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25 de diciembre de 2025: La Natividad del Señor (Misa del día)


«La Palabra se ha hecho carne,
y ha puesto su casa entre nosotros»

Is 52,7-10:  «Verán los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios»
Sal 97: «Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios»
Hb 1,1-6:  «Dios nos ha hablado por el Hijo»
Jn 1,1-18:  «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros»

I. LA PALABRA DE DIOS

La alegría que se anunciaba al pueblo cuando era proclamado un nuevo rey en Sión, la proclama ahora el Profeta para anunciar la inauguración de un nuevo reinado de Dios. La inminencia del retorno de los exiliados, y el anuncio de paz subsiguiente, serán los signos perceptibles de la acción divina.

La Palabra de Dios, que había hecho surgir el mundo y el hombre, acampa en el mundo y se hace hombre para dar a los hombres el poder ser y llamarse «hijos de Dios». Percibida «en otro tiempo» (2ª Lect.) como una revelación del proyecto de Dios sobre el mundo y el hombre, acontece ahora entre nosotros como salvación.

La Palabra se ha hecho carne precisamente en este mundo. Es un modo de convencer al hombre de que Dios, a pesar de todo, le sigue amando.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia  pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche.

La celebración meramente costumbrista, comercial o vacacional de la Navidad la reduce a algo meramente humano y vacío de contenido.  Cristianos y no cristianos, los que celebran de corazón y «los que se apuntan», todos necesitamos abandonar cualquier vestigio de frivolidad en estos días.

Todos deseamos la paz, especialmente en estos días de navidad. La búsqueda de la paz y de la convivencia tranquila no son de ahora; han sido siempre señal de la permanente e incansable búsqueda de Dios y de sus signos. En el corazón del hombre y del mundo estaban escritas esas señales, que no le dejarán tranquilo hasta que no halle a Dios en medio de este mundo que, por ser casa de Dios, cuenta con que el Padre en su Hijo ha venido a compartir la historia.

El hombre ha intentado conquistar siempre cotas de mayor bienestar. La historia está repleta de ejemplos de quienes han intentado –siempre con buena voluntad– ganar en dignidad, en capacidad de convivencia, en afán de paz, en búsqueda de la justicia.  Otra cosa es que hayan acertado en el método.

Cuando el hombre mira a su alrededor y ve el resultado del pecado en medio de la humanidad, siente de un lado la vergüenza y de otro la incapacidad del remedio. La mirada de Dios es distinta y la única que devuelve a la esperanza. Lejos de apartar sus ojos de la miseria humana, la asume para vencerla desde Jesucristo. Los que sueñen con un remedio de sólo origen humano, alguna vez se sentirán desengañados. ¿Acabarán los hombres por aceptar la acción divina como la exclusivamente salvadora, cuando el hombre es capaz de secundar la iniciativa de Dios?

Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador… ¿No merecía conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa).

Si el amor del Padre se ha manifestado en que ha entregado a su Hijo al mundo, más patente queda cuando lo contemplamos viviéndolo entre quienes ha venido a salvar.

El Verbo se hizo carne. «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre». Y lo hizo:

  • «Para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).
  • «para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9)».
  • «Para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí…» (Mt 11,29)».
  • Para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1,4). «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios. Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (S. Ireneo).

«Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios».

¡Admirable grandeza la de un Dios que, al acercarse al hombre ha atravesado las sombras! Pero para destruirlas llenándolas de su luz. Y cuanto más cerca, más luz. Los llamados a ser portadores de la luz son los que más de cerca la reciben.  El cristiano es luz porque lleva la de Cristo.

Todo el que recibe la luz de Cristo, se siente hijo de Dios y portador de esta luz. Y no solamente puede llenar de luz los caminos de los hombres, sino decirles dónde está la luz verdadera. La Iglesia es hoy la luz que alumbra a todo hombre, porque es el sacramento de Cristo ante el mundo.

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida –pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó– lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1,1-4)».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«¡Oh admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una Virgen, y hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad.«(Antífona de la octava de Navidad).

«Hoy los pastores le conocieron por medio de un ángel, y a los que presiden la grey del Señor se les enseñó la manera de anunciar la Buena Nueva, para que nosotros también digamos con el ejército de la milicia celeste: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!» (San León Magno). 

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

De un Dios que se encarnó muestra el misterio
la luz de Navidad.
Comienza hoy Jesús, tu nuevo imperio
de amor y de verdad.

El Padre eterno te engendró en su mente
desde la eternidad,
y antes que el mundo, ya eternamente,
fue tu natividad.

La plenitud del tiempo está cumplida;
rocío bienhechor
baja del cielo, trae nueva vida
al mundo pecador.

¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía
en mísero portal;
Hijo de Dios, recibe de María
la carne del mortal.

Señor Jesús, el hombre en este suelo
cantar quiere tu amor,
y, junto con los ángeles del cielo,
te ofrece su loor.

Este Jesús en brazos de María
es nuestra redención;
cielos y tierra con su abrazo unía
de paz y de perdón.

Tú eres el Rey de Paz, de ti recibe
su luz el porvenir;
Ángel del gran Consejo, por ti vive
cuando llega a existir.

A ti, Señor, y al Padre la alabanza,
y de ambos al Amor.
Contigo al mundo llega la esperanza;
a ti gloria y honor. Amén.

8 de diciembre de 2025, lunes: SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


“Salve, llena de gracia, el Señor está contigo”

Gn 3,9-15.20: “Pongo hostilidad entre tu descendencia y la descendencia de la mujer”
Sal 97,1.2-3ab.3c-4: “Cantad al Señor una cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”
Ef 1, 3-6. 11-12: «Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del
mundo»
Lc 1,26-38: “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, que, realmente llena de gracia y bendita entre las mujeres en previsión del Nacimiento y de la Muerte salvífica del Hijo de Dios, desde el mismo primer instante de su Concepción fue preservada de toda culpa original, por singular privilegio de Dios. En este mismo día fue definida el año 1854 por el papa Pío IX como verdad dogmática recibida por antigua tradición (elogio del Martirologio Romano).

I. LA PALABRA DE DIOS

En el relato de la Anunciación a María san Lucas confronta los textos antiguos con la propia venida de Cristo. En realidad es un relato, no de anunciación (que dice lo que va a suceder y no admite réplica), sino de vocación (que expone una misión y pide consentimiento). Y vemos cómo la Virgen es la nueva Hija de Sión a la que Yavé renueva con su amor, según Sofonías; es la llena de gracia (Isaías); el resto que regresa de la cautividad y sobre el que ha brillado la luz divina (Isaías); el templo que rebosa de la gloria de Dios, según Ageo.

«LLENA-DE-GRACIA» es el nombre que da el ángel a la doncella. «Gracia», no en el significado profano (amabilidad, belleza), sino en el doble significado bíblico de: benevolencia divina, por la que Dios concede benignamente un don gratuito (un favor, una «gracia»). María había sido transformada por la acción divina, agraciada por Dios desde antes, y en ella estaba remansada la gracia, preparándola para ser la madre del Mesías. Lo cual confirma que la plenitud de gracia de María está en función de su Hijo, de su maternidad divina. No hubiera estado, ni sido, «Llena de gracia», santificada por la gracia, si la sombra de cualquier pecado la hubiera tocado.

Sin dejar de pensar en el Adviento, marco en el que se celebra esta gran festividad, hacemos notar que en María tiene lugar el gran encuentro de Dios con la humanidad.

Aunque la humanidad cometa el primer pecado, Dios no se olvida de su misericordia. Pero ya se plantea entonces una batalla contra el mal, en la que a María le tocan las primicias de la victoria. Por eso, el misterio de la Inmaculada nos anuncia que hay un plan de regeneración total, que ha comenzado en María.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Iglesia contempla y celebra gozosa a la Virgen Inmaculada porque ve en ella la imagen que Jesucristo quiere de ella misma: limpia, pura, sin mancha ni arruga, preparada para el Esposo que llega.

La Inmaculada Concepción
(490 — 493)

Para ser la Madre del Salvador, María fue «dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante». El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como «llena de gracia». En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María «llena de gracia» por Dios había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: «la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano».

Esta «resplandeciente santidad del todo singular» de la que ella fue «enriquecida desde el primer instante de su concepción», le viene toda entera de Cristo: ella es «redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo». El Padre la ha «bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. Él la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios «la Toda Santa» («Panagia»), la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura». Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

«Hágase en mí según tu palabra»
(494)

Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo, María respondió por «la obediencia de la fe» (Rm 1, 5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra». Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María».

Ella es nuestra Madre
en el orden de la gracia
(967 —970)

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia, incluso constituye la figura [«typus»] de la Iglesia.

Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia. Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente.

El culto a la Santísima Virgen
(971)

«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1, 48): La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. La Santísima Virgen es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades. Este culto, aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

Dice san Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y la del todo género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe».

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.

A ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día,
alma, vida y corazón.

Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía,
por tu pura Concepción.

Amén.

23 de noviembre de 2025: DOMINGO XXXIV ORDINARIO “C”. NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO


«Jesucristo es el Señor»

2 Sam 5,1-3: Ellos ungieron a David como rey de Israel.

Sal 121, 1-5: Vamos alegres a la casa del Señor.

Col 1, 12-20: Nos ha trasladado al Reino del Hijo de su amor.

Lc 23, 35-43: Señor, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino.

I. LA PALABRA DE DIOS

David es el ungido del Señor. Es «cristo» o «ungido» (cristo significa ungido). Se ungía a los reyes porque representaban a Dios en medio de su pueblo.

Jesús fue ungido por el Espíritu Santo públicamente en el Bautismo del Jordán. En la cruz es proclamado rey en el título de su condena y en la invocación del malhechor crucificado junto a Él.

La entronización del Rey del universo se hace en la cruz, suplicio de muerte para malhechores. El reinado de Jesucristo es el reinado de Dios, del amor y de la vida. Amor que tiene su máxima expresión en la cruz. Vida que gana para todos los hombres, entregándola en la cruz.

Cristo agonizante manifiesta su realeza sobre la muerte y el pecado. ¡Qué paradoja! A un hombre que es un hombre agonizante como Él, a un hombre que es un gran malhechor –y que recibe en el suplicio el pago justo por lo que ha hecho–, le dice con soberano aplomo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». Así es como reina Cristo. Ejerce su soberanía salvando. Basta una súplica humilde y confiada para que desencadene todo su poder salvador.

El himno recogido en la carta a los Colosenses acumula título sobre título (Hijo de su amor, imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura, cabeza del cuerpo de la Iglesia, principio, primogénito de entre los muertos, primero en todo) para exaltar la indescriptible grandeza de nuestro Señor. Dios Padre nos ha introducido en el reino de su Hijo gracias a que por la sangre de Cristo hemos sido redimidos, hemos quedado libres de nuestros pecados. Esta sangre que fluye del costado de Cristo inunda todo, lo purifica, lo regenera, lo fecunda, y extiende por todas partes su eficacia salvífica.

El señorío de Cristo no es para someter o tiranizar, sino para liberarnos del dominio de Satanás y así ejercer su influjo vivificante sobre nosotros. Como Cabeza que es, toda la vida de los miembros del Cuerpo depende de que cada uno acoja el señorío de Cristo sobre sí mismo. Más aún, el universo entero sólo alcanzará su plenitud cuando el reinado de Cristo sea total y perfecto y Dios sea todo en todos.

Nunca hemos de olvidar que nuestro Rey es un rey crucificado. En vez de salvarse a sí mismo del suplicio, como le pide la gente, prefiere aceptarlo para salvar multitudes para toda la eternidad. Mirando a este Rey crucificado entendemos que también nuestra muerte es vida y nuestra humillación victoria. Entendemos que el sufrimiento por amor es fecundo, es fuente de una vida que brota para la vida eterna. Mirando a este Rey crucificado se trastocan todos nuestros criterios de eficacia, de deseo de influir, de dominio.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Cristo, Hijo único de Dios,
y Señor
(436 – 451)

El nombre de Cristo es la traducción al griego del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido«. En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. Jesús es el Cristo porque «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder». Era «el que ha de venir», el objeto de «la Esperanza de Israel».

Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan. Durante su vida pública, Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas, porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.

El verdadero sentido de su realeza mesiánica no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Y solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado».

El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre y Él mismo es Dios. Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Pedro confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» y Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Este será, desde el principio, el centro de la fe apostólica, profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia.

Si Pedro pudo reconocer el carácter trascendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús respondió: «tu lo dices: yo soy». Ya mucho antes, Él se designó como el «Hijo» que conoce al Padre, que es distinto de los «siervos» que Dios envió antes a su pueblo, superior a los propios ángeles. Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás «nuestro Padre» salvo para ordenarles «ustedes, pues, oren así: Padre Nuestro»; y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre».

Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado«. Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios«. Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».

Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos». Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad».

El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. «Nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino por influjo del Espíritu Santo».

En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés, YaHWeH, es traducido por «Kyrios» («Señor»). El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios.

A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban la soberanía divina de Jesús.

Este título –«Señor»– expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío». Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!».

Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo.

La oración cristiana está marcada por el título «Señor», ya sea en la invitación a la oración «el Señor esté con vosotros«, o en su conclusión «por Jesucristo nuestro Señor» o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: «Maran atha» («¡el Señor viene!») o «Marana tha» («¡Ven, Señor!»): «¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!».

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«En el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido, el que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: el que ha ungido, es el Padre, el que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (S. Ireneo de Lyon).

«Que el Credo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe» (San Agustín).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle!

Amén.