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Pasear con Dios en el Paraíso -Ciclo B-


PRESENTACIÓN

Estos comentarios a las lecturas litúrgicas del domingo fueron inicialmente preparados para la formación de adultos en las asambleas familiares y vecinales, fruto de las distintas misiones populares, realizadas en la Parroquia de San Antonio de Padua, de El Puerto, Diócesis de San Pedro de Macorís, en la República Dominicana, entre 1995 y 2007. 

Posteriormente, semana a semana, año tras año, han sido actualizadas y publicadas en Internet en mi blog personal (antoniodiufain.com).

Aunque la finalidad primera no era la de ayudar a los sacerdotes a preparar la homilía, algunos compañeros me han dicho que les sirve como base para su preparación. La Exhortación Apostólica del Papa Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 46, (2007) al referirse a la necesidad de mejorar la calidad de las homilías va en esta dirección:

La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta «es parte de la acción litúrgica»; tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de «preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura». Han de evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración sacramental y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia. Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro «pilares» del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.

El mismo Benedicto XVI, en la Exhortación Apostólica Verbum Domini, 86,(2010) sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, habla de la «lectura orante de la Sagrada Escritura y lectio divina», recordándo que «la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana». Y nos invitaba, como ya hizo el Concilio en la Dei Verbum, a

retomar la gran tradición patrística, que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios. Como dice san Agustín: «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios». Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración.Y está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica «scientia Christi» sin enamorarse de Él.

No obstante, se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial.

… 

En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido, la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la celebración eucarística. … La lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico.

En esta perspectiva, la lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso.

Estas páginas no son más que un intento de responder a estas exhortaciones del querido Papa Benedicto XVI.

30 de junio de 2024: DOMINGO XIII ORDINARIO “B”


“Todo es posible para el que cree”

Sb 1,13-15; 2,23-24: “Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”
Sal 29: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”
2 Co 8,7.9.13-15: “Vuestra abundancia remedia la carencia de los hermanos pobres”
Mc 5,21-43: “Contigo hablo, niña, levántate”

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio presenta un doble signo de Jesús, que se revela como el Dios de la vida: al vencer el poder del diablo, Jesús vence el poder de la muerte, que se debe a su influjo (Sabiduría). La hemorroísa era considerada legalmente impura y estaba debilitada en la raíz de su ser, pues «la sangre es la vida» (Dt 12,23). Su curación revela a Jesús como el que devuelve la salud plena y la vida digna. Resucitando a la hija de Jairo testimonia que ni siquiera la frontera de la muerte es inaccesible a su poder. La hemorroísa y Jairo resaltan una vez más la importancia de la fe, capaz de obrar milagros –«tu fe te ha salvado»; «basta que tengas fe»–.

«Acercándose por detrás … le tocó el manto». Lo normal es que el médico toque al enfermo para curarlo, aquí el enfermo toca al médico para sanar. Pero hay diversas formas de “tocar a Jesús”, unas llevan a la curación, otras no: «Ves cómo te apretuja la gente…». Lo que hace posible el milagro es la fe.

Jesús «les dijo que dieran de comer a la niña». La narración acaba con este gesto humano de Jesús: mientras los padres, y todos, quedan pasmados y sin reaccionar –no era para menos, para revivir a un muerto es necesario el poder divino– Él se da cuenta de que la niña lleva horas sin comer.

El Salmo 29 es la acción de gracias de un hombre que ha sido librado de una enfermedad muy grave. A la luz del evangelio de hoy, este salmo es un canto a Jesucristo, el Dios de la vida, el Dios que nos resucitará. Si es verdad que Dios no nos ahorra la muerte –como no se la ahorró al propio Cristo–, nuestro destino es la vida eterna, incluida la resurrección de nuestro cuerpo.

Hemos de dejarnos invadir por los sentimientos de este salmo. ¿Hasta qué punto exulto de júbilo por haber sido librado de la muerte por Cristo? ¿En qué medida desbordo de gratitud porque mi destino no es la fosa? ¿Experimento el reconocimiento agradecido porque mi Señor no ha permitido que mi enemigo –Satanás– se ría de mí? La fe en la resurrección es algo esencial en la vida del cristiano. Pero es sobre todo en un mundo asediado por el tedio y la tristeza de la muerte cuando se hace más necesario nuestro testimonio gozoso y esperanzado de una fe inconmovible en Cristo resucitado y en nuestra propia resurrección.

II. LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

En qué consiste la fe
(150 — 152)

La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una persona humana o en una criatura.

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, “su Hijo amado”, en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que les escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado». Porque «ha visto al Padre», Él es el único en conocerlo y en poderlo revelar.

No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo». Sólo Dios conoce a Dios enteramente: «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios… Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios». Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios. La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Las características de la fe
(153 — 154, 164)

En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia.

La fe es una gracia. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad.

La fe es un acto humano. Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas.

La fe es un acto libre. El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. El acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús. En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, Él no forzó jamás a nadie. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían.

La fe es necesaria para la salvación. Creer en Cristo Jesús y en Aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación. Puesto que «sin la fe… es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya perseverado en ella hasta el fin, obtendrá la vida eterna.

La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

La perseverancia en la fe. La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: «Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe» (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe “actuar por la caridad”, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

La fe se vive en la Iglesia madre y educadora
(166, 168 — 169)

La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.

La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el bautismo.

La salvación viene sólo de Dios; pero puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre, y porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe.

Brujería, magia, hechicería
(2115, 2117)

Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en ponerse con confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto.

Cuando no se cree en Dios, se acaba creyendo en cualquier cosa. Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar las potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo –aunque sea para procurar la salud–, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de dañar a otro o recurren a la intervención de los demonios.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Cuando los apóstoles decían al Señor que la turba le apretujaba, Él contestó: «Alguien me ha tocado» . Unos aprietan y la otra le toca. Muchos aprietan desagradablemente el cuerpo del Señor y pocos le tocan saludablemente. «¿Quién me ha tocado?» Como si dijera el Señor: «Busco a los que me tocan, no a los que me aprietan». Ahora ocurre lo mismo, porque el Cuerpo de Cristo es su Iglesia, y, mientras la toca la fe de unos pocos, la aprieta una turba inmensa… La carne empuja, la fe toca… Levanten, pues, los ojos de la fe y toquen la orla externa de su vestido, que eso basta para la salud” (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.

Amén.

23 de junio de 2024: DOMINGO XII ORDINARIO “B”


«No tememos aunque tiemble la tierra
y los montes se desplomen en el mar»

Jb 38,1.8-11: «Aquí se romperá la arrogancia de tus olas»
Sal 106: «Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia»
2 Co 5,14-17: «Ha comenzado lo nuevo»
Mc 4,35-41: «¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!»

I. LA PALABRA DE DIOS

En el libro de Job, se van desmontando uno a uno los argumentos con los que los amigos de Job le habían atormentado haciéndolo culpable de sus males. Los considera como personas que no saben lo que dicen, ya que han pretendido entrar en la interpretación de un misterio y una responsabilidad que es exclusiva de Dios.

En el evangelio de san Marcos todo habla de Jesús. Este domingo nos lleva a presenciar un nuevo signo —la tempestad calmada— en el que Jesús manifiesta su soberanía absoluta ante los elementos y los fenómenos de la naturaleza, poniéndose así al mismo nivel del Creador. Ante esta grandeza soberana, no basta la admiración; es necesaria la fe viva en Él que ahuyenta el temor ante las dificultades.

El Evangelio que se lee en la liturgia de hoy expresa un peligro particularmente grave: en medio de unas aguas tormentosas, los navegantes han sentido al vivo su impotencia para escapar; en esta situación humanamente angustiosa y desesperada –«se sentían sin fuerzas en el peligro»–, han gritado a Dios, que ha transformado el viento tormentoso en suave brisa y así, de forma inesperada, les ha conducido al ansiado puerto, manifestando su misericordia y su acción maravillosa. Imágenes éstas que reflejan toda situación límite del que se encuentra en una dificultad que le supera totalmente.

«Él estaba en la popa, dormido». La escena nos habla de la humanidad del Hijo de Dios, que no es un superhombre: se cansa después de un día de predicación y, por su perfecto equilibrio psicológico, en plena tormenta, duerme profundamente.

«Increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El mar, tenido entre los judíos como morada de potencias maléficas, es exorcizado por Jesús, que lo trata, igual que al viento, como a criatura a la que su Señor puede dar órdenes; y le obedecen, como le obedecen los espíritus impuros.

El Salmo 106 es un himno de acción de gracias del pueblo entero a su Dios, que con su amor y su poder les ha redimido de todas sus angustias cuando han clamado a Él. Al experimentar su salvación y su ayuda, el pueblo desborda en alabanza.

En el contexto de las lecturas de hoy, el salmo está cantando la grandeza y el poder de Cristo, Señor de la Creación, que calma la tempestad. Muchos Santos Padres han visto en la barca una imagen de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades y tempestades del mundo; y que a veces puede dar la impresión de que va a naufragar; y se hundiría totalmente si dependiera solamente de la pericia humana. Sólo la certeza de que Cristo está en ella y la conduce –aunque a veces parezca dormir– le da la seguridad de salir triunfante de las olas amenazantes y de toda tempestad, y de poder llegar al puerto definitivo. Ante las dificultades que parecen insalvables, se trata de mantener la confianza en el Cristo invisible, que domina la situación porque es el Señor de lo imposible.

De vez en cuando, por escándalos vergonzosos, incluso de sacerdotes y obispos, llegan a nuestros oídos expresiones pesimistas y casi apocalípticas, en relación con la Iglesia y hasta hay quien anuncia su desmoronamiento por los pecados de los que la formamos. Es verdad que —desde el Papa al último de los bautizados— somos pecadores, que damos una imagen distorsionada o deforme de la Iglesia. Pero el mantenimiento en pie de la Iglesia no depende sólo de nosotros. Habría que interpelar a los profetas de calamidades sobre la Iglesia con la pregunta de Jesús: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Lo que to­davía faltaba a los discípulos, en el pasaje de hoy, era la fe en Cristo; esa falta de fe era la tormenta más peligrosa.

II. LA FE DE LA IGLESIA

El Reino, objeto de los ataques
de los poderes del mal
(671)

El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal, a pesar de que estos poderes hayan sido  vencidos en su raíz  por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido, y mientras no  haya «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia», la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen  de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios. Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: «Ven, Señor Jesús».

La última prueba de la Iglesia
(769, 675 – 677)

La Iglesia sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo, cuando Cristo vuelva glorioso. Hasta ese día, la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios. Aquí abajo, ella se sabe en exilio, lejos del Señor (cf. 2Co 5, 6), y aspira al advenimiento pleno del Reino, y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria. La consumación de la Iglesia en la gloria, y a través de ella la del mundo, no sucederá sin grandes pruebas. Solamente entonces, todos los justos desde Adán hasta el último de los elegidos se reunirán con el Padre en la Iglesia universal.

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.

Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, la cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico; incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de «milenarismo», sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, intrínsecamente perverso: la falsificación de la redención de los humildes.

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa.

Las puertas del infierno
no prevalecerán contra la Iglesia Católica
(834, 869 – 870)

La única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Está edificada sobre sólidos cimientos: «los doce apóstoles del Cordero»; es indestructible, porque, según las mismas promesas del Salvador, las puertas del infierno no han prevalecido jamás contra ella; se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y el colegio de los obispos.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Incluso aunque esta oración –el Padre nuestro– no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?» En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!» (Tertuliano).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Tu barca de pescador,
que llegó de Roma al puerto,
va siguiendo el rumbo cierto
que le trazara el Señor.
La va llevando el amor
siempre a nuevas singladuras.
En las borrascas oscuras,
para que a Cristo sea fiel,
Simón Pedro, el timonel,
vela desde las alturas.

Si toda la Iglesia oraba
por ti, ahora tú por ella,
que eres su roca y su estrella.
Cuando se tambaleaba
tu fe, sobre el mar te daba
Cristo fuerza con sus manos.
Boga mar adentro, y danos
-a la Iglesia, que te implora-
tu presencia guiadora
y confirma a tus hermanos. Amén.