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15 de marzo de 2020: DOMINGO III DE CUARESMA “A”


 

«Rescatados por el agua del bautismo, estamos llamados
a beber del agua que salta hasta la vida eterna»

Ex 17,3-7: Danos agua para beber
Sal 94, 1-9: Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: «no endurezcan su corazón»
Rm 5,1-2.5-8: Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo

Jn 4,5-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

 

I. LA PALABRA DE DIOS

«Jesús, fatigado del camino». El evangelista san Juan sabe unir los extremos: la «gloria» de Jesús y el realismo de su «carne»: la fatiga, la sed, las lágrimas, la preocupación, la turbación, la amistad humana. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, pero su vida humana no fue cómoda; la pobreza y las dificultades materiales lo acompañaron durante largas jornadas agotadoras.

«Dame de beber». Con sorpresa de los discípulos y de ella misma (hablar con una mujer era una de las seis cosas que tenían prohibidas los discípulos de los rabinos), Cristo inicia el diálogo con la samaritana. Él toma la iniciativa. No tiene inconveniente en mendigar de ella un poco de agua para entrar en diálogo. Dios tiene sed de dar. Cristo desea ardientemente establecer este diálogo con cada uno de nosotros. El pecado rompe este diálogo. El pecado no consiste ante todo en hacer el mal, sino en romper este diálogo, dejar que se enfríe esta amistad. Por eso, el primer fruto de la Cuaresma debe ser un diálogo renovado con Cristo, una oración más viva, más consciente y personal, más abundante; un diálogo que impregne toda nuestra vida.

«Si conocieras el don de Dios…» Como en otro momento le ocurrió a Nicodemo, la samaritana se queda en la superficie de lo que oye. El verdadero pecado de la Samaritana, del que brota su vida moral desquiciada, es no conocer a Jesús. Conocer al Señor es el primer paso de la conversión. Jesús va conduciendo el diálogo con esta mujer pecadora, suscitando en ella el atractivo por lo bello, por lo grande, por lo eterno. El que ha empezado pidiendo, se revela en seguida como el que ofrece y es capaz de dar lo infinito, lo divino, «el don de Dios»: el don de la verdad. Todo el relato está orientado hacia la revelación de la identidad de Jesús. Poco a poco se va dando a conocer a ella, para que al final termine aceptándole como «el Salvador del mundo». El diálogo con Cristo –también para nosotros– es siempre un diálogo de salvación, un diálogo que nos dignifica y nos hace descubrir el sentido de nuestra vida, los horizontes sin fin de una vocación eterna.

«Agua viva». La que brota fresca y corre limpia, en oposición al agua estancada. Conocer a Jesús es beber agua que fluye como manantial perenne y comunica vida eterna. A partir de la glorificación de Jesús, ese conocimiento se da en la Iglesia gracias a la acción del Espíritu Santo, que nos acerca la revelación.

«Adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Mucho más que espiritualmente (en oposición a un culto meramente exterior) y que verdaderamente (con autenticidad). La adoración al Padre es suscitada en el creyente por el Espíritu de Dios, que lo hace orar «injertado» en el Hijo, en Jesús (que es la verdad). El culto cristiano (interno y externo) querido por Dios, nace cuando se acepta la revelación de Cristo y se siguen las mociones del Espíritu del Padre y del Hijo.

«Yo soy, el que te está hablando». Es la cima del relato; Jesús se revela, se da a conocer: «Yo soy». Así se revela Yahveh en el AT (cf. Ex 3,14); al hacer suyo el nombre divino, Jesús se coloca en el nivel de Dios, expresando su ser eterno. 

«En aquel pueblo, muchos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer». El que nota que Cristo ha entrado en su vida y experimenta el gozo de su salvación, hace que continúe para otros este diálogo de salvación. Es lo que hace la samaritana: «Venid a ver… me ha dicho todo lo que he hecho…» Su testimonio suscita en otros el atractivo por Cristo y hace que entren en la órbita de Cristo. De esa manera acaban también ellos experimentando la salvación: «Ya no creemos por lo que tú dices, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos…» ¿Será tan difícil que cada uno de nosotros dé testimonio de lo que Cristo hace en su vida?

II. LA FE DE LA IGLESIA

El agua, símbolo del Espíritu Santo
(694)

El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero «bautizados en un solo Espíritu», también «hemos bebido de un solo Espíritu»: el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna. 

El agua en la economía de la salvación
(1217  1222)

En la liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del Bautismo. Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios «se cernía» sobre ella. La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo, el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo. Sobre todo el paso del mar Rojo, verdadera liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por el bautismo. Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.

Dar a Dios culto en espíritu y en verdad
(1179)

El culto «en espíritu y en verdad» de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las «piedras vivas», reunidas para «la edificación de un edificio espiritual». El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, «somos el templo de Dios vivo».

Fuentes de la oración
(2652  2660)

El Espíritu Santo es el «agua viva» que, en el corazón orante, «brota para vida eterna». Él es quien nos enseña a recogerla de la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.

* La Palabra de Dios 

La Iglesia recomienda insistentemente a todos sus fieles la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues «a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras» (San Ambrosio).

Los Padres espirituales resumen así las disposiciones de un corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: «Busca leyendo, y encontraras meditando; llama orando, y te abrirán contemplando» (Guido el Cartujano).

* La Liturgia de la Iglesia 

La misión de Cristo y del Espíritu Santo, que en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive «en lo secreto», siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Santísima Trinidad.

* Las virtudes teologales 

Se entra en oración como se entra en la liturgia: por la puerta estrecha de la fe. A través de los signos de su presencia, es el rostro del Señor lo que buscamos y deseamos, es su palabra lo que queremos escuchar y guardar.

El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza. Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: «En el Señor puse toda mi esperanza, Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor» (Sal 40, 2). «El Dios de la esperanza les colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13).

«La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración, formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración.

* «Hoy»

Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11.34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: «¡ojalá oigan hoy su voz!: no endurezcan su corazón» (Sal 94,7.8).

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los «pequeños», a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino (cf. Lc 13, 20 21).

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Jesús pide de beber y promete dar de beber; necesita como si hubiera de recibir, y mana como si hubiera de saciar. «Si conocieras, dice, el don de Dios».  Este don de Dios es el Espíritu Santo, pero todavía está oculto a la mujer y poco a poco va entrando en su corazón.  Quizás ya lo está presagiando. ¿Hay algo más suave y bello que estas palabras: Si conocieras…? Agua viva es la que corre de una fuente…. es la que había allí, ¿cómo, pues, promete lo que pide?» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te amo, Dios mío,
y mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, Dios mío infinitamente amable
y prefiero morir amándote
a vivir sin amarte.

Te amo, Señor,
la única gracia que te pido
es amarte eternamente… 

Dios mío, si mi lengua no puede decir
en todos los momentos que te amo,
quiero que mi corazón te lo repita
cada vez que respiro
.
 

(S. Juan María Vianney).

26 de enero de 2020: DOMINGO III ORDINARIO “A”


«Convertíos para ser libres»

Is 9,1-14: En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande
Sal 26, 1-14: El Señor es mi luz y mi salvación
1Co 1,10-13.17: Pónganse de acuerdo y no anden divididos
Mt 4,12-23: Fue a Cafarnaún para que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías

I. LA PALABRA DE DIOS

En Jesucristo se cumple el anuncio de Isaías: Él es la luz que ilumina las tinieblas y libera a los que habitan en sombras de muerte.
Jesús, en la «Galilea de los gentiles», llama a los pecadores y los incorpora a su intimidad y a su misión, que es iluminar y liberar, proclamando el Evangelio del Reino. Enseñando y curando las enfermedades, Jesucristo realiza su misión iluminadora y liberadora. 
«Convertíos» Jesús usa las mismas palabras que Juan el Bautista; la diferencia está en que Juan anunciaba el reino de Dios pensando en el juicio divino sobre el mundo, mientras que Jesús lo proclamaba, especialmente, con la oferta de la misericordia y el perdón del Padre, a quien quisiera acogerlo. Solamente exige una condición: «convertíos».
El primer mandamiento decía: «no vayan detrás de otros dioses» (Dt 6,14); Jesús dice: «Venid en pos de mí», y lo hace para vincularlos, no precisamente a una nueva escuela al estilo de los rabinos, sino a su persona, a la comunidad de vida con Él.
«Pescadores de hombres» … «echando el copo en el lago». «Congregadores» de hombres, para ofrecerles la salvación definitiva; «reparando las redes», este verbo griego se usa en las cartas del NT para una tarea propia de los «pescadores de hombres»: «rehacer la armonía» entre los creyentes en Jesús.
«Enseñando…, predicando… y curando». San Mateo resume así la actividad de Jesús: discursos y milagros, «obras y palabras»; es la misma tarea que encomendará a los suyos. 
«Les conjuro por el nombre de nuestro Señor Jesucristo… que no haya entre ustedes divisiones». San Pablo arremete con todas sus energías contra las divisiones en la Iglesia. Evitar las divisiones no es algo simplemente «deseable». Si la Iglesia es una, y la unidad es una nota tan esencial como la santidad, cualquier división –por pequeña que parezca– desfigura el rostro de la Iglesia, destruye la Iglesia. La unidad dentro de la Iglesia es un don y una tarea, gracia de Dios que hemos de pedir, y respuesta nuestra a esa gracia; la razón última de esa unidad es Cristo, que no está dividido.
«¡Conviértanse!«, predica también el apóstol san Pablo, para evitar las divisiones y las discordias; para unirse en un mismo pensar y sentir; para abrazarse con la cruz y predicar la Buena Noticia de la salvación que por ella nos vino.
«Yo soy de Pablo, yo de Apolo…» Todas las divisiones nacen de una consideración puramente humana, mundana. Mientras nos quedemos en los hombres estaremos echando todo a perder. Los hombres somos sólo colaboradores subordinados, siervos inútiles: «yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el crecimiento» (1 Cor 3,6). Quedarse en los hombres es una idolatría, y todo afán de protagonismo es una forma de robar la gloria que sólo a Dios corresponde. Por eso San Pablo responde con absoluta contundencia: « ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O han sido bautizados en el nombre de Pablo?» Es como decir: No hay más salvador que Cristo Jesús. El colaborador debe permanecer en su lugar. Lo demás es mentir y desfigurar la realidad.
«¿Está dividido Cristo?» Puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12), toda división en la Iglesia es en realidad desgarrar al mismo Cristo. La falta de unidad en nuestros criterios, en nuestras actuaciones, en nuestras relaciones… tiene el efecto horrible de presentar un Cristo en pedazos. En consecuencia, se hace imposible que la gente crea. 
Por eso San Pablo se muestra tan intransigente en este punto y apela a la necesidad absoluta de estar todos «unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir». Lo cual viene a significar no pensar ni actuar desde un punto de vista humano, sino siempre y en todo desde la fe, que es la que da realmente consistencia y unidad: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu… Un sólo cuerpo y un sólo Espíritu… Un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre de todos» (Ef 4,3-6).
Convertíos de corazón a Jesucristo. Él es la base de nuestra libertad. Hay que predicarlo en un mundo desunido por falta de amor. Trabajar por la conversión de todos al amor es construir hoy el Reino de Dios.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús llama a la conversión
(1427, 1428)

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva». En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que recibe en su propio seno a los pecadores y que siendo santa, al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación. 
Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito», atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

La conversión es el camino
para la liberación
(1989  1993)

La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación. Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.
La justificación arranca al hombre del pecado que contradice al amor de Dios, y purifica su corazón. La justificación es prolongación de la iniciativa misericordiosa de Dios que otorga el perdón, reconcilia al hombre con Dios, libera de la servidumbre del pecado y sana.
La justificación establece la colaboración entre la Gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia: Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esta inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él.

Libertad y responsabilidad:
(1731  1734; 1742)

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.
En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a «la esclavitud del pecado» (cf Rm 6, 17).
La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos. 
La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones de mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

La libertad es una exigencia inseparable
de la dignidad de la persona humana.
(1738)

La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El que asciende no deja nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce» (San Gregorio de Nisa).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Dios omnipotente y misericordioso,
aparta de nosotros todos los males,
para que, bien dispuesto
nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
podamos libremente cumplir tu voluntad.
Amén.

1º de enero de 2020: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


«Bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron»

 
Nm 6,22-27: «Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré»
Sal 66: «El Señor tenga piedad y nos bendiga»
Ga 4,4-7: «Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer»
Lc 2,16-21: «Encontraron a María y a José y al Niño. A los ocho días le pusieron por nombre Jesús»

I. LA PALABRA DE DIOS

La historia del hombre ha sido bendecida por Dios, por eso el creyente mira al mañana con esperanza. Su fundamento son las promesas de Dios. Y estas promesas tienen rostro y nombre: Abraham, Moisés… Jesús. Cristo Jesús hace que llegue la benevolencia y bendición divina a todos los pueblos de la tierra año tras año, hasta el fin del mundo.

«El Señor te bendiga y te proteja». La primera lectura hace alusión a la circunstancia del inicio del año civil. Sólo podemos comenzar adecuadamente un nuevo año de nuestra vida y de la historia del mundo implorando la bendición de Dios. Apoyados en esta bendición podemos mirar el futuro con esperanza. Solamente sostenidos por ella podremos afrontar las luchas y dificultades de cada día.

«Nacido de una mujer». El Hijo de Dios es verdaderamente hombre porque ha nacido de María. Por eso María es Madre de Dios. Y por eso ocupa un lugar central en la fe y en la espiritualidad cristianas. Por toda la eternidad Jesús será el nacido de mujer, el hijo de María. Este es el designio providencial de Dios. Ella es la colaboradora de Dios para entregar a su Hijo al mundo. Y esto que realizó una vez por todos lo sigue realizando en cada persona.

«Encontraron a María y a José y al niño». No podemos separar lo que Dios ha unido. Ni María sin Jesús, ni Jesús sin María. Ni ellos sin José. No se trata de lo que los hombres queramos pensar o imaginar, sino de cómo Dios ha hecho las cosas en su plan de salvación. Nuestra espiritualidad personal subjetiva ha de adecuarse a la objetividad del proyecto de Dios.

Dios ha «bendecido» especialmente a María para hacerla Madre de Dios, y la «bendición» ha culminado en la Maternidad. María sabe que no es ella la depositaria última de Cristo como definitiva bendición del Padre. Ella es la primera de los bendecidos, pero el don es para toda la humanidad: Cristo nos es dado a todos.

«María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón». Además de presentar a María como observadora, reflexiva, inteligente y de profunda vida interior, el evangelista san Lucas parece querer aludir a su principal fuente de información directa o indirecta (quizá a través de Juan), de estos relatos acerca de la infancia de Jesús.

«Circuncidaron al niño». La Circuncisión de Jesús es el signo de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la alianza, de su sumisión a la Ley, y de su consagración al culto de Israel en el que participará a lo largo de toda su vida. Un misterio (junto con el de su Presentación en el Templo y la Purificación de María) que expresa la voluntad del Hijo de Dios de someterse a una ley que no le obligaba, para redimir a los que estaban bajo la Ley (Gal 4,5), a los perdidos por la desobediencia (cf Rm 5,19).

«Y le pusieron el nombre de Jesús». En el centro del versículo, y de toda la historia humana, hay un nombre que hizo suyo, hace veinte siglos, un niño aldeano; Dios, cuyo nombre es oculto (Gn 32,30; Ex 3,14), tiene ya nombre de verdadera criatura humana.

 

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre
(466)

La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la Persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.

María, Madre de Dios
(495, 503, 508)

De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, llena de gracia, es el fruto excelente de la redención; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

María, llamada en los Evangelios la «Madre de Jesús», es aclamada por su prima Isabel, bajo el impulso del Espíritu, como «la Madre de mi Señor», desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo Eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) porque es la Madre de Jesús, y Jesús además de ser verdadero hombre es también verdadero Dios.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre. Consubstancial con el Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas divina y humana.

María, Virgen y Madre
(506, 507, 510, 721)

María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen al parir, Virgen durante el embarazo, Virgen después del parto, Virgen siempre (S. Agustín): Ella, con todo su ser, es «la esclava del Señor» (Lc 1, 38).

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe, no adulterada por duda alguna, y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo. 

María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. 

María en el año litúrgico
(1171, 1172)

Las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.

En la celebración de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser.

El culto a la Santísima Virgen María
(971, 975)

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial (culto de hiperdulía). Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

 

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Vino Nuestro Señor Jesucristo a liberarnos de nuestras dolencias, no a cargar con ellas; no a rendirse a los vicios sino a remediarlos… y por eso convenía que naciese de manera nueva quien traía la gracia nueva de la santidad inmaculada… Convino que la virtud del Hijo velase por la virginidad de la Madre y que tan grato claustro del pudor y morada de santidad fuera guardada por la gracia del Espíritu Santo» (San León Magno).

«Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin  mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!» (liturgia de S. Juan Crisóstomo, tropario «O monoghenis»).

«Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo» (S. Agustín).

«Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor, más aún, es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
ante bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh Virgen gloriosa y bendita.

Amén.

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).