Mesías, entra en la ciudad montado sobre un asno, no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el “Santo” de la Misa para introducir al memorial de la Pascua del Señor: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡Sálvanos!)». Con la entrada en Jerusalén, Jesús manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

La muerte de Jesús,
designio divino de salvación
(599 – 605)

Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente (Is 53,7-8), la muerte redentora de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios. Pero esto no significa que los que entregaron a Jesús fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano. Dios, para quien todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad, establece su designio eterno de salvación incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia.

A fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa, que precede a todo mérito por nuestra parte, de enviar a su Hijo, en la condición de esclavo –la condición de la humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado–, para que se entregara a la muerte por los pecadores. Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21). Es decir, Jesús no conoció la reprobación, como si él mismo hubiese pecado, sino que, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió –desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado– hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción. La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

La ofrenda de Cristo
por nuestros pecados
(606 – 618)

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora. Su Pasión es la razón de ser de su Encarnación. Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, con su sufrimiento y su muerte, manifiesta cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la salvación de todos los hombres. Aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y por amor –hasta el extremo– a los hombres que el Padre quiere salvar.

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la Cena tomada con los Doce Apóstoles la víspera de su Pasión. En la última Cena Jesús anticipa, es decir, significa y realiza anticipadamente, la oblación libre de sí mismo al Padre, por la salvación de todos los hombres: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramadapara remisión de los pecados …haced esto en memoria mía». De este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la Eucaristía como «memorial» de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la nueva Alianza.

El cáliz de la Nueva Alianza, que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní, haciéndose obediente hasta la muerte. En el huerto de Getsemaní –a pesar del horror que suponía la muerte para la humanidad absolutamente santa de Aquél que es el autor de la vida– la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a la voluntad del Padre; acepta su muerte como redentora: para salvarnos, acepta llevar nuestros pecados en su cuerpo hasta la cruz.

El sacrificio de Cristo es ante todo un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual –que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres– y el sacrificio de la Nueva Alianza –que devuelve al hombre a la comunión con Dios–. Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo del Hijo de Dios –que nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida– es el que confiere su valor al sacrificio de Cristo –Cabeza de toda la humanidad– y reconcilia a la humanidad entera con el Padre, sustituyéndonos –reemplazando nuestra desobediencia con su obediencia– y satisfaciendo por nuestros pecados. Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios.

Nuestra participación
en el sacrificio de Cristo
(2028 – 2029; 618)

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Al llamar a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle, Jesús quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios.

Participación sacramental
(1227; 1362 — 1372)

Según el apóstol San Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo, es sepultado y resucita con él.

La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la cruz en favor de la humanidad. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de la institución: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros» y «Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre, que se derrama por vosotros». El sacrificio de la cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz, incruenta en la Eucaristía.

El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

Participación contemplativa
(2718 — 2719)

La contemplación es silencio. En este silencio, insoportable para el hombre «exterior», el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús. La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu (y no la «carne que es débil») hace vivir en la contemplación. Es necesario consentir en «velar una hora con él».

Participación en la muerte
(1005 — 1014)

Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre. «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Tm 2, 11).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando se hizo hombre recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán… lo recuperamos en Cristo Jesús» (S. Ireneo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Dichosa cruz que con tus brazos firmes,
en que estuvo colgado nuestro precio,
fuiste balanza para el cuerpo santo
que arrebató su presa a los infiernos.

Ella sostuvo el sacrosanto cuerpo
que, al ser herido por la lanza dura,
derramó sangre y agua en abundancia
para lavar con ellas nuestras culpas.

A ti, que eres la única esperanza,
te ensalzamos, oh cruz, y te rogamos
que acrecientes la gracia de los justos
y borres los delitos de los malos.

Amén.

6 de abril de 2025: DOMINGO V DE CUARESMA “C”


«Mujer, tampoco yo te condeno,
anda y no peques más»

Is 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo; daré de beber a mi pueblo
Sal 125, 1-6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres
Fl 3,8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte
Jn 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra

I. LA PALABRA DE DIOS

El pasaje evangélico de hoy se ha de examinar no sólo desde el caso concreto presentado por los acusadores, sino desde la oposición a Jesús y su mensaje cuestionado: pretendían «comprometerlo y poder acusarlo». Pero Jesús responde muy hábilmente. Se muestra fiel a la oferta de la misericordia y fiel a la Ley, que también viene del Padre.

El relato manifiesta toda la fuerza y la profundidad del perdón de Cristo, que no consiste en disimular el pecado, sino en perdonarlo y en dar la capacidad de emprender un camino nuevo exhortando al arrepentimiento: «Anda, y en adelante no peques más». La grandeza del perdón de Cristo se manifiesta en el impulso para vencer el pecado y vivir sin pecar.

Los acusadores de esta mujer desaparecen uno tras otro cuando Jesús les hace ver que son tan pecadores como ella. El reconocimiento del propio pecado es lo que nos hace radicalmente humildes. La presente Cuaresma quiere dejarnos más instalados en la verdadera humildad, la que brota de la conciencia de la propia miseria y no juzga ni desprecia a los demás.

Si el evangelio del domingo pasado nos revelaba el pecado como ruptura con el Padre, hoy nos lo presenta como infidelidad al Esposo. La mujer adúltera somos cada uno de nosotros que, en lugar de ser fieles al amor de Cristo, le hemos fallado en multitud de ocasiones. Ahí radica la gravedad de nuestros pecados: el amor de Cristo traicionado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Sólo Dios puede perdonar pecados
(587 – 589, 594)

Jesús realizó obras, como el perdón de los pecados, que lo revelaron como Dios Salvador. Algunos judíos, que no le reconocían como Dios hecho hombre, veían en Él a un hombre que se hace Dios, y lo juzgaron como un blasfemo.

Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”. Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema –porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios– o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios.

La misericordia de Dios
y la confesión de los pecados
(1846 – 1848)

El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores. “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos: «no tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia”.

La conversión exige el reconocimiento del pecado. Como afirma san Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor”. Es una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención.

Sacramento de la penitencia
y de la reconciliación
(1440 – 1446, 1449, 1484)

El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia.

Sólo Dios perdona los pecados. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2,5; Lc 7,48).

En virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf. Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre. Confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18).

Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

La fórmula de absolución expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión. Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: “Hijo, tus pecados están perdonados”; es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna.

Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama «sigilo sacramental», porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda «sellado» por el sacramento.

Los dones del sacramento
(1468 — 1470, 1496)

Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son: la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia; la reconciliación con la Iglesia; la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales; la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado; la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual; y el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.

En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Los hombros traigo cargados
de graves culpas, mi Dios:
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Yo soy quien ha de llorar,
por ser acto de flaqueza;
que no hay en naturaleza
más flaqueza que el pecar.

Y, pues andamos trocados,
que yo peco y lloráis vos,
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Vos sois quien cargar se puede
estas mis culpas mortales,
que la menor destas tales
a cualquier peso excede;

y, pues que son tan pesados
aquestos yerros, mi Dios,
dadme esas lágrimas vos
y tomad estos pecados.

Amén.