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1 de marzo de 2026: DOMINGO II DE CUARESMA “A»


 

Los que habían anunciado al Mesías ven su luz;
los que tienen que anunciarlo verán antes su cruz

Gn 12,1-4a: Vocación de Abraham, padre del pueblo de Dios
Sal 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
2Tm 1,8b-10: Dios llama y nos ilumina

Mt 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol

I. LA PALABRA DE DIOS

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: Él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La escena de la Transfiguración, situada junto a la predicción de la Pasión, hace que los discípulos descubran la profundidad de lo que antes les resultaba escandaloso: el anuncio de la Cruz. Para los discípulos, que acaban de oír que el Mesías realizará su misión mediante el sufrimiento, la transfiguración de Jesús tenía una función pedagógica: sostener su fe con una experiencia de gloria, breve anticipación de lo que verían cuando el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos.

La llamada a la conversión que la Iglesia nos ha dirigido en el primer domingo, ahora se precisa más. La conversión sólo es posible mirando a Cristo, dejándonos cautivar por su infinito atractivo: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!». Contemplando a Cristo también nosotros vamos siendo transfigurados; recibiendo su luz vamos siendo transformados en una imagen cada vez más perfecta del Señor.

«Nos salvó y nos llamó a una vida santa» (segunda lectura). La conversión no es poner algún parche o remiendo a los defectos más gruesos. Cristo quiere hacernos santos. Y la conversión está en función de esta vida santa a la que Él nos llama. El Señor no se conforma con menos. La conversión debe ser continua, hasta que quede perfectamente restaurada en nosotros la imagen de Dios, hasta que Cristo sea plenamente formado en nosotros, hasta que en todo y siempre nos dejemos conducir por el Espíritu. Dejar de lado la tarea de la conversión es olvidar que hemos sido llamados a una vida santa y es despreciar a Cristo que nos llama a ella.

«Sal de tu tierra» (primera lectura). La respuesta de Abraham a la llamada de Dios irrumpiendo en su historia, no puede ser otra que la fe. Es respuesta arriesgada, porque no sabe a dónde va; y segura porque Dios está con él. Luz y tinieblas mezcladas. También a nosotros se nos dirige esta llamada, como a Abraham. Conversión significa salir de nosotros mismos, romper con nuestra instalación y nuestras seguridades, dejar nuestros egoísmos y comodidades. Llamada a la santidad significa ponernos en camino hacia la tierra que el Señor nos mostrará, con entera disponibilidad a su voluntad, a los planes que nos irá manifestando, para que nos lleve a donde Él quiera, cuando y como Él quiera.

«Sal de tu tierra» significa también «toma parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé» (segunda lectura), es decir, colabora con todas tus energías para que muchos otros puedan recibir la buena noticia de que su vida puede cambiar a mejor, que pueden convertirse y ser santos, con la gracia de Dios. He ahí el profundo sentido apostólico, evangelizador y misionero de la Cuaresma. El Señor nos promete, como a Abraham: «De ti haré un gran pueblo». El Señor desea que demos fruto abundante (Jn 15,16). Pero una vida mediocre es una vida estéril. De nuestra conversión y santidad depende que nuestra vida sea fecunda.

La cruz en el horizonte del cristiano, aunque como a los discípulos dé miedo, no deja de ser identificación con el propio Cristo. A la luz del Tabor es sencillo sentirse cómodo; pero el de la luz no es el «Cristo completo»: falta el paso de la Cruz.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La Transfiguración,
visión anticipada del Reino
(568, 554 – 556)

La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un «monte alto» prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: «la esperanza de la gloria».

A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir… y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día»: Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por Él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén». Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle».

Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria», es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (Santo Tomás de Aquino).

En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección.

Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios»: «Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?» (S. Agustín).

En la Cruz Jesús nos mereció la salvación
(616 – 618)

Jesús consuma su sacrificio en la cruz. El «amor hasta el extremo» es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

«Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación» enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna». Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «Salve, oh cruz, única esperanza».

Nosotros participamos en el sacrificio de Cristo. La Cruz es el único sacrificio de Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. Pero, porque en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo hombre, Él ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual. El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» porque El «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«Para que los apóstoles concibiesen con toda su alma esta dichosa fortaleza, no temblasen ante la aspereza de la cruz, no se avergonzasen de la Pasión de Cristo y no tuviesen por denigrante el padecer …. subió con ellos solos a un monte elevado, les manifestó el resplandor de su gloria, porque, aunque creían en la majestad de Dios, sin embargo ignoraban el poder del cuerpo, bajo el que se ocultaba la divinidad… Con esa Transfiguración pretendía especialmente sustraer el corazón de sus discípulos del escándalo de la cruz y evitar que la voluntaria ignominia de su Pasión hiciese flaquear la fe de los mismos» (San León Magno).

«Tú te has transfigurado en la montaña, y en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente irradiación del Padre» (Liturgia bizantina de la Fiesta de la Transfiguración).

«Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo» (Sta. Rosa de Lima).

IV. LA ORACIÓN CRISTIANA

El recuerdo amable de Jesús
alegra de verdad nuestro corazón,
pero más dulce que la miel y que todo,
es su misma presencia.

No existe melodía más bella,
tampoco sonido más grato,
ni cabe pensar en algo más suave
que Jesús, el Hijo de Dios.

Oh Jesús, Delicia del alma,
Fuente de verdad y Luz de los corazones:
solo Tú desbordas nuestro gozo
y nuestros sueños.

Cuando visitas nuestro interior,
se enciende la luz de la verdad,
cede todo lo mundano
y, entonces, prende la caridad.

Derrama sobre nosotros tu perdón,
cólmanos también de tu Amor
y concédenos, cara a cara,
contemplar tu gloria.

En tu honor cantamos alabanzas
a ti, que eres el Hijo predilecto,
revelado en el excelso esplendor
del Padre y del Espíritu. Amén.

(Himno Dulcis lesu memoria)

15 de febrero de 2026: DOMINGO VI ORDINARIO “A”


«Los mandamientos, expresión de amor y senda de libertad»

Eclo 15,15-20: «A nadie obligó a ser impío»
Sal 118: «Dichoso el que camina en la ley del Señor»
1Co 2,6-10:  «Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria»

Mt 5,17-37:  «Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo»

I. LA PALABRA DE DIOS

El hombre es libre; los ojos de Dios ven las acciones y conoce todas las obras del hombre, respeta la libertad del hombre, pero «a nadie dio permiso para pecar».

Los Mandamientos son la manifestación del amor de Dios, que señala a sus hijos lo bueno y lo malo, para que nadie se equivoque eligiendo la muerte, sino la vida. Jesucristo los ha cumplido y llevado a plenitud y les ha dado una nueva perfección.

Algunos ven el Decálogo como retrógrado y represivo; algo del Antiguo Testamento, que ya no rige para los cristianos. Es que no han entendido la ley de Dios; porque cuando se la entiende, se la descubre como lo que verdaderamente es: fuente de libertad.

La Ley antigua y la Ley nueva no son dos realidades contrarias. Jesús conserva lo esencial de la tradición judía, pero le aporta un sello nuevo, original, superior: la Ley de Dios se cumple desde dentro, con espíritu y corazón nuevos. Para los judíos, la Ley era la personificación de la sabiduría divina; Jesús no es sólo el legislador de la nueva Ley: el mismo es la Ley; por eso Jesús es el punto de unión del Antiguo y del Nuevo testamento.

La expresión «pero yo os digo» muestra la enorme audacia de Jesús, consciente de su realidad divina que, pareciendo un mero aldeano de Nazaret, al explicar y definir la voluntad de Dios, se pone al mismo nivel de Dios: promulgando la nueva Ley con su propia autoridad, y no sólo transmitiendo disposiciones ajenas, como hizo Moisés.

La ley es tan necesaria como la caridad, y ambas deben ir unidas; quedarse en la ley es fariseismo; y despreciar la ley en nombre de una errónea moral de la caridad es desconocer al ser humano: unidad de materia y espíritu.

El discípulo de Cristo encuentra el equilibrio justo entre ley y libertad en la «sabiduría que no es de este mundo», sino que «es divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria», que «Dios nos ha revelado por el Espíritu».

En nuestra época, agnóstica y laicista, subjetivista y sometida a la dictadura del relativismo, se prescinde de los mandamientos y se pretende «flexibilizar» la frontera entre el bien y el mal, haciéndola depender de lo que cada uno arbitrariamente decide.

El Decálogo es un don divino que manifiesta el amor de Dios y traza el camino de la libertad, del bien y de la felicidad.

La nueva historia se ha de construir sobre la verdad, la que hace al hombre libre con la libertad con la que Cristo nos ha liberado.

II. LA FE DE LA IGLESIA

Los Mandamientos, revelación de Dios
y signos de la Alianza con el pueblo
(2056 — 2062)

La palabra «Decálogo» significa literalmente «diez palabras». Estas «diez palabras» Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria. El don de los Mandamientos es don de Dios y de su santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo. 

El don de los mandamientos de la ley forma parte de la Alianza sellada por Dios con los suyos. Los mandamientos reciben su plena significación en el interior de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere todo su sentido en y por la Alianza. La primera de las «diez palabras» recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo.

Los Mandamientos expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación al plan que Dios realiza en la historia. 

Las «diez palabras» resumen y proclaman la ley de Dios. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente, pero es en la nueva Alianza en Jesucristo donde será revelado su pleno sentido.

El seguimiento de Jesucristo comprende el cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

El Decálogo en la Tradición de la Iglesia
(2064 — 2068)

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.

Desde S. Agustín, los «diez mandamientos» ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo quince se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los «diez mandamientos».

El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos. Y el Concilio Vaticano II lo afirma: «Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor (…) la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación».

Conciencia personal y ley moral
(2032 — 2040)

La ley de Dios, confiada a la Iglesia, es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad. Los fieles, por tanto, tienen el derecho de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, curan la razón humana herida.

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15), recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.

La conciencia de cada uno en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

«El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo… Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros» (S. Ireneo).

«Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas…, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra» (S. Agustín).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón;
el que, sin cometer iniquidad,
anda por sus senderos. 

Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas;
entonces no sentiré vergüenza
al mirar tus mandatos. 

Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus leyes exactamente,
tú, no me abandones.

Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

15 de febrero de 2026: DOMINGO V ORDINARIO “A”


«A todos ha de llegar la luz de Cristo,
para que todos den gloria al Padre»

Is 58,7-10: «Surgirá tu luz como la aurora»
Sal 111: «El justo brilla en las tinieblas como una luz»
1Co 2,1-5: «Os anuncié el misterio de Cristo crucificado»
Mt 5,13-16: «Vosotros sois la luz del mundo»

I. LA PALABRA DE DIOS

El camino de los hombres para encontrarse con Dios y glorificarlo es el de las obras buenas de los discípulos de Jesús. Las obras buenas de los cristianos hacen descubrir a Dios como «amor». Los discípulos de Jesús son para sus hermanos los hombres «sal y luz» cuando, mediante las buenas obras y renunciando a si mismos, hacen visible y comunican el amor de Jesucristo. El discípulo de Jesús «ha de ser vela encendida, que a todos resplandece y sólo para sí arde: a sí se gasta y a los demás alumbra» (Francisco de Quevedo).

Esas buenas obras son: «parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo»… Con ellas «romperá tu luz como la aurora, y detrás irá la gloria del Señor».

Ser luz y sal es saber que nadie es inútil, si sabe poner lo que tiene a disposición de todos. Si te dejas iluminar por Cristo serás cristiano. Si por ti llega a otros su luz, serás testigo.

«Para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre». Glorificar a Dios es reconocerlo como el Dios verdadero, que actúa en quienes viven según el espíritu de las bienaventuranzas. La gloria, el resplandor que reviste cualquier intervención divina entre los hombres, es signo de su presencia activa en los cristianos, y provoca en los no creyentes de buena voluntad admiración y reconocimiento de la santidad divina. «Los buenos, entre los malos, con su vida y obras predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar» (San Francisco Javier).

San Pablo sufrió mucho y pasó una gran aflicción por la Iglesia de Corinto. Se presentó ante ellos «débil y temblando de miedo», «nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado»  (2.a Lect.). La cruz es la gran obra y expresión del amor.

II. LA FE DE LA IGLESIA

La luz del mundo significada en el Bautismo
(1243)

Por Cristo, con Él y en Él, los bautizados son «la luz del mundo». La vestidura blanca simboliza que el recién bautizado se ha «revestido de Cristo»; que ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual significa que Cristo ha iluminado con su Luz al nuevo cristiano. 

El nuevo Pueblo de Dios,
sal de la tierra y luz del mundo
(782)

Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí sino haciendo de ellos un pueblo para que le conocieran de verdad y le sirvieran con una vida santa. La misión del Pueblo de Dios es ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.

La fidelidad de los bautizados,
 fundamento de la evangelización
 (2044  2046)

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. El testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son en si mismo eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios.

Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles. 

El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras

El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad. Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación.

Los discípulos de Cristo se han «revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad». Desechando la mentira, deben rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias.

El martirio, testimonio supremo de la verdad
 (2472  2474)

Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»  (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor». En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres».

Mártir significa «testigo«. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Déjenme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las Actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

III. EL TESTIMONIO CRISTIANO

En el Bautismo, «por la comunión con Él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios  Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (San Basilio).

«Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por El, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén» (S. Policarpo, mártir).

«No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir para unirme a Cristo Jesús que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca… (S. Ignacio de Antioquía, mártir).

IV. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Dame, Señor, la firme voluntad,
compañera y sostén de la virtud;
la que sabe en el golfo hallar quietud
y, en medio de las sombras, claridad;

la que trueca en tesón la veleidad,
y el ocio en perennal solicitud,
y las ásperas fiebres en salud,
y los torpes engaños en verdad.

Y así conseguirá mi corazón
que los favores que a tu amor debí
le ofrezcan algún fruto en galardón…

Y aún tú, Señor, conseguirás así
que no llegue a romper mi confusión
la imagen tuya que pusiste en mí. Amén.