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INDULGENCIA PLENARIA 
POR EL CORONAVIRUS


INDULGENCIA PLENARIA POR LA PANDEMIA

El Santo Padre ha concedido indulgencia Plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), en cuanto sea posible su cumplimiento, a los fieles que, con espíritu desprendido de cualquier pecado, se encuentren en las siguientes situaciones:

  1. Fieles enfermos de Coronavirus, sujetos a cuarentena por orden de la autoridad sanitaria en los hospitales o en sus propias casas: 
    • Obra prescrita: unirse espiritualmente a través de los medios de comunicación a la celebración de la Santa Misa, al rezo del Santo Rosario, a la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos rezan el Credo, el Padrenuestro y una piadosa invocación a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba con espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales, apenas les sea posible.
  1. Fieles Agentes sanitarios, familiares y todos aquellos que cuidan de los enfermos de Coronavirus, 
    • Obra prescrita: atender a los enfermos, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio.
  1. Fieles en general:
    • Obra prescrita: ofrecer la visita al Santísimo Sacramento, o la Adoración Eucarística, o la lectura de la Sagrada Escritura durante al menos media hora, o el rezo del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o el rezo de la corona de la Divina Misericordia, para implorar a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio de los afligidos y la salvación eterna de los que el Señor ha llamado a sí.
  1. Fieles en peligro de muerte que estén imposibilitados de recibir el sacramento de la Unción de los enfermos y el Viático, se les concede Indulgencia plenaria en punto de muerte siempre que estén debidamente dispuestos: 
    • Obra prescrita: que hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas). Para obtener esta indulgencia se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz.

 

¿Qué son las indulgencias?

La indulgencia es la remisión de la pena temporal de los pecados ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel, dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia; la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo, de la Virgen y de los santos. Se pueden aplicar por uno mismo o por los difuntos como sufragio, nunca por otra persona aún viva. La indulgencia puede ser parcial o plenaria, según que libere en parte o en todo de la pena temporal debida por los pecados.

 

¿Cuáles son los requisitos para las indulgencias?

Para ganar cualquier indul­gencia es necesario:

  1. estar bautizado, y no excomulgado. 
  2. estar en gra­cia de Dios, por lo menos al final de las obras prescritas.
  3. tener intención, al me­nos general, de ganarlas. 
  4. y cumplir las obras prescritas en el tiempo y en la forma debida.

Para ganar la indulgencia plenaria, además de lo anterior y de la exclusión de todo afecto de pecado, incluso venial, se necesita el cumplimiento de tres condiciones, que son: 

  1. la confesión sacramental, 
  2. la comunión euca­rística 
  3. y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice.

La indulgencia plenaria sólo puede ganarse una vez al día. Sin embargo, el fiel cristiano podrá alcanzar indul­gencia plenaria in articulo mortis, aunque el mismo día haya ganado ya otra indulgencia plenaria. 

Con una sola confesión pueden ganarse varias indulgencias plenarias. Las condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita: pero conviene que la comunión y la oración por las in­tenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se cumple la obra prescrita. La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple si se reza a su intención un solo padrenuestro y avemaría, pero se concede a cada fiel la fa­cultad de rezar cualquier otra fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

 

Imposibilidad física o moral de confesar

En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar.

La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios.

Debe recordarse, en estas difíciles circunstancias que, cuando un fiel cristiano se encuentre en la dolorosa imposibilidad de confesar sacramentalmente, la contrición perfecta —el dolor del alma y detestación del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar, que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas— perdona las faltas veniales y obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental (Cfr. núm. 1451-1452 Catecismo de la Iglesia Católica).

 

Pecado, culpa y penas

Para entender las indulgencias es preciso creer en la existencia del Purgatorio. y no podremos entender la doctrina sobre el Purgatorio si no somos conscientes de los daños que causa el pecado y del misterio del perdón misericordioso de Dios. 

Pecado es toda desobediencia voluntaria a la Ley de Dios. Es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. La Ley de Dios la puede conocer todo el mundo por la voz de la conciencia recta, por la que la persona humana reconoce si un acto concreto es bueno o malo, y además, los creyentes, por los Diez Mandamientos. La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre, en su libre voluntad, que se alza contra Dios. El pecado rompe la comunión con Dios y con la Iglesia.

Todo pecado tiene una doble dimensión: es ofensa a Dios (culpa) y tiene consecuencias negativas para el mismo pecador —lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana— (penas). 

En primer lugar, si la ofensa es grave, y es cometida libremente (sabiéndolo y queriendo), el pecado es mortal —porque nos priva de la vida de la gracia— y comporta la ruptura de la comunión con Dios y, por consiguiente, la autoexclusión de la participación en la vida eterna (una verdadera autocondenación), que es lo que llamamos «pena eterna«. 

En segundo lugar, todo pecado, incluso venial (cuando la ofensa es leve, o falta el conocimiento o el consentimiento plenos), entraña apego desordenado a las criaturas, que es necesario purificar. Es lo que se llama «pena temporal«. Estas «penas», no son, ni mucho menos, una especie de venganza o castigo de Dios, sino que son los daños causados por el mismo pecador (a si mismo, a los demás, a la Iglesia, a la naturaleza, etc.), que necesitan de reparación y purificación.

Perdón, reparación y purificación

El perdón de los pecados —garantizado en el sacramento de la Reconciliación— entraña el perdón de la culpa —es decir, el restablecimiento de la comunión con Dios, de la vida de gracia— y la remisión de la pena eterna de los pecado mortales, que verdaderamente quedan cancelados. Pero las penas temporales —las huellas negativas que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos— permanecen, al menos en parte: desórdenes, apegos, malos deseos e inclinaciones, heridas y cicatrices del alma que tienen necesidad de sanación, reparación y purificación, ya sea durante nuestra vida en la tierra, ya sea después de la muerte. 

El hombre herido por el pecado necesita ser progresivamente «sanado» de las consecuencias negativas que el pecado ha dejado en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado). 

A primera vista, hablar de penas después de recibir el perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. Así, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (…) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Cf. Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (Cf. 2S 12,13), pero no elimina el castigo anunciado (Cf. 2S 12,11; 16,21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (Cf. Hb 12,4-11). 

En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura y docilidad a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción» (la penitencia impuesta) que requiere el sacramento de la penitencia.

Mientras estamos en este mundo, la misericordia de Dios nos ofrece tres caminos o modos de expiar las penas temporales merecidas por los pecados: 1º.- por la penitencia sacramental (la «satisfacción» impuesta en la confesión); 2º.- mediante las distintas prácticas penitenciales voluntarias (ayunos y otras privaciones, limosnas y obras de misericordia y caridad, oración, soportar pacientemente las contrariedades, sufrimientos y pruebas de la vida y, finalmente, afrontando serenamente la muerte); 3º.- por el recurso a la comunión de los santos en las indulgencias. 

Después de la muerte, Dios misericordioso nos concede la gracia de ser purificados en el Purgatorio.

El Purgatorio

El Purgatorio es la última y definitiva oportunidad de purificación que concede Dios misericordioso, para poder entrar en el cielo, a las almas que lo necesitan. Nuestra fe nos dice que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, necesitan una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos.

Dios es tan puro y santo que al alma que se presentase ante Él estando aún ligada a los deseos y las penas derivadas del pecado, se le haría imposible disfrutar de la visión beatífica de Dios. Puede servir de ejemplo lo que sucede cuando pasamos bruscamente de la obscuridad total a la luz del sol, nuestros ojos se cierran instintivamente, y nos provocaría un verdadero dolor abrirlos de golpe, porque necesitamos un tiempo de acomodación a la luz. Así, las almas de los difuntos necesitan de un «tiempo» de purificación, el Purgatorio (purificatorio), fruto de la misericordia de Dios, donde somos limpiados y liberados de todo resto de pecado para así poder contemplar gozosamente el rostro infinitamente luminoso y santo de Dios. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama. Los santos, partiendo de la propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos en contraste con el infinito amor de Dios, hablan de un camino de purificación del alma hacía la comunión plena con Dios, un sufrimiento purificador y expiatorio, como un fuego abrasador. Para salvarse es necesario atravesar este «fuego» en primera persona y así llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno. El Purgatorio es el «lugar» de la purificación de las almas, pero no un lugar como si fuera un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra, no es un fuego exterior, sino interior. Este fuego interior que purifica, es el fuego interior del Purgatorio. El alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia y santidad de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de modo correcto y perfecto a ese amor, y por ello, el mismo amor a Dios se convierte en llama interior de amor que purifica de las escorias de sus pecados. En este estado, mediante purificaciones y curaciones, el alma madura para la comunión con Dios.

¿Es realmente eficaz la oración por los difuntos? ¿Podemos ayudarles a entrar en el cielo?

La pregunta es legítima: si el Purgatorio es ser purificado mediante el fuego en el encuentro personal con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más que sea cercana a la otra? ¿No es suficiente lo que Cristo ha hecho ya por nosotros para salvarnos?

San Juan Pablo II nos dio la respuesta: Cristo, con su amor sobreabundante, nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: «Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (1,24). Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana.

Debemos caer en la cuenta de que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil.

Un elemento importante del concepto cristiano de esperanza es que nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza para mí también. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio— mediante la oración, las limosnas, las indulgencias en su favor, los sacrificios y obras de penitencia, y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues,  en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

15 de marzo de 2020: DOMINGO III DE CUARESMA “A”


 

«Rescatados por el agua del bautismo, estamos llamados
a beber del agua que salta hasta la vida eterna»

Ex 17,3-7: Danos agua para beber
Sal 94, 1-9: Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: «no endurezcan su corazón»
Rm 5,1-2.5-8: Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo

Jn 4,5-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

 

I. LA PALABRA DE DIOS

«Jesús, fatigado del camino». El evangelista san Juan sabe unir los extremos: la «gloria» de Jesús y el realismo de su «carne»: la fatiga, la sed, las lágrimas, la preocupación, la turbación, la amistad humana. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, pero su vida humana no fue cómoda; la pobreza y las dificultades materiales lo acompañaron durante largas jornadas agotadoras.

«Dame de beber». Con sorpresa de los discípulos —y de ella misma (hablar con una mujer era una de las seis cosas que tenían prohibidas los discípulos de los rabinos)—, Cristo inicia el diálogo con la samaritana. Él toma la iniciativa. No tiene inconveniente en mendigar de ella un poco de agua para entrar en diálogo. Dios tiene sed de dar. Cristo desea ardientemente establecer este diálogo con cada uno de nosotros. El pecado rompe este diálogo. El pecado no consiste ante todo en hacer el mal, sino en romper este diálogo, dejar que se enfríe esta amistad. Por eso, el primer fruto de la Cuaresma debe ser un diálogo renovado con Cristo, una oración más viva, más consciente y personal, más abundante; un diálogo que impregne toda nuestra vida.

«Si conocieras el don de Dios…» Como en otro momento le ocurrió a Nicodemo, la samaritana se queda en la superficie de lo que oye. El verdadero pecado de la Samaritana, del que brota su vida moral desquiciada, es no conocer a Jesús. Conocer al Señor es el primer paso de la conversión. Jesús va conduciendo el diálogo con esta mujer pecadora, suscitando en ella el atractivo por lo bello, por lo grande, por lo eterno. El que ha empezado pidiendo, se revela en seguida como el que ofrece y es capaz de dar lo infinito, lo divino, «el don de Dios»: el don de la verdad. Todo el relato está orientado hacia la revelación de la identidad de Jesús. Poco a poco se va dando a conocer a ella, para que al final termine aceptándole como «el Salvador del mundo». El diálogo con Cristo –también para nosotros– es siempre un diálogo de salvación, un diálogo que nos dignifica y nos hace descubrir el sentido de nuestra vida, los horizontes sin fin de una vocación eterna.

«Agua viva». La que brota fresca y corre limpia, en oposición al agua estancada. Conocer a Jesús es beber agua que fluye como manantial perenne y comunica vida eterna. A partir de la glorificación de Jesús, ese conocimiento se da en la Iglesia gracias a la acción del Espíritu Santo, que nos acerca la revelación.

«Adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Mucho más que espiritualmente (en oposición a un culto meramente exterior) y que verdaderamente (con autenticidad). La adoración al Padre es suscitada en el creyente por el Espíritu de Dios, que lo hace orar «injertado» en el Hijo, en Jesús (que es la verdad). El culto cristiano (interno y externo) querido por Dios, nace cuando se acepta la revelación de Cristo y se siguen las mociones del Espíritu del Padre y del Hijo.

«Yo soy, el que te está hablando». Es la cima del relato; Jesús se revela, se da a conocer: «Yo soy». Así se revela Yahveh en el AT (cf. Ex 3,14); al hacer suyo el nombre divino, Jesús se coloca en el nivel de Dios, expresando su ser eterno. 

«En aquel pueblo, muchos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer». El que nota que Cristo ha entrado en su vida y experimenta el gozo de su salvación, hace que continúe para otros este diálogo de salvación. Es lo que hace la samaritana: «Venid a ver… me ha dicho todo lo que he hecho…» Su testimonio suscita en otros el atractivo por Cristo y hace que entren en la órbita de Cristo. De esa manera acaban también ellos experimentando la salvación: «Ya no creemos por lo que tú dices, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos…» ¿Será tan difícil que cada uno de nosotros dé testimonio de lo que Cristo hace en su vida?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El agua, símbolo del Espíritu Santo
(694)

El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero «bautizados en un solo Espíritu», también «hemos bebido de un solo Espíritu»: el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna. 

El agua en la economía de la salvación
(1217 — 1222)

En la liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del Bautismo. Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios «se cernía» sobre ella. La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo, el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo. Sobre todo el paso del mar Rojo, verdadera liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por el bautismo. Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.

Dar a Dios culto en espíritu y en verdad
(1179)

El culto «en espíritu y en verdad» de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual». El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, «somos el templo de Dios vivo».

Fuentes de la oración
(2652 — 2660)

El Espíritu Santo es el «agua viva» que, en el corazón orante, «brota para vida eterna». Él es quien nos enseña a recogerla de la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.

* La Palabra de Dios 

La Iglesia recomienda insistentemente a todos sus fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues «a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras» (San Ambrosio).

Los Padres espirituales resumen así las disposiciones de un corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: «Busca leyendo, y encontraras meditando; llama orando, y te abrirán contemplando» (Guido el Cartujano).

* La Liturgia de la Iglesia 

La misión de Cristo y del Espíritu Santo, que en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive «en lo secreto», siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Santísima Trinidad.

* Las virtudes teologales 

Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.

El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: «En el Señor puse toda mi esperanza, Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor» (Sal 40, 2). «El Dios de la esperanza les colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13).

«La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración.

* «Hoy»

Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11.34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: «¡ojalá oigan hoy su voz!: no endurezcan su corazón» (Sal 94,7.8).

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los «pequeños», a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino (cf. Lc 13, 20 21).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Jesús pide de beber y promete dar de beber; necesita como si hubiera de recibir, y mana como si hubiera de saciar. «Si conocieras, dice, el don de Dios».  Este don de Dios es el Espíritu Santo, pero todavía está oculto a la mujer y poco a poco va entrando en su corazón.  Quizás ya lo está presagiando. ¿Hay algo más suave y bello que estas palabras: Si conocieras…? Agua viva es la que corre de una fuente…. es la que había allí, ¿cómo, pues, promete lo que pide?» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te amo, Dios mío,
y mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, Dios mío infinitamente amable
y prefiero morir amándote
a vivir sin amarte.

Te amo, Señor,
la única gracia que te pido
es amarte eternamente… 

Dios mío, si mi lengua no puede decir
en todos los momentos que te amo,
quiero que mi corazón te lo repita
cada vez que respiro
.
 

(S. Juan María Vianney).

26 de enero de 2020: DOMINGO III ORDINARIO “A”


«Convertíos para ser libres»

Is 9,1-14: En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande
Sal 26, 1-14: El Señor es mi luz y mi salvación
1Co 1,10-13.17: Pónganse de acuerdo y no anden divididos
Mt 4,12-23: Fue a Cafarnaún para que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jesucristo se cumple el anuncio de Isaías: Él es la luz que ilumina las tinieblas y libera a los que habitan en sombras de muerte.
Jesús, en la «Galilea de los gentiles», llama a los pecadores y los incorpora a su intimidad y a su misión, que es iluminar y liberar, proclamando el Evangelio del Reino. Enseñando y curando las enfermedades, Jesucristo realiza su misión iluminadora y liberadora. 
«Convertíos» Jesús usa las mismas palabras que Juan el Bautista; la diferencia está en que Juan anunciaba el reino de Dios pensando en el juicio divino sobre el mundo, mientras que Jesús lo proclamaba, especialmente, con la oferta de la misericordia y el perdón del Padre, a quien quisiera acogerlo. Solamente exige una condición: «convertíos».
El primer mandamiento decía: «no vayan detrás de otros dioses» (Dt 6,14); Jesús dice: «Venid en pos de mí», y lo hace para vincularlos, no precisamente a una nueva escuela al estilo de los rabinos, sino a su persona, a la comunidad de vida con Él.
«Pescadores de hombres» … «echando el copo en el lago». «Congregadores» de hombres, para ofrecerles la salvación definitiva; «reparando las redes», este verbo griego se usa en las cartas del NT para una tarea propia de los «pescadores de hombres»: «rehacer la armonía» entre los creyentes en Jesús.
«Enseñando…, predicando… y curando». San Mateo resume así la actividad de Jesús: discursos y milagros, «obras y palabras»; es la misma tarea que encomendará a los suyos. 
«Les conjuro por el nombre de nuestro Señor Jesucristo… que no haya entre ustedes divisiones». San Pablo arremete con todas sus energías contra las divisiones en la Iglesia. Evitar las divisiones no es algo simplemente «deseable». Si la Iglesia es una, y la unidad es una nota tan esencial como la santidad, cualquier división –por pequeña que parezca– desfigura el rostro de la Iglesia, destruye la Iglesia. La unidad dentro de la Iglesia es un don y una tarea, gracia de Dios que hemos de pedir, y respuesta nuestra a esa gracia; la razón última de esa unidad es Cristo, que no está dividido.
«¡Conviértanse!«, predica también el apóstol san Pablo, para evitar las divisiones y las discordias; para unirse en un mismo pensar y sentir; para abrazarse con la cruz y predicar la Buena Noticia de la salvación que por ella nos vino.
«Yo soy de Pablo, yo de Apolo…» Todas las divisiones nacen de una consideración puramente humana, mundana. Mientras nos quedemos en los hombres estaremos echando todo a perder. Los hombres somos sólo colaboradores subordinados, siervos inútiles: «yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el crecimiento» (1 Cor 3,6). Quedarse en los hombres es una idolatría, y todo afán de protagonismo es una forma de robar la gloria que sólo a Dios corresponde. Por eso San Pablo responde con absoluta contundencia: « ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O han sido bautizados en el nombre de Pablo?» Es como decir: No hay más salvador que Cristo Jesús. El colaborador debe permanecer en su lugar. Lo demás es mentir y desfigurar la realidad.
«¿Está dividido Cristo?» Puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12), toda división en la Iglesia es en realidad desgarrar al mismo Cristo. La falta de unidad en nuestros criterios, en nuestras actuaciones, en nuestras relaciones… tiene el efecto horrible de presentar un Cristo en pedazos. En consecuencia, se hace imposible que la gente crea. 
Por eso San Pablo se muestra tan intransigente en este punto y apela a la necesidad absoluta de estar todos «unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir». Lo cual viene a significar no pensar ni actuar desde un punto de vista humano, sino siempre y en todo desde la fe, que es la que da realmente consistencia y unidad: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu… Un sólo cuerpo y un sólo Espíritu… Un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre de todos» (Ef 4,3-6).
Convertíos de corazón a Jesucristo. Él es la base de nuestra libertad. Hay que predicarlo en un mundo desunido por falta de amor. Trabajar por la conversión de todos al amor es construir hoy el Reino de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús llama a la conversión
(1427, 1428)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. 
Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito», atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

La conversión es el camino
para la liberación
(1989 — 1993)

La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación. Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.
La justificación arranca al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón, reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana.
La justificación establece la colaboración entre la Gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia: Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esta inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él.

Libertad y responsabilidad:
(1731 — 1734; 1742)

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.
En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a «la esclavitud del pecado» (cf Rm 6, 17).
La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos. 
La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

La libertad es una exigencia inseparable
de la dignidad de la persona humana.
(1738)

La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que asciende no deja nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (San Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dios omnipotente y misericordioso,
aparta de nosotros todos los males,
para que, bien dispuesto
nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
podamos libremente cumplir tu voluntad.
Amén.