21 de septiembre de 2025: DOMINGO XXV ORDINARIO “C”


«Dios… o el dinero»

Am 8, 4-7: Contra los que compran al indigente por plata.
Sal 112, 1-8: Alabad al Señor, que alza al pobre.
1 Tm 2, 1-8: Que se hagan oraciones por toda la humanidad a Dios, que quiere que todos los hombres se salven.
Lc 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero.

I. LA PALABRA DE DIOS

El profeta Amós es conocido por su denuncia de los especuladores, a quienes su ambición les lleva al abuso de los más pobres e indefensos.

La primera carta a Timoteo es un escrito pastoral, en el que el apóstol recomienda la oración por todos los hombres, pues la voluntad salvífica universal de Dios enseña a los cristianos a no olvidar a nadie.

Jesús expone en el evangelio la parábola del administrador infiel, que tiene una enseñanza: nadie puede servir a Dios, si tiene como dios al dinero.

«Los hijos de este mundo son más astutos… que los hijos de la luz». He aquí la enseñanza fundamental de esta parábola. Este administrador renuncia a su ganancia, a los intereses que le correspondían del préstamo, para ganarse amigos que le reciban en su casa cuando quede despedido. Jesús no alaba el fraude, sino que reconoce la astucia de los que se rigen por los principios de este mundo y sugiere que los hijos de la luz deberíamos ser más astutos cuando son los bienes espirituales y eternos los que están en juego. ¡Qué distinto sería si los cristianos pusiéramos en el negocio de la vida eterna, por lo menos, la mitad del interés que ponemos en los negocios humanos! Debemos preguntarnos: ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar por Cristo?

«Ningún siervo puede servir a dos señores». Esta es la explicación profunda de lo anterior. El que tiene como rey y centro de su corazón el dinero, discurre lo posible y lo imposible para tener más. Y lo mismo el que busca fama y honor, gloria humana, poder, comodidad… El que de veras se ha decidido a servir al Señor, está atento a cómo agradarle en todo y se entrega a la construcción del Reino de Dios, buscando que todos le conozcan y le amen. Se nota, si servimos al Señor, en que cada vez más nuestros pensamientos, intereses y deseos están centrados en Él y en sus cosas. «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Lc 12,34). ¿Dónde está puesto mi corazón? ¿Cuál es mi tesoro? ¿A quién sirvo de veras?

El dinero siempre ha sido y es un peligroso ídolo. Es absorbente de los intereses y preocupaciones del hombre. ¿Cuantas personas han caído en sus redes y han sido esclavizadas por él? La corrupción, la desconfianza familiar y social, las rupturas de amistades… tienen muchas veces como causa el señorío del dinero sobre las personas. Frente a este ídolo Jesús establece una oposición radical para el servidor de Dios. No se puede servir a dos señores.

Entre los mandamientos de Dios, el décimo habla de poner el corazón o en Dios o en los bienes ajenos. Pocas veces se habla de los deseos del corazón, pero es ahí donde se elevan altares: o a Dios o al dinero.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios, bien supremo y fuente de todo bien.
La pobreza de corazón
(2541 – 2550)

Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (Lc 21, 4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

Todos los cristianos han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto.

«Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino: «Jesucristo llama “pobreza en el Espíritu” a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: “Se hizo pobre por nosotros”» (S. Gregorio de Nisa).

El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. «El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en el espíritu busca el Reino de los cielos» (S. Agustín). El abandono en la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el mañana. La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios.

Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

La codicia
y concupiscencia por los bienes
(2534 – 2540)

El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La «concupiscencia de los ojos» (1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto. La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (Sb 14,12). El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido, a otra persona.

El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: «No codiciarás«, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed de los bienes del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada como está escrito: «el ojo del avaro no se satisface con su suerte» (Si 14, 9).

No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos.

¿Quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas y a los que, por tanto, es preciso exhortar más a observar este precepto?: los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles; los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos.

El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que. a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (2 Sam 12, 14). La envidia puede conducir a las peores fechorías (Gn 4, 37; 1 R 21, 129). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (Sb 2, 24).

La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal: San Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia«. El bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Agustín).

«¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado –se dirá– porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros» (S. Juan Crisóstomo).

«La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir» (S. Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Atardece, anochece, el alma cesa
de agitarse en el mundo
como una mariposa sacudida

La sombra fugitiva ya se esconde.
Un temblor vagabundo
en la penumbra deja su fatiga

Y rezamos, muy juntos,
hacia dentro de un gozo sostenido,
Señor, por tu profundo
ser insomne que existe y nos cimienta

Señor, gracias, que es tuyo
el universo aún; y cada hombre
hijo es, aunque errabundo,
al final de la tarde, fatigado,
se marche hacia lo oscuro
de sí mismo; Señor, te damos gracias
por este ocaso último.
Por este rezo súbito.

Amén.

14 DE SEPTIEMBRE DE 2025, DOMINGO, LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


«Mirarán al que traspasaron»

Núm 21, 4b-9: Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida
Sal 77: No alvidéis las acciones del Señor
Flp 2, 6-11: Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Jn 3, 13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre

I. LA PALABRA DE DIOS

Para los cristianos la cruz es un símbolo frecuente. Más aún, es nuestro signo de identidad. Sin embargo, esto es algo paradójico. Para los romanos era instrumento de suplicio; más aún, de humillación, pues en ella morían los esclavos condenados. Y para los judíos era signo de maldición: «Maldito todo el que sea colgado en un madero».

¿Qué ha ocurrido para que la maldición se trastoque en bendición? ¿A qué se debe que la humillación sea lugar de exaltación? El Hijo de Dios se ha dejado clavar en ella. En el patíbulo de la cruz se ha volcado tal torrente de amor –«tanto amó Dios al mundo»– que ella será hasta el fin de los tiempos instrumento y causa de redención para todo hombre.

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto». Una serpiente de bronce no podía matar ni dar vida, pero cuando Israel la miraba creía en Aquel que había ordenado a Moisés que la hiciera, y Él los curaba.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito». La redención tiene su fuente en el amor de Dios a los hombres, y la realiza el Hijo entregando su vida: su finalidad es salvar —salvación que el Espíritu aplica a cada creyente en el momento del Bautismo—; pero el hombre puede permanecer en la oscuridad y no creer en el Hijo.

El «mundo» en los escritos de San Juan es palabra polivalente: puede significar «el universo», o «la humanidad», el género humano; y este segundo significado se desdobla en dos: el conjunto de seres humanos, objeto del amor salvador de Dios (como en este pasaje), o «el mundo malo», es decir, los seres humanos que, como seres libres, rechazan creer en Jesús, revelador del Padre.

«Se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo». La fe católica nos dice que el Hijo no se despojó de su naturaleza divina, no renunció a su divinidad —cosa imposible—, sino que, al hacerse verdadera criatura humana, renunció durante su vida mortal al esplendor de la gloria divina al que tenía derecho por ser Hijo de Dios, y así «hecho semejante a los hombres», … «reconocido como hombre por su presencia», … «hecho obediente hasta la muerte».

«Tiene que ser elevado». El Hijo del hombre es elevado en la cruz, y exaltado en la resurrección y ascensión; recibiendo del Padre —en su humanidad—, como premio a su obediencia hasta la muerte, la gloria esplendorosa que como Hijo le pertenecía. En la cruz Jesús está venciendo al maligno. En ella se destruye todo el pecado del mundo. Desde ella el Hijo de Dios atrae a todo hombre con la fuerza de su amor infinito. Por eso, lo que nos corresponde es mirar a Jesús crucificado y dejarnos mirar por Él; creer en Él para tener vida eterna; dejarnos amar por Él para ser sanados; acoger el torrente de salvación, que brota de su cruz, en los Sacramentos de su Iglesia.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Dios tiene la iniciativa
del amor redentor universal
realizado en Cristo
(571, 604, 609)

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados». «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos». Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente». De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte.

El Misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de «una vez por todas» por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo.

Jesús reemplaza nuestra desobediencia
por su obediencia
(615 — 617)

«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos». Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.

En la cruz, Jesús consuma su sacrificio. El «amor hasta el extremo» es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron». Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación, enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna». Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «Salve, oh cruz, única esperanza«, en el himno Vexilla Regis.

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres». Pero, porque en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo hombre, él ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual. Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios. Y eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados» (S. Francisco de Asís).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos!
¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;
y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra

Dolido mi Señor por el fracaso
de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana, 
que reparase el daño paso a paso

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida, 
y que el Amor redima la condena!»
La gracia está en el fondo de la pena,
y la salud naciendo de la herida

En plenitud de vida y de sendero,
dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso
abierto por la fuerza de un Cordero

Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte;
doblégate a este peso y esta muerte
que cuelga de tus ramas como un fruto

Tú, solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;
tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en la cruz devuelve la esperanza
de toda salvación, honor y gloria. Amén

7 de septiembre de 2025: DOMINGO XXIII ORDINARIO “C”


«Déjalo todo… Sígueme»

Sb 9, 13-19: ¿Quién se imaginará lo que el Señor quiere?
Sal 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Flm 9b-10.12-17: Recóbralo, no como esclavo, sino como un hermano querido.
Lc 14, 25-33: Aquel que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

I. LA PALABRA DE DIOS

Sólo en este domingo del año se lee un pasaje de la carta a Filemón, la más breve de san Pablo; que sabiendo que Filemón tiene derechos legales sobre su esclavo huido, invoca su caridad y su buena voluntad. Jurídicamente, Onésimo es esclavo de Filemón, pero en la fe es su hermano, por ser los dos –amo y criado– cristianos, hijos de Dios por el bautismo. Desde los primeros siglos de la Iglesia, este principio evangélico fue socavando lentamente la secular institución social de la esclavitud, hasta su progresiva abolición en todas las naciones; y  que, aunque legalmente abolida y socialmente reprobada, desgraciadamente sigue existiendo en nuestro mundo de forma más o menos encubierta.

En el Evangelio, durante el transcurso de su larga subida a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria, Jesús quiere dejar muy claras las condiciones para ser discípulo suyo: debían estar dispuestos a renunciar a todo: familia, riquezas y al propio egoísmo. ¡Que nadie se llame a engaño! Ya desde el primer paso hay que estar dispuesto a hacer «renuncia a todos sus bienes» y a  posponer «a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos … e incluso a sí mismo». Dura renuncia para quienes confiaban en Jesús como el futuro rey que los llenaría de honores, poder, prosperidad y autonomía. Sin estar dispuesto a jugárselo todo por Cristo, ni se construirá la Iglesia, ni se vencerá en la batalla contra las fuerzas del mal. El texto de este versículo pertenece a la esfera del primer Mandamiento, porque contiene una declaración implícita de la divinidad de Jesucristo: sólo Dios puede exigir una adhesión a Él tan inaudita.

Lo que Cristo dice parece duro y exigente. Por eso es necesario que Dios nos de «sabiduría» y nos envíe su «santo Espíritu desde lo alto» (1ª lectura) para que estas palabras nos resulten atractivas y encontremos en ellas nuestro gozo. Esta sabiduría, que es don del Espíritu, no sólo nos hace entender las palabras de Cristo, sino que suscita en nosotros el deseo de cumplirlas en totalidad y con perfección.

Es sólo el amor apasionado a Jesucristo el que nos hace estar dispuestos a perderlo todo por Él, a no poner condiciones, a no anteponer a Él absolutamente nada ni nadie (cf. san Cipriano y san Benito). Ni aun los amores más santos y bendecidos por Dios deben anteponerse al amor de Cristo. Cuando no existe el amor a Cristo o se ha enfriado, todo son excusas, justificaciones, «peros» y dificultades, se calcula cada renuncia, se recorta la generosidad, se frena la entrega, se disimula o justifica el pecado…

Y, esta de Jesús, no es una invitación sólo para los consagrados. Cada cristiano, según su vocación, estado y situación, ha de vivir como Cristo, en Cristo y para Cristo, sin más intereses absolutos: riquezas, reconocimiento social, proyectos propios, gratificaciones afectivas…

Seguir a Jesucristo es la ley del cristiano, ley nueva o ley evangélica que cumple, supera y lleva a su perfección la ley antigua. Es ley de amor, de gracia y de libertad. Exige renuncia al egoísmo y vivir en gracia, en Cristo.

En la pluralidad de carismas, ministerios y servicios, en la Iglesia se expresa una comunidad que sigue al Señor, único Camino, Verdad y Vida.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La ley moral
(1950 – 1964)

La Ley divina es una instrucción paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la bienaventuranza prometida y proscribe los caminos del mal. La ley divina se compone de la Ley natural y de la Ley revelada.

La Ley natural es una participación en la sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la base de sus derechos y sus deberes fundamentales. La ley natural es inmutable, permanente a través de la historia. Las normas que la expresan son siempre substancialmente válidas. Es la base necesaria para la edificación de las normas morales y la ley civil.

La Ley revelada se compone de la Ley Antigua y de la Ley Nueva. La Ley antigua es la primera etapa de la Ley revelada. Sus prescripciones morales se resumen en los diez Mandamientos. La Ley antigua es una preparación al Evangelio.

La ley nueva o ley evangélica
(1965 – 1972)

La Ley nueva o Ley evangélica es la perfección aquí abajo de la ley divina, natural y revelada. La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo dada a los fieles mediante la fe en Cristo. Actúa por la caridad, utiliza el Sermón de la Montaña del Señor para enseñarnos lo que hay que hacer, y los sacramentos para comunicarnos la gracia de realizarlo.

La Ley evangélica «da cumplimiento», purifica, supera, y lleva a su perfección la Ley antigua. En las «Bienaventuranzas» da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al Reino de los cielos. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro, donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre «los dos caminos» (Mt 7, 1314) y la práctica de las palabras del Señor (Mt 7, 2127); está resumida en la regla de oro: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque ésta es la Ley y los profetas» (Mt 7, 12; Lc 6, 31).

Toda la Ley evangélica está contenida en el «Mandamiento Nuevo» de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado (cf. Jn 15, 12).

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), y también a la condición de hijo heredero (Ga 4, 17. 2131; Rm 8, 15).

Los consejos evangélicos
(1973 – 1974; 915 – 919)

Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. La distinción tradicional entre mandamientos de Dios y consejos evangélicos se establece por su relación a la caridad, perfección de la vida cristiana. Los preceptos están destinados a apartar de lo que es incompatible con la caridad. Los consejos tienen por fin apartar de lo que, incluso sin serle contrario, puede constituir un impedimento al desarrollo de la caridad.

Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud viva de una caridad que nunca se sacia. Atestiguan su fuerza y estimulan nuestra prontitud espiritual. La perfección de la Ley nueva consiste esencialmente en los preceptos del amor de Dios y del prójimo. Los consejos indican vías más directas, medios más apropiados, y han de practicarse según la vocación de cada uno.

Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la caridad —a la cual son llamados todos los fieles— implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la «vida consagrada» a Dios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San Francisco de Sales).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

A Ti, sumo y eterno Sacerdote
de la nueva alianza, Jesucristo,
se ofrecen nuestros votos y se elevan
los corazones en acción de gracias.

Desde el seno del Padre, descendiste
al de la Virgen Madre;
te haces pobre, y así nos enriqueces;
tu obediencia, de esclavos libres hace.

Tú eres el Ungido, Jesucristo,
al Sacerdote único;
tiene su fin en ti la ley antigua,
por ti la ley de gracia viene al mundo.

Al derramar tu sangre por nosotros,
tu amor complace al Padre;
siendo la hostia de tu sacrificio,
hijos de Dios y hermanos Tú nos haces.

Para alcanzar la salvación eterna,
día a día se ofrece
tu sacrificio, mientras, junto al Padre,
sin cesar por nosotros intercedes.

A ti, Cristo pontífice, la gloria
por los siglos de los siglos;
tú que vives y reinas y te ofreces
al Padre en el amor del santo Espíritu.

Amén.