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12 de febrero de 2023: DOMINGO VI ORDINARIO “A”


«Los mandamientos, expresión de amor y senda de libertad»

Eclo 15,15-20: «A nadie obligó a ser impío»
Sal 118: «Dichoso el que camina en la ley del Señor»
1Co 2,6-10:  «Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria»

Mt 5,17-37:  «Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo»

I. LA PALABRA DE DIOS

El hombre es libre; los ojos de Dios ven las acciones y conoce todas las obras del hombre, respeta la libertad del hombre, pero «a nadie dio permiso para pecar».

Los Mandamientos son la manifestación del amor de Dios, que señala a sus hijos lo bueno y lo malo, para que nadie elija la muerte sino la vida. Jesucristo los ha cumplido y llevado a plenitud y les ha dado una nueva perfección.

Algunos cristianos ven el Decálogo como retrógrado y represivo. Es que no han entendido la ley cristiana; porque cuando se la entiende, se la descubre como lo que verdaderamente es: fuente de libertad.

La Ley antigua y la Ley nueva no son dos realidades contrarias. Jesús conserva lo esencial de la tradición judía, pero le aporta un sello nuevo, original, superior: la Ley de Dios se cumple desde dentro, con espíritu y corazón nuevos. Para los judíos, la Ley era la personificación de la sabiduría divina; Jesús no es sólo el legislador de la nueva Ley: el mismo es la Ley; por eso Jesús es el punto de unión del Antiguo y del Nuevo testamento.

La expresión «pero yo os digo» muestra la enorme audacia de Jesús, consciente de su realidad divina que, pareciendo un mero aldeano de Nazaret, al explicar y definir la voluntad de Dios, se pone al mismo nivel de Dios: promulgando la nueva Ley con su propia autoridad, y no sólo transmitiendo disposiciones ajenas, como hizo Moisés.

La ley es tan necesaria como la caridad, y ambas deben ir unidas; quedarse en la ley es fariseismo; y despreciar la ley en nombre de una moral de la caridad es desconocer al ser humano: unidad de materia y espíritu.

El discípulo de Cristo encuentra el equilibrio justo entre  ley y libertad en la «sabiduría que no es de este mundo», sino que «es divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria», que «Dios nos ha revelado por el Espíritu».

Nuestra época, agnóstica y laicista, subjetivista y sometida a la dictadura del relativismo, prescinde de los mandamientos y ha borrado la frontera entre el bien y el mal, haciéndola depender de lo que el hombre arbitrariamente decide.

El Decálogo es un don divino que manifiesta el amor de Dios y traza el camino de la libertad, del bien y de la felicidad.

La nueva historia se ha construir sobre la verdad, la que hace al hombre libre con la libertad con la que Cristo nos ha liberado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los Mandamientos, revelación de Dios
y signos de la Alianza con el pueblo
(2056 — 2062)

La palabra «Decálogo» significa literalmente «diez palabras». Estas «diez palabras» Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria. El don de los Mandamientos es don de Dios y de su santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo. 

El don de los mandamientos de la ley forma parte de la Alianza sellada por Dios con los suyos. Los mandamientos reciben su plena significación en el interior de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere todo su sentido en y por la Alianza. La primera de las «diez palabras» recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo.

Los Mandamientos expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación al plan que Dios realiza en la historia. 

Las «diez palabras» resumen y proclaman la ley de Dios. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente, pero es en la nueva Alianza en Jesucristo donde será revelado su pleno sentido.

El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

El Decálogo en la Tradición de la Iglesia
(2064 — 2068)

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde S. Agustín, los «diez mandamientos» ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo quince se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los «diez mandamientos».

El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos. Y el Concilio Vaticano II lo afirma: «Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor (…) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación».

Conciencia personal y ley moral
(2032 — 2040)

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, curan la razón humana herida.

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15), recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

La conciencia de cada uno en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo… Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros» (S. Ireneo).

«Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas…, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón;
el que, sin cometer iniquidad,
anda por sus senderos. 

Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas;
entonces no sentiré vergüenza
al mirar tus mandatos. 

Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus leyes exactamente,
tú, no me abandones.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

5 de febrero de 2023: DOMINGO V ORDINARIO “A”


«A todos ha de llegar la luz de Cristo,
para que todos den gloria al Padre»

Is 58,7-10: «Surgirá tu luz como la aurora»
Sal 111: «El justo brilla en las tinieblas como una luz»
1Co 2,1-5: «Os anuncié el misterio de Cristo crucificado»
Mt 5,13-16: «Vosotros sois la luz del mundo»

I. LA PALABRA DE DIOS

El camino de los hombres para encontrarse con Dios y glorificarlo es el de las obras buenas de los discípulos de Jesús. Las obras buenas de los cristianos hacen descubrir a Dios como «amor». Los discípulos de Jesús son para sus hermanos los hombres «sal y luz» cuando, mediante las buenas obras y renunciando a si mismos, hacen visible y comunican el amor de Jesucristo. El discípulo de Jesús «ha de ser vela encendida, que a todos resplandece y sólo para sí arde: a sí se gasta y a los demás alumbra» (Francisco de Quevedo).

Esas buenas obras son: «parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo»… Con ellas «romperá tu luz como la aurora, y detrás irá la gloria del Señor».

Ser luz y sal es saber que nadie hay inútil, si sabe poner lo que tiene a disposición de todos. Si te dejas iluminar por Cristo serás cristiano. Si por ti llega a otros su luz, serás testigo.

«Para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre». Glorificar a Dios es reconocerlo como el Dios verdadero, que actúa en quienes viven según el espíritu de las bienaventuranzas. La gloria, el resplandor que reviste cualquier intervención divina entre los hombres, es signo de su presencia activa en los cristianos, y provoca en los no creyentes de buena voluntad admiración y reconocimiento de la santidad divina. «Los buenos, entre los malos, con su vida y obras predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar» (San Francisco Javier).

San Pablo sufrió mucho y pasó una gran aflicción por la Iglesia de Corinto. Se presentó ante ellos «débil y temblando de miedo», «nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado»  (2.a Lect.). La cruz es la gran obra del amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La luz del mundo significada en el Bautismo
(1243)

Por Cristo, con Él y en Él, los bautizados son «la luz del mundo». La vestidura blanca simboliza que el recién bautizado se ha «revestido de Cristo»; que ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual significa que Cristo ha iluminado con su Luz al nuevo cristiano. 

El nuevo Pueblo de Dios,
sal de la tierra y luz del mundo
(782)

Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí sino haciendo de ellos un pueblo para que le conocieran de verdad y le sirvieran con una vida santa. La misión del Pueblo de Dios es ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.

La fidelidad de los bautizados,
 fundamento de la evangelización
 (2044  2046)

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son en si mismo eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles. 

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras

El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad. Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación.

Los discípulos de Cristo se han «revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad». Desechando la mentira, deben rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias.

El martirio, testimonio supremo de la verdad
 (2472  2474)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»  (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

Mártir significa «testigo«. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Déjenme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las Actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

En el Bautismo, «por la comunión con Él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios  Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (San Basilio).

«Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por El, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén» (S. Policarpo, mártir).

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca… (S. Ignacio de Antioquía, mártir).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón…

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí. Amén.

DOMINGO X ORDINARIO “A”


«Marginados o pecadores, todos tenemos sitio junto a Jesucristo»

Os 6,3b-6: «Quiero misericordia y no sacrificio»
Sal 49: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios»
Rm 4,18-15: «Se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios»
Mt 9,9-13: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores»

I. LA PALABRA DE DIOS

A Dios no le agrada un acto meramente de culto si no se da un verdadero acercamiento a Él por el amor. «Quiero misericordia y no sacrificio; conocimiento de Dios más que holocaustos».

«Sígueme». Una vez más la voz de Jesús resuena nítida y poderosa. Una vez más Él se adelanta, toma la iniciativa. Y una vez más levanta al hombre de su postración. Mateo estaba «sentado al mostrador de sus impuestos»; pero estaba sobre todo hundido en su codicia, en su afán de poseer. «Él se levantó y lo siguió». Remite a otras escenas evangélicas; por ejemplo, la resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Levantar a Mateo de la postración y de la corrupción de su pecado no es menor milagro que hacer salir a Lázaro de la tumba cuando ya olía mal.

«Muchos publicanos y pecadores… se sentaban con Jesús». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para eso, para compartir la mesa de los pecadores. No rechaza a nadie, no se escandaliza de nada. Sabe que todo hombre está enfermo, y ha venido precisamente como médico, para buscar a los pecadores, para sanar la enfermedad peor y más terrible: el pecado que gangrena y destruye en su raíz la vida y la felicidad de los hombres.

«Misericordia quiero». Una vez más, Jesús tiene que enfrentarse con la dureza de corazón de los fariseos. En cambio Mateo, pecador público, ha experimentado la misericordia de Jesús, su amor gratuito; y por eso se convierte en instrumento de ese amor y de esa misericordia para muchos otros. Lo que él ha recibido gratis lo ofrece –también gratuitamente– a los demás. La conversión de Mateo es ocasión de conversión para muchos otros y Jesucristo confirma la misma llamada a la conversión y a la misericordia. Busca a los marginados, «publicanos y pecadores», come con ellos, invita a algunos a seguirle para incorporarlos al grupo de los íntimos, con el consiguiente escándalo de los que se tenían por justos. Los defiende y proclama:  «no he venido a llamar a justos sino a pecadores«.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El respeto a la persona
deriva de su dignidad
(1930-1938)

Creados a imagen del Dios único, dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad.

La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella: «Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión». (GS 29,2).

El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos.

El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: «que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como ‘otro yo’, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente» (GS 27,1).

El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25,40).

Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.

Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el evangelio: «La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional» (GS 29,3).

La solidaridad,
exigencia de la fraternidad
(1939-1942)

El principio de solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana: Un error, «hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora» (Pío XII).

La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: «Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura» (Mt 6,33):

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano» (Pío XII).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.