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1º de enero, SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


«Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron»

 
Nm 6,22-27: «Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré»
Sal 66: «El Señor tenga piedad y nos bendiga»
Ga 4,4-7: «Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer»
Lc 2,16-21: «Encontraron a María y a José y al Niño. A los ocho días le pusieron por nombre Jesús»

I. LA PALABRA DE DIOS

La historia del hombre ha sido bendecida por Dios, por eso el creyente mira al mañana con esperanza. Su fundamento son las promesas de Dios. Y estas promesas tienen rostro y nombre: Abraham, Moisés… Jesús. Cristo Jesús hace que llegue la benevolencia y bendición divina a todos los pueblos de la tierra año tras año, hasta el fin del mundo.

«El Señor te bendiga y te proteja». La primera lectura hace alusión a la circunstancia del inicio del año civil. Sólo podemos comenzar adecuadamente un nuevo año de nuestra vida y de la historia del mundo implorando la bendición de Dios. Apoyados en esta bendición podemos mirar el futuro con esperanza. Solamente sostenidos por ella podremos afrontar las luchas y dificultades de cada día.

«Nacido de una mujer». El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristianas. Por toda la eternidad Jesús será el nacido de mujer, el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

«Encontraron a María y a José y al niño». No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha «bendecido» especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la «bendición» ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

«María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». Además de presentar a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior, el evangelista san Lucas parece querer aludir a su principal fuente de información directa o indirecta (quizá a través de Juan), de estos relatos acerca de la infancia de Jesús.

«Circuncidaron al niño». La Circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel en el que participará a lo largo de toda su vida. Un misterio (junto con el de su Presentación en el Templo y la Purificación de María) que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gal 4,5), a los perdidos por la desobediencia (cf Rm 5,19).

«Y le pusieron el nombre de Jesús». En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un niño aldeano; Dios, cuyo nombre es oculto (Gn 32,30; Ex 3,14), tiene ya nombre de verdadera criatura humana.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
(466)

La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la Persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.

María, Madre de Dios
(495, 503, 508)

De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, llena de gracia, es el fruto excelente de la redención; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

María, llamada en los Evangelios la «Madre de Jesús», es aclamada por su prima Isabel, bajo el impulso del Espíritu, como «la Madre de mi Señor», desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo Eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) porque es la Madre de Jesús, y Jesús además de ser verdadero hombre es también verdadero Dios.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre. Consubstancial con el Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas divina y humana.

María, Virgen y Madre
(506, 507, 510, 721)

María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre (S. Agustín): Ella, con todo su ser, es «la esclava del Señor» (Lc 1, 38).

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe, no adulterada por duda alguna, y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo. 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. 

María en el año litúrgico
(1171, 1172)

Las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

En la celebración de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser.

El culto a la Santísima Virgen María
(971, 975)

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial (culto de hiperdulía). Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Vino Nuestro Señor Jesucristo a liberarnos de nuestras dolencias, no a cargar con ellas; no a rendirse a los vicios sino a remediarlos… y por eso convenía que naciese de manera nueva quien traía la gracia nueva de la santidad inmaculada… Convino que la virtud del Hijo velase por la virginidad de la Madre y que tan grato claustro del pudor y morada de santidad fuera guardada por la gracia del Espíritu Santo» (San León Magno).

«Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!» (liturgia de S. Juan Crisóstomo, tropario «O monoghenis»).

«Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo» (S. Agustín).

«Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor, más aún, es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
ante bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Amén.

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).

MISAS POR LOS DIFUNTOS   ¿SIRVEN PARA ALGO?


Misas, oraciones y sacrificios 
ofrecidos en sufragio por los difuntos

Para entender esta práctica tradicional de los sufragios ofrecidos por los difuntos es preciso creer en la existencia del Purgatorio. Pero no podremos entender la doctrina sobre el Purgatorio si no somos conscientes de los daños que causa el pecado y del misterio del perdón misericordioso de Dios.


Pecado, culpa y penas

Todo pecado tiene una doble dimensión: es ofensa a Dios (culpa) y tiene consecuencias negativas para el mismo pecador (penas).

En primer lugar, si la ofensa es grave, y es cometida libremente (sabiéndolo y queriendo), el pecado es mortal —porque nos priva de la vida de la gracia— y comporta la ruptura de la comunión con Dios y, por consiguiente, la autoexclusión de la participación en la vida eterna (una verdadera autocondenación), que es lo que llamamos «pena eterna«.

En segundo lugar, todo pecado, incluso venial (cuando la ofensa es leve, o falta el conocimiento o el consentimiento plenos), entraña apego desordenado a las criaturas, que es necesario purificar. Es lo que se llama «pena temporal«. Estas «penas», no son, ni mucho menos, una especie de venganza o castigo de Dios, sino que son los daños causados por el mismo pecador (a si mismo, a los demás, a la Iglesia, a la naturaleza, etc.), que necesitan de reparación y purificación.

Perdón, reparación y purificación

El perdón de los pecados —garantizado en el sacramento de la Reconciliación— entraña el perdón de la culpa —es decir, la restauración de la comunión con Dios— y la remisión de la pena eterna de los pecado mortales, que realmente quedan cancelados. Pero las penas temporales —la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos— permanecen, al menos en parte: desórdenes, apegos, malos deseos e inclinaciones, heridas y cicatrices del alma que tienen necesidad de sanación, reparación y purificación, ya sea en nuestra vida en la tierra, ya sea después de la muerte.

El hombre herido por el pecado necesita ser progresivamente «sanado» de las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición teológica llama «penas» y «restos» del pecado).

A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos demuestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. Así, Dios, después de definirse «Dios misericordioso y clemente, (…) que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Cf. Ex 34, 6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David después de su grave pecado le alcanza el perdón de Dios (Cf. 2S 12,13), pero no elimina el castigo anunciado (Cf. 2S 12,11; 16,21). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (Cf. Hb 12,4-11).

En ese contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que, aun reconciliado con Dios, está todavía marcado por los «restos» del pecado, que no le permiten una total apertura a la gracia. Precisamente con vistas a una curación completa, el pecador está llamado a emprender un camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino la misericordia de Dios le sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el hombre se deja interpelar para su conversión profunda. Éste es el significado de la «satisfacción» que requiere el sacramento de la penitencia.º

Mientras estamos en este mundo, la misericordia de Dios nos ofrece tres caminos o modos de expiar las penas temporales merecidas por los pecados: 1.- por la penitencia sacramental (la «satisfacción» impuesta en la confesión); 2.- mediante las distintas prácticas penitenciales voluntarias (ayunos y otras privaciones, limosnas y obras de misericordia y caridad, oración, soportar pacientemente las contrariedades, sufrimientos y pruebas de la vida y, finalmente, afrontando serenamente la muerte); 3.- por el recurso a la comunión de los santos en las indulgencias.

Después de la muerte, Dios misericordioso nos concede la gracia de ser purificados en el Purgatorio.

El Purgatorio

El Purgatorio es la última y definitiva oportunidad de purificación que concede Dios misericordioso, antes de entrar en el cielo, a las almas que lo necesitan. Nuestra fe nos dice que los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, necesitan una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos.

Dios es tan puro y santo que al alma que se presentase ante Él estando aún ligada a los deseos y las penas derivadas del pecado, se le haría imposible disfrutar de la visión beatífica de Dios. Puede servir de ejemplo lo que sucede cuando pasamos bruscamente de la obscuridad total a la luz del sol, nuestros ojos se cierran instintivamente, y nos provocaría un verdadero dolor abrirlos de golpe, porque necesitamos un tiempo de acomodación a la luz. Así, las almas de los difuntos necesitan de un «tiempo» de purificación, el Purgatorio (purificatorio), fruto de la misericordia de Dios, donde somos limpiados y liberados de todo resto de pecado para así poder contemplar gozosamente el rostro infinitamente luminoso y santo de Dios. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama. Los santos, partiendo de la propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos en contraste con el infinito amor de Dios, hablan de un camino de purificación del alma hacía la comunión plena con Dios, un sufrimiento purificador y expiatorio, como un fuego abrasador. Para salvarse es necesario atravesar este «fuego» en primera persona y así llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno. El Purgatorio es el «lugar» de la purificación de las almas, pero no un lugar como si fuera un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra, no es un fuego exterior, sino interior. Este fuego interior que purifica, es el fuego interior del Purgatorio. El alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia y santidad de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de modo correcto y perfecto a ese amor, y por ello, el mismo amor a Dios se convierte en llama interior de amor que purifica de las escorias de sus pecados. En este estado, mediante purificaciones y curaciones, el alma madura para la comunión con Dios.

¿Es realmente eficaz la oración por los difuntos?
 ¿Podemos ayudarles a entrar en el cielo?

La pregunta es legítima: si el Purgatorio es ser purificado mediante el fuego en el encuentro personal con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más que sea cercana a la otra? ¿No es suficiente lo que Cristo ha hecho ya por nosotros para salvarnos?

San Juan Pablo II nos dio la respuesta: Cristo, con su amor sobreabundante, nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: «Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (1,24). Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana.

Debemos caer en la cuenta de que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil.

Un elemento importante del concepto cristiano de esperanza es que nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza para mí también. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.

La oración por los difuntos

Orar por los difuntos es una obra de misericordia y un acto de justicia y caridad. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos, y que sigue siendo también hoy una experiencia consoladora, es que el amor puede llegar hasta el más allá; que es posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto, más allá del confín de la muerte.

El cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dios, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos, cuyo número es incalculable (Cf. Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros.

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, siempre ha honrado la memoria de los difuntos y ha enseñado que, por el misterio de la comunión de los santos, podemos ayudar a nuestros difuntos —las almas del Purgatorio— mediante la oración, las limosnas, las indulgencias en su favor, los sacrificios y obras de penitencia, y especialmente ofreciendo por ellos la Santa Misa pidiendo por el perdón de sus pecados y su eterno descanso, y agradeciendo los beneficios que recibieron en vida, «pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados» (2 M 12, 45). De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros, mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino que también hace eficaz su intercesión en nuestro favor. «No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo).

P. Antonio Diufaín Mora

30 de junio de 2019: DOMINGO XIII ORDINARIO “C”


Libres para ser esclavos por amor

1 R 19, 16b.19-21: Eliseo se levantó y marchó tras Elías
Sal 15, 1-11: El Señor es mi lote y mi heredad
Ga 4, 31b-5,1.13-18: Vuestra vocación es la libertad
Lc 9,51-62: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré a donde vayas

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Eliseo es figura del seguimiento radical, deja todas sus posesiones y afectos para seguir con generosidad y radicalidad incondicional a su maestro, el profeta Elías.

El apóstol instruye a los nuevos cristianos para que no pierdan la libertad lograda en Cristo y les advierte sobre el uso correcto de esa gracia: el servicio mutuo por amor y el domino de sus pasiones.

Después de anunciar la Pasión, Jesús inicia el camino de Jerusalén. Jesús invita a todos a seguirle, pero se quedan fuera aquellos que no lo hacen en la pobreza y la renuncia a todo lo propio. Seguir a Cristo implica la vida entera, no sólo algunos tiempos o algunas zonas de nuestra existencia. Lo que el profeta Elías no podía exigir, por ser un hombre; Cristo sí puede, por ser el Hijo de Dios. Más aún, no hay otra manera de seguirle: «El que sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios». El seguimiento de Cristo –decisión libre del discípulo– sólo puede ser incondicional, es el Señor quién pone las condiciones. No caben rebajas ni descuentos.

El seguimiento de Cristo no es una cuestión de negociaciones. Poner condiciones es estar diciendo «no», es ya dejar de seguirle. Cristo no quita nada y lo pide todo, porque lo ha dado todo. Y esto es lo que implica ser cristiano: un seguimiento incondicional. No hay dos tipos de cristianos. Sólo es verdaderamente cristiano el que «va a por todas». Cristo comprende la debilidad humana y los fallos motivados por ella, pero no acepta la mediocridad por sistema, el «bajar el listón», los cálculos egoístas. Los apóstoles fueron grandes pecadores: san Pedro llegó a negar a Cristo, san Pablo persiguió a la Iglesia… Pero no fueron mediocres: se dieron del todo, gastaron su vida por Cristo, sin reservarse nada.

El seguimiento de Cristo es la vocación del cristiano. No es la decisión libre del discípulo la única determinación para seguir a Jesucristo. La libertad no es el único valor absoluto. Él quiere ser el único absoluto de nuestra vida. El que se escandaliza porque Cristo exige la renuncia, incluso a cosas buenas, es que no ha entendido nada del evangelio. Ser cristiano no equivale a ser honrado y no hacer mal; eso lo procuran también los seguidores de muchas religiones e incluso muchos ateos. Ser cristiano significa «no anteponer nada a Cristo, ya que Él nada antepuso a nosotros» (San Cipriano), y estar dispuesto a toda renuncia y a todo sacrificio por Cristo.

¿Qué se entiende hoy por libertad? ¿Qué es la libertad para el cristiano? Importante cuestión pues el cristiano ha de ser libre. Más aún: Para ser libre nos liberó Cristo. Libres, porque así nos ha creado Dios. Libres, porque así nos ha redimido de la esclavitud el Señor. Libres para buscar y alcanzar el Bien Supremo. Libres para seguir incondicionalmente a Cristo. Libres para hacernos esclavos por amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La libertad del hombre
y la moralidad de sus actos
(1730 – 1761)

Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. Dios quiso “dejar al hombre en manos de su propia decisión”, de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.

En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado.

La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.

El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo bueno.

El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos –como la fornicación– que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

Una intención buena no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado. El fin no justifica los medios. Una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna).

Por tanto, es erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.

La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre, sujeto de esa libertad, como un individuo auto suficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.

Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. «Para ser libres nos libertó Cristo». En Él participamos de «la verdad que nos hace libres». El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, «donde está el Espíritu, allí está la libertad». Ya desde ahora nos gloriamos de la «libertad de los hijos de Dios».

La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia. El Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos» (S. Ireneo).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiere,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Amén.